Martes, 24 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

En alguna parte, en algún libro, en algún texto leí (palabras más, palabras menos) que la educación prepara a los jóvenes de hoy para enfrentar una vida en el futuro, es decir una vida que todavía no sabemos cómo va a ser, para administrar unas empresas que todavía no se han fundado o para manejar una tecnología que todavía no ha sido creada.

Esa incertidumbre de qué educar, cómo educar y para qué educar va aparejada en ese feedback que se da en la escuela, pues los estudiantes llegan a un punto de interrogación existencial donde se preguntarán: quién soy, quién seré y comenzarán a medir sus posibilidades de éxitos o fracasos partiendo de su entorno conocido hacia ese futuro laberíntico que nadie conoce.

Todo esto se da en un entorno social que quiérase o no, será parte de ese cúmulo de circunstancias que determinan la educación y su calidad. Es en ese entorno donde se fragua el verdadero futuro de la Patria. Ahí es donde se moldea al ciudadano del futuro, un ciudadano que puede ser crítico, proactivo, propositivo y comprometido con su propio futuro y con el futuro de la sociedad o por el contrario un ciudadano reactivo, indiferente, sin identidad e incapaz de hacer propuestas, un individuo con la mansedumbre del buey, la paciencia del asno y la peligrosidad de la sierpe.

Los ambientes de aprendizajes cumplen, al igual que los medios didácticos, los educadores la sociedad, un papel fundamental, pues no es posible conseguir fijar la atención de un muchacho bajo una temperatura de 38 o 40 grados a la sombra en una escuela que no tiene edificación propia, en un colegio que sus espacios de recreación y esparcimientos son reducidos. Es materialmente imposible lograr excelencia educativa en una escuela de aulas improvisadas en una edificación alquilada y que no fue concebida para servir como colegio.

En las esporádicas visitas que los tres últimos gobernadores han realizado a mi pueblo, he tenido el discurso recurrente de pedirles que construyan la edificación del Colegio Ernestina Pantoja, que le den una dotación de libros y muebles acordes a la educación moderna, que estos más de seiscientos estudiantes de bajos recursos tienen el derecho sagrado de tener una educación de calidad en un ambiente que les dignifiquen como personas. No es posible que después de 27 años de fundada, nuestra institución educativa labore en una casa arrendada de espacios reducidos y en condiciones de extrema pobreza.

Los niños y jóvenes de Tamalameque merecen ser tratados con respeto y dignidad y que si las veintidós promociones de bachilleres que han egresado de nuestras aulas han sufrido el calvario de la miseria de falta de edificación propia, ya, es apenas justo que las nuevas promociones tengan la satisfacción de recibir su educación en ambientes educativos agradables, saludables y aptos para el fin de la educación.

Señor Gobernador, doctor Franco Ovalle, el pueblo de Tamalameque está pendiente de su gestión, está reclamando una inversión que dignifique a nuestros jóvenes y niños y a juicio de la comunidad educativa de la Institución Ernestina Pantoja ya es hora de que deje su huella, que marque su impronta como mandatario del departamento del Cesar priorizando la construcción de nuestro colegio.

Ojalá su gesto sirva de guía para que la administración municipal enderece el rumbo de la inversión de los recursos públicos y redirija sus esfuerzos de proyectos e inversión hacia la solución de verdaderas necesidades de nuestro pueblo, pues no hay derecho a que se demuela un parque para hacer el mismo parque, que se demuela un polideportivo para hacer el mismo polideportivo. Todo esto en el Macondo en que han convertido al pueblo donde nací y al igual que en el “Archipiélago de Gulap” escrito por Aleksandr Solzhenitsyn, se me antoja que plagian dicha historia, en el sentido que hoy escavan un hueco para mañana taparlo con la misma tierra que lo escavaron el día anterior y así sucesivamente todos los días del año.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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