Sábado, 27 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Escuchar y leer a Estercilia Simanca Pushaina es escuchar y leer a todo un territorio y sus símbolos, a toda una tradición que bien sabe diferenciarnos a los extranjeros en un ellos y aquellos que dista mucho de la segregación y el racismo con el que a ellos (su nosotros) suele mirárseles. Sólo nos pone en nuestro sitio esa tradición que nos sobrepasa en su simbología de arena y viento y en sus silencios tan profundos como el mar, tan tenaces como el río en torno al cual gira gran parte de la vida del pueblo Wayúu, recordándonos nuestra calidad de recién llegados, a pesar de la cual casi no mostramos ningún respeto frente a su mundo, su idioma, su idiosincrasia, su cosmovisión, sus creencias, sus tradiciones.

Su voz es tranquila, profunda, como la de Miguel Ángel López Hernández, Vito Apüshana, el poeta al que primero escuché y leí sobre estas tierras, contando y cantando desde la memoria ancestral, retomando, reconstruyendo muchas veces, reelaborando los relatos escuchados al pie del fogón o del chinchorro, enriquecidos con el intercambio cultural que han experimentado al vivir entre las dos culturas que les han servido de sostén y el contacto con las de otros pueblos, amerindios principalmente.

Ambos nos revelan un universo para nosotros lejano así hayamos recorrido muchas veces su territorio y nos apropiemos de las claves que sus cuentos y sus poemas nos regalan hablándonos de su tradición oral que en la figura del Putchipuü (Palabrero) es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, de la escritura que van tejiendo las mujeres de su comunidad mientras se les nubla la vista, de las casas de barro con techo de zinc bajo el inclemente sol de las rancherías, de los cementerios familiares y el sobrecogedor ritual del segundo entierro, de los misterios de las mujeres pájaro, que habitan los sueños, conversando con los difuntos, del ritual de transición o iniciación para las doncellas con ojos de venado y sonrisa de luna, del río que da vida a su mundo y su hermosa música de olas y peces que saltan de él hacia el mar o viceversa, del carbón que se les quiere arrebatar y de los dolores, las enfermedades y los abusos a los que son sometidos por los recién llegados y algunos de su propio pueblo que los han traicionado.     

En Jamü, revista que lanzará el próximo viernes 18 de noviembre en el Liceo Padilla de Riohacha, Estercilia nos pone de manifiesto el hecho de que la Violencia en Colombia es, en gran medida, un problema de lenguaje, puesto que a través de sus distintas formas, los sistemas de enseñanza y medios de comunicación, desde las dirigencias, se han prolongado los rasgos sociales del colonialismo hasta nuestros días, acentuando la segregación, el centralismo, la dogmatización en torno a unos absolutos religiosos, éticos y políticos que profundizan la polarización de unos supuestos contrarios y han llevado a aplazar casi de manera indefinida la resolución de problemas que no han encontrado solución efectiva, tales como la falta de identidad territorial, social y cultural y la desigualdad económica y social que son patentes en la concentración de la riqueza y el monopolio de las tierras, el poder y la economía por unas minorías mezquinas y codiciosas que se han valido de distintos métodos (incluso el terror y la muerte) para crearnos  un Habitus, el cual define  Bourdieu  como el “proceso a través del cual se desarrolla la reproducción cultural y la naturalización de determinados comportamientos y valores” que no por ser los establecidos son, necesariamente, los más provechosos o mejores para las mayorías.

Ella es una mujer vestida de desierto, reveladora de sus complejidades por medio de una pluma ágil que lo hace ver todo fácil y lo encubre de una candidez que en vez de restar efectividad o contundencia al mensaje de sus relatos, sirve de una especie de somnífero que facilita la confrontación, la interpelación que nos plantea la realidad terrible y vergonzosa que nos muestra y denuncia sin temor alguno y a veces con tono poético en las pocas páginas que llenan los tres relatos de la revista: Jamü, Manifiesta no Saber Firmar y Los Wayúu de Gafas Rayban y Camioneta Burbuja que Traicionaron su Pueblo.

Estercilia escoge la sencillez de las palabras que todos somos capaces de entender para poner el dedo en la llaga, para señalar feroz y sosegadamente  el porqué del estado de postración en el que se ha visto sumido el departamento de La Guajira casi sin esperanzas de cambio efectivo y cercano, para dejar claro que los Wayúu se oponen rotundamente a la desviación del Ranchería para la expansión de la minería irresponsable del Cerrejón y se oponen a que se les sigan violando sus derechos, a que les hagan sentir medianamente importantes sólo en épocas de elecciones o entorno a los discursos y la parafernalia de la politiquería que los usa y los manosea con descaro y sin pudor. Esa política malsana especializada en trasteos de votos, desviación de recursos de las comunidades y pisotearles la dignidad, incluso al cedularlos.

Leer Jamü es tener una versión desprovista de la postiza posición de denuncia de los medios cachacos y de la reduccionista visión de muchos locales que se niegan a aceptar la responsabilidad que todos, de una manera u otro, tenemos de todos estos desastres que, de vez en cuando levantan una ventolera de indignación pasajera que no es capaz de transformar la forma de ver a nuestros semejantes ni a nosotros mismos en busca de nuestra propia determinación y la reivindicación de los derechos más básicos que nos son negados.

Lo mío era hambre”, dice Jamü en el segundo párrafo de su historia (la personificación del hambre, pues su nombre significa eso mismo en Wayuunaiki) y lo seguirá diciendo por quién sabe cuántas lluvias más, mientras esos mismos “Wayúus de ademanes finos” no inviertan como la ley manda los recursos que le son confiados para administrar o no controlen a los alijunas a quienes les sean confiados, mientras el desamparo y la miseria no dejen de pasearse por las calles de Suchiimma (Riohacha) mendigando una oportunidad… Mientras, en wayuunaiki o alijunaiki, sea el hambre la palabra que se entiende en las miradas y los pasos y los silencios de tantos niños que mueren lentamente ante la indiferencia y, tantas veces, el desprecio de un país entero.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro 

 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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