Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Rubén Darío Ortiz Martínez

Cuando el arquitecto Rubén Darío Ortiz Martínez pisó el suelo de Valledupar por primera vez, todavía no era consciente de lo que le esperaba. Sólo tenía 33 años, era un joven que aspiraba a grandes logros, pero en ningún momento se imaginó que el realismo mágico de Macondo lo atraparía para siempre. 

La ciudad destilaba aires de grandeza debido a su recién estrenado estatus de capital de departamento del Cesar. El Festival de la Leyenda Vallenata –que apenas iniciaba su labor de divulgación- también insuflaba confianza, anunciaba y celebraba grandes reyes y, sin embargo, no dejaba de ser un pueblo crecido de 100.000 habitantes rodeado de tierras cultivables con una estructura densa y edificaciones sencillas concentradas en los barrios céntricos. 

Era el año 1972 y la construcción seguía viviendo sus tiempos más rudimentarios. Los proyectos eran escasos y las necesidades urbanísticas evidentes. El deseo de proyectarse como ciudad-región era palpable y frecuente en los discursos, pero difícil de concretar en el terreno debido a una falta evidente de profesionales con experiencia.

Recién casado en el año 1969 con la señora Georgina Galeano, y ya padre de dos varones (Juan Manuel y Rubén Darío), el arquitecto bogotano respondió positivamente a la oferta de su socio, Ernesto Borrero, quien le propuso construir un molino –llamado El Cacique– cerca de la salida de Valledupar en dirección de Fundación/Barranquilla. Se trataba de un proyecto sencillo, parecido a una bodega, pero que podía abrir puertas a otras ofertas más interesantes. 

Atraído por el reto, y determinado a profundizar su experiencia en la construcción, Rubén Darío Ortiz aterrizó en la ciudad de Valledupar y se alojó durante unos meses en el Hotel Sicarare que se transformó en su primer lugar de residencia. Al ritmo de 15 días en Valledupar y otros 15 en Bogotá, el arquitecto alternaba entre el calor de Valledupar y el calor familiar, asumiendo la distancia con su esposa y sus hijos como algo transitorio, el tiempo de consolidar su situación económica. Así es cómo se abría una nueva etapa de incertidumbres pero llena de ilusiones. Atrás quedaban las primeras experiencias en Bogotá y Tunja donde Rubén Darío Ortiz pudo construir sus primeros proyectos de vivienda.  

Mientras se dedicaba a la construcción del molino, el arquitecto bogotano conoció a Julio Villazón, influyente propietario e ingeniero civil de Valledupar que en aquel entonces también era socio del hotel Sicarare y regresaba de una estadía de varios años en Venezuela. Enseguida hicieron buena amistad y, viendo la posibilidad de aprovechar la bonanza algodonera para convertir la ciudad de Valledupar en una vitrina atractiva del Caribe colombiano, constituyeron una empresa que marcó el inicio de una serie de proyectos, siendo el primero de ellos el contrato que obtuvo Julio Villazón para la construcción de la embotelladora Kola Román y Coca-Cola.

A raíz de esta nueva contratación, Rubén Darío se emocionó y sintió que Valledupar era el lugar para establecerse definitivamente. “Me llamó por teléfono para decirme que esto no era como lo imaginaba –explica su esposa, la señora Georgina de Ortiz, quien acababa de terminar su tesis universitaria–, ¡me dijo que esto era veinte veces mejor! Le gustaba Valledupar porque, a pesar de ser de Bogotá, era una persona muy tranquila, que le gustaba pasear”. Y así consideraba Rubén Darío a Valledupar, una ciudad amable y acogedora con muchas perspectivas de futuro. Le gustaba la música vallenata, la vegetación frondosa y agradecida del Valle, pero también y, sobre todo, la simpatía y generosidad de la gente. “Me decía, mi amor, yo voy por la calle, aunque sea sin plata, y a mí me prestan para todo”, recuerda su esposa.

El señor Rubén Darío Ortiz y la señora Georgina Galeano en Valledupar Apoyándose en su olfato de empresario visionario, Rubén Darío organizó en 1973 el traslado de su esposa y dos hijos. “Me trajo con trasteo y todo”, explica la señora Georgina risueña antes de admitir que no conocía Valledupar. Ella se encontró ante la sorpresa de un pueblo silvestre con ínfulas de ciudad moderna. Gran parte de la carrera 8 era de tierra y más allá del predio ocupado hoy por la fábrica de Cicolac todo era monte. Su principal prevención era el calor. Acostumbrarse a las altas temperaturas que arropaban invariablemente la vida cotidiana del Valle de Upar fue uno de sus principales desafíos, así como distraer la nostalgia ligada a imborrables recuerdos de su infancia en Bogotá.    

Rubén Darío Ortiz fue encargado de la construcción del edificio Torres del Rosario, uno de los proyectos más vanguardistas de la década de los 70 ya que se consideraba el primer edificio con ascensor en la ciudad y, además, estaba concebido sobre la base de un sistema de ventilación natural que permitía mantener unas temperaturas frescas durante todo el día y todo el año. Para eso trajo a Valledupar a su hermano diseñador, Jesús Antonio Ortiz, pero también al maestro de obra que tenía en Bogotá, a la esposa, un electricista, un plomero y una cantidad importante de obreros a quienes llamaba simpáticamente “tigres” o “socios” (debido a que no se acordaba del nombre de todos). Muchas de estas personas siguieron viviendo en Valledupar después de ese proyecto y recuerdan al afable empresario como el único y verdadero “Tigre” debido a su perseverancia y deseo de superación.

Después de la construcción de las torres del Rosario, y de que su hermano asumiera la interventoría de la construcción de la Caja Agraria, el arquitecto bogotano pasó por una etapa de estancamiento. Su actividad se ralentizó inexorablemente y tuvo que asumir la construcción de la casa de la comunidad capuchina en la isla de San Andrés así como la terminación del Aparta-Hotel Casa Dorada. En ese tiempo, Rubén Darío se ilusionó con la posibilidad de establecerse en la isla y, queriendo compartir ese anhelo, viajó con su familia para asistir a la inauguración del proyecto y reflexionar sobre la posibilidad de un traslado. No obstante, las pocas perspectivas y el clima social deprimido de la isla le motivaron a regresar a la capital del Cesar.

Tras unos viajes con los que trató de definir el rumbo de su carrera profesional, el arquitecto Rubén Darío Ortiz apareció un día con una idea que cambiaría su vida, la de toda su familia, y la de una gran parte de la ciudad. Fue algo tan sorprendente como genial. Algo que nadie esperaba. “Me dijo, mi amor, vamos a hacer un parque-cementerio”, comenta la señora Georgina de Ortiz todavía sacudida y divertida por el recuerdo. De repente, animado por el afán de demostrar que podía hacerlo, y amparándose en una visión de ciudad moderna, el empresario viajó a varias ciudades de Colombia para observar las características imprescindibles de los parques-cementerios y, a su regreso, terminó comprando una finca de 33 hectáreas ubicada en la otra orilla del río Guatapurí donde construiría los Jardines del Ecce Homo.

La idea se convirtió pronto en una obsesión. En una apuesta titánica que no dejaba espacio para el fracaso. Rubén Darío Ortiz Martínez parecía jugarse todo el prestigio y el conocimiento acumulados desde su llegada al departamento del Cesar. En ese afán, hizo sociedad con la iglesia de Valledupar y con la comunidad capuchina con los que mantenía buenas relaciones.  “Se dedicó por 5 años a los Jardines”, manifiesta su esposa antes de recordar el esfuerzo que supuso para ella y toda la familia: “Económicamente era muy difícil mantener un jardín”.

Sin embargo, el esfuerzo no fue solamente económico. Fue en realidad una odisea social y cultural. Un enfrentamiento de paradigmas en un pueblo que aspiraba –pese a todo- a convertirse en una ciudad. “Había que causar buena impresión y cambiarle la mentalidad a la gente. Muchos decían y pensaban que les iban a enterrar parados, que los cajones no iban acostados, la gente no quería ser enterrada por allá porque quedaba muy lejos y en medio de nada”.

Rubén Darío Martínez (centro) en la inauguración del Jardín Ecce HomoLa inauguración del Jardín-cementerio del Ecce Homo en 1979 fue algo memorable. Un capítulo digno de Macondo. Ese día, el gobernador, el obispo y el alcalde iban a presenciar el evento, que iniciaba entre las 2 y 3 de la tarde. El “Tigre” trabajaba fuertemente en los preparativos, se preocupaba por cada detalle, deseoso de que todo estuviera perfecto, y en efecto, todo lo era hasta que a media mañana entregaron la figura del Ecce Homo de hierro pintada de blanco.  Los obreros intentaron subirla y colocarla en su pedestal pero, debido a su enorme peso, no lo consiguieron.  A las 12 y media de la tarde, tuvieron que llamar dos camiones para apalancar la estatua, pero tampoco pudieron. Entonces optaron por dejarlo abajo y sólo lograron alzarlo al día siguiente, después de la ceremonia y de pintarlo de negro. Ésta vez fue en el primer intento. “A raíz de esto surgieron historias que decían que el Ecce Homo blanco era cachaco, que era falso, y que el verdadero debía ser negro, y que por eso no se le podía mover”, explica la señora Georgina de Ortiz.

Esta anécdota se cuenta hoy en la familia con una inevitable sonrisa, la comparten incluso los hijos David y Luis Carlos (nacidos respectivamente en 1979 y 1982), y sin embargo, este suceso albergaba en su momento una gran cuota de sufrimiento. Al igual que esos años dedicados a reservar espacios y vender tumbas en el Jardín-cementerio. La señora Georgina los recuerda como algo embarazoso, ella siempre tuvo mucho reparo en esos asuntos que involucran a la muerte. “Para mí era algo incómodo que mi esposo fuera arquitecto y que nosotros estuviéramos vendiendo tumbas. Y además iban los fines de semana Manolo y Darío (los hijos), chiquitos, a ayudar a sacar tierra porque había que tenerlas listas. Había que echarles concreto y tenerlas vacías”.

Finalmente, en el año 1984, después de cinco años de ardua labor, el señor Rubén Darío Ortiz llegó a un acuerdo con la Diócesis, que aceptaba comprar el jardín-cementerio y administrarlo de manera integral. Aliviado de esa gran responsabilidad y satisfecho por haber convertido este proyecto urbanístico en un lugar exclusivo y valorado de la ciudad, el arquitecto pudo enfocarse nuevamente en la construcción.

En 1985, el “Tigre” fundó la empresa Viva Bien y se asoció nuevamente con Julio Villazón para lanzarse en una nueva odisea: construir un conjunto de casas en la zona del Obelisco, cerca de la actual sede Sabanas de la Universidad Popular del Cesar. Rubén Darío Ortiz propuso al señor Villazón convertir en lotes edificables uno de sus terrenos ubicados en plena zona rural y armó todo un proyecto que hoy se conoce como el barrio Manantial. La urbanización era el reflejo de un estilo urbanístico muy peculiar para la época en la costa Caribe: 171 casas diseñadas y construidas de manera uniforme, más asequibles, con sus vías de acceso, y dirigidas a un público determinado, en lugar de casas individuales. También representaba un gran cambio en la comercialización: eran las primeras viviendas sin cuota inicial en la ciudad.

El éxito de la urbanización El Manantial abrió el camino a un nuevo proyecto que debía revolucionar la joven Valledupar, así lo recuerda la señora Georgina de Ortiz.  “Mi esposo me dijo: mi amor, vamos a hacer un conjunto cerrado, que tenga todos los servicios”. Era algo hasta entonces inconcebible, viviendas con una zona comunal, algunos locales y canchas para el deporte, en una época en la que se encareció notablemente la construcción. La urbanización Azúcar Buena fue quizás uno de los desafíos más arriesgados que emprendió el “Tigre”: el diseño de las casas –parecido al de las casas del interior- no terminó de convencer a unos habitantes acostumbrados a viviendas grandes con amplios patios y todavía indiferentes a la idea de zonas comunales. Además, se emplearon en el proyecto materiales novedosos, pero que terminaron siendo inapropiados para las fuertes lluvias. Esto generó el descontento de un gran número de compradores. El arquitecto asumió el error y respondió a todas las quejas. Pintó, impermeabilizó y adaptó cada una de las 30 viviendas. El esfuerzo económico fue tan grande que le tocó vender los lotes que le quedaban libres para financiar los sobrecostos. El Tigre tuvo que olvidarse de la idea de construir el centenar de casas adicionales y no pudo evitar el marasmo económico. 

Fue su primera quiebra en Valledupar. Una experiencia realmente desazonadora, que le obligó a cuestionarse como profesional pero también poner en tela de juicio su vínculo con la ciudad a la que había dado algunos de sus mejores años. Después de esta gran apuesta se sintió agotado y desilusionado, y, sin embargo, el Tigre supo destacar las grandes lecciones de este proceso dificultoso y se sobrepuso gracias a su carácter y persistencia. La ayuda del señor Lucas Monsalvo, también fue determinante, ya que le fio unas tierras y le permitió iniciar el proyecto urbanístico Santa Rosa, en las inmediaciones del actual Éxito de las flores, con unas facilidades económicas apreciables. “Ese detalle fue muy bonito”, subraya la señora Georgina de Ortiz antes de rememorar cómo se desarrolló la venta de las 16 casas de la primera etapa. “En esa época no era como ahora que uno vende sobre planos,  había que iniciar la obra, tener todo listo, y, luego, empezar a mostrar la casa. Entonces yo me iba ahí los domingos con un termo y me sentaba a vender”.

Rubén Darío Ortiz (izqda) y Julio Villazón (centro)Con cuatro etapas realizadas entre 1992 y 1994, la urbanización de Santa Rosa sumó un total de 81 viviendas y se confirmó como uno de los grandes éxitos del arquitecto Rubén Darío Ortiz. En ellas combinó el mejor diseño con una oportuna adecuación urbanística y eso abrió las puertas también a otro proyecto en el Norte de Valledupar que, como bien lo había anticipado el arquitecto, era la gran puerta de crecimiento de la ciudad. La urbanización de los Altos de Villalba, que totalizaba unas 30 viviendas, consolidó la trayectoria ascendente del arquitecto.  

Su progresión fue interrumpida por un suceso inesperado. Una aventura que –a pesar de todo- expuso el compromiso social y generosidad del Tigre. Tras responder a la llamada de Dámaso Villazón (hermano de Julio Villazón), quien lo contactaba para averiguar cómo resolver un caso de invasión en una de sus fincas, Rubén Darío Ortiz se esmeró en buscar una solución que favoreciera a todos. Le llamó la atención el caso de algunas asociaciones de vivienda que se habían constituido en otras partes del país con el fin de financiar lotes y construir bajo el concepto de colectividad. “De repente, se fue para la oficina –explica la esposa–, habló con todos los implicados, gente que trabajaba en el campo, en las ganaderías, y creó una asociación. Reunieron 41 millones de pesos de aquella época con participaciones de 500.000 pesos y menos”. De esta manera vio la luz la Fundación para Vivir Mejor, una entidad que, con todo el dinero reunido, y valiéndose de unos subsidios del gobierno, debía hacerse cargo de la compra de la tierra de los Villazón y financiar las obras. Era una opción valiente que ideó el arquitecto para que nadie perdiera en el asunto, pero tristemente, tras viajar a Ibagué con el fin de concretar algunos detalles, Rubén Darío Ortiz se enteró de que su proyecto no había recibido el aval y el subsidio necesario, y por lo tanto, todo se detuvo. El Tigre tuvo que devolver hasta el último peso a los miembros de la asociación y aceptar la derrota.

Esta nueva quiebra tomó el Tigre por sorpresa en un momento en el que todo parecía florecerle. Nuevamente, los fantasmas del abandono lo rodearon, pero, él no quiso claudicar. Ante la adversidad, Rubén Darío Ortiz hizo suyo un pensamiento del científico Albert Einstein que dice que “Entre las dificultades se esconde la oportunidad (y el gran éxito)”. Y en efecto, en ese momento nacería su gran proyecto de vida: la Constructora Mayales.

Poco después, durante el año 1994, se presentó la gran oportunidad. El Fondo Nacional del Ahorro abrió un programa tripartita en el que participaban las Cajas de Compensación, el Fondo Nacional del Ahorro y los Constructores. El arquitecto se enteró y viajó a Bogotá con otros constructores de Valledupar para aplicar al programa mientras la señora Georgina de Ortiz hacía la labor de mercadeo y conseguía reunir a un centenar de interesados. Para construir el proyecto Mayales se creó una sociedad entre representantes de la familia Villazón, la empresa Orbe y Viva bien. La Constructora Los Mayales era el nombre de esta nueva sociedad y nacía naturalmente con un nuevo proyecto que tenía como epicentro el sur de Valledupar.

Desde un principio, el Tigre determinó cuáles debían ser los terrenos dedicados al comercio y a la vivienda. Resaltó la importancia de conservar los árboles nativos de la zona y, tras acordarlo con los socios, se reservó un espacio para la recreación. Así nacía uno de los parques más hermosos de la ciudad de Valledupar: el parque Los Algarrobillos. Un parque digno de grandes capitales urbanísticas.

Tras construir las 186 viviendas del proyecto, los socios de Rubén Darío Ortiz quisieron regresar a sus ocupaciones habituales y disolver la empresa. El arquitecto propuso comprar sus acciones y hacerse con el control de la Constructora Mayales. Era una propuesta arriesgada, ya que la empresa había acumulado un importante pasivo. Muchos familiares y amistades no veían con buenos ojos un movimiento que consideraban temerario, y sin embargo, la idea resultó siendo una gran jugada del Tigre.

“Rubén tenía una visión increíble –explica la señora Georgina de Ortiz–. Él sabía que quedarse con la Constructora Los Mayales era asegurarse una buena hoja de vida y también ganarse una buena imagen con un primer proyecto exitoso […] Rubén Darío aceptaba ese riesgo. Era un hombre de empuje. No era ambicioso, era más bien humilde y muy trabajador. Y yo, en medio de todo, lo apoyaba”.

La Constructora Mayales representó esa gran plataforma que dio continuidad a los sueños del arquitecto. Con esta empresa pudo urbanizar una gran parte de la ciudad de Valledupar y trabajar rodeado de toda su familia. En los años siguientes surgieron las urbanizaciones María Camila Sur y Norte, Rincón de Villalba, San Pedro, Santa Ana I y II, Balcones de Santa Helena, La Castellana, Club House, Atlantis y las Américas, entre otros.

Escrupuloso y perfeccionista, el Tigre se implicó en todos los proyectos que pudo presenciar como si se tratara del primero. Velaba por la administración de la empresa, las obras y la comercialización. Se desvivía por sus trabajadores y se multiplicaba para que todos ellos pudieran estar satisfechos con el hecho de trabajar en su empresa. “En los momentos de dificultad –explica su esposa–, Rubén decía: mi amor, prefiero perder todo y no dejar un sábado sin pagarles a mis obreros”. Y con el mismo compromiso abrazaba el trabajo. “No le importaba la plata. No le gustaba que compráramos la lotería. Él siempre decía: no, señora, uno tiene que trabajar”, recuerda su esposa con una sonrisa nostálgica.

El Tigre falleció en el año 2002 por culpa de un cáncer, cuando todavía ideaba proyectos urbanísticos y se ilusionaba con los cambios que operaba la ciudad. Tuvo el privilegio único de ser sepultado en el Jardín-cementerio que él mismo construyó con el sudor de su frente y reposar en la tierra que lo adoptó como uno de los suyos. Y más de una década después de su muerte, Valledupar sigue moldeándose a la visión del arquitecto: el centro comercial Mayales Plaza, el más amplio de la ciudad, se construyó en la zona que el arquitecto señaló justamente como zona comercial.   

La tierra que Rubén Darío Ortiz Martínez conoció por casualidad –esa que lo atrajo con la construcción de un simple molino de arroz y lo sedujo con algunas notas melodiosas de acordeón–, es hoy un Valle que ha crecido y lo recuerda por ser un Tigre incansable. O mejor dicho: el gran socio para el cambio.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier 

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