Lunes, 21 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Sobreponiéndose a los barriales que antesalaban cualquiera de las entradas al mercado, ubicado entonces donde hoy queda la galería popular, era dable ingresar a ese espacio, grandísimo para el pueblo que era Valledupar y adentrarse en su intimidad relacional, comercial y cultural, en la que las diferencias de clase se olvidaban para dar paso al roce real, al intercambio convenido y la fraternidad pueblerina.

Siempre preferí entrar por la esquina de la séptima con calle 18 porque allí se instalaba el hombre del sombreròn, quien despachaba aquella avena antológica cuyo fragor en el  pote, en gracia del hielo finamente picado y la explosión saborìstica próxima a esofagear, era volcánica, en el mejor sentido de la expresión.

En la acera opuesta se ubicaba la tienda de don Pacho, famosa por el trabajo en familia: la primera microempresa familiar que tuvimos sin darnos cuenta de que así era. Y en el vértice esquinario, el almacén Eternit de Orlando A. López. Sobre la calle 18 se ubicaron algunos bares, uno que otro almacén y después operó durante muchísimo tiempo la sastrería Montecarlo, donde “César lo viste…y lo viste bien”.

En el cruce, se ubicaban los buses urbanos, denominados en esa época, “los comelobos”, en ruta a “las tablitas” que después fue el Primero de Mayo y al barrio 12 de Octubre. Al cruzar a la derecha, en el sitio actual del CAI de la Policía Nacional, se encontraba La Proveedora, del señor Luis Corrales. Seguía entonces la legendaria Cafetería Mary, de don Valentín Quintero y recuerdo que durante un tiempo al lado operó Radio Valledupar. Seguían dos trilladoras de café y de maíz y remataban las peluquerías módicas, con el gran Severiche a la cabeza. En la esquina aparecía la tradicional, Residencias Colón.

Al frente, el bar Brisas de Neymarù, luego “la cabaña, donde expendían carbón, leña de Brasil, alojaban culebreros y se conseguía el mejor guandolo de la República. Iniciaba allí el campeón de los charcos y sobre su lomo, se instalaban todas las tardes las famosísimas mesas del mercado, con la queridísima vieja Yoya, como lideresa ejemplar de nuestra incipiente gastronomía: carne pangà’, carne guisada, cabezas y colas de bocachico, fritas, guisadas, en viuda o en caldo; bagre en salsa, conejo guisao’, guartinaja guisada, sopa de mondongo, sancocho de costilla, chilonga cada primero de mes, carne asada, ñeque, sahino, mojarra guisada, arroz de pavo, arroz de pollo y las descomunales papas chorreadas, en salsa vaporina. Se entraba, desde la otra esquina, para toparse de frente con el Almacén de los Pobres, del señor Miguel Yanet y con la locería de lujo que barateaba el negro grande de Fonseca, Lencho Pitre.

A un costado era posible degustar el guarapo sinigual del gran Gilberto pero lo imposible era precisar su contenido: sabía a tamarindo pero también a frescola, a piña sin que faltara el sabor de la guanábana. ¡Qué ricura!

Por la séptima se mantuvo, por mucho tiempo, Discolandia y luego se la conoció como Discolombia, tienda de discos que congregaba público, mucho más cuando el vallenato inició su ascenso. Con “Sinfonía” que quedaba al llegar a cinco esquinas, fueron las primeras “discotecas”, que así se les decía entonces. Luego llegó la modernidad con El palacio de los discos, del gentleman Rodrigo Oñate y poco después la Discoteca Juventud, al otro lado en cinco esquinas.

Desde la esquina Hipinto, hasta la Catedral, “la calle del Cesar” fue el escenario natural para comprar, en serio, cosas buenas, chucherías y lo menos buscado. Ese privilegio se mantiene y conserva la oportunidad de hacerlo mejor cuando más prisa se tiene. Si bien, cinco esquina fue y es, un punto de ebullición, con doble estación de taxis –en el viejo tiempo-, sede del Salivòn, aquel barcillo sotanizado en el que el viejo Teodoro Amaya, atendía con diligencia y entusiasmo a sus principales clientes, nuestros “hermanos mayores” y a quienes no lo eran también. Almacén de repuestos, droguerías, venta de chuzos y por la noche, el festín del amor, con el hospedaje Gaby a muy pocos pasos. Hacia atrás, García Hermanos y la cacharrería Valledupar y para adelante, la esquina Lasting, la del aviso al revés, con promociones semestrales y al frente el almacén La Fe, del papá de Enriquito y los hermanos Díaz. El merenderito y la farmacia Gelvis, a la entrada del callejón de Pedro Rizo y luego la Farmacia Central, de los hermanos Serrano, uno de los cuales fue tremendo ciclista, al igual que el maestro Andrés “el Turco” Gil.

Seguía, en la misma acera, el banco de Colombia, de la niña Teófila y coronaba la esquina el súper mercado del inolvidable Fermín Medina. Por el otro lado, lo que fue el almacén Mixto, La Viña, tremenda salsamentaría, refresquería y almacén que ofrecía don Colì Botero, seguido del bar Palatino, donde los billaristas de la sastrería Colombia y mi tío Manuel Rodolfo Acosta, entre otros, se reunían a polear y a jugar. Como preludio de la casa inglesa, Texaco, estaba el Almacén y hotel Arauco, de Pío Contreras.

Desde los días de noviembre, el Cachaquito Pérez, y su prole, todos ligados al valor empresarial y nostálgico de la fábrica de tubos La Campana, se apropiaban del andén en el lado amable, desde la avenida Pecastro, hasta la esquina del aviso al revés, para promover la venta de traqui traquis, volcanes, totes, bolas polvorinas y la infaltable lluvia de luces.  La Sorpresa, la cacharrería del abuelo de Ava y Rey Carvajal, de quien heredaron su afán de servicio, tanto como de su querido padre.

Caminar por la séptima evidencia la grandeza cultural de nuestra tierra y propone, de manera tácita, su peatonizaciòn –más temprano que tarde- al estilo de la séptima en Bogotá. (Continuará…)

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen 

Cosas del Valle
Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Actualmente desempeña el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

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