Jueves, 27 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

La vereda El Cielo, en Valencia de Jesús (Valledupar) / Foto: El Pilón

Allá en El Cielo, las casitas de ladrillo se mimetizan entre los hornos del mismo tamaño que a diversas horas del día emanan espesas columnas de humo y calientan el ambiente en la vereda ubicada en jurisdicción de Valencia de Jesús, a 20 minutos de Valledupar.

El aspecto fangoso y marrón de las calles se altera en algunos puntos con los montones de trozos de árboles, utilizadas para alimentar las llamas en los hornos en los que son ‘asados’ los ladrillos. Ahí están Tomás y Chicho, dos arquitectos con sueños y realidades untadas del barro que amasan cada mañana en su tarea adulta de fabricar ladrillos.

Son amigos y comparten el espacio sosegado que han construido las más de 75 familias que habitan El Cielo, donde las actividades laborales comienzan justo después de la media noche (una o dos de la madrugada) porque como dice un ladrillero adulto, “es más amistoso el frescor matinal que el sol canicular que golpea la región a la media mañana”.

Este pueblo de los ladrillos existe desde hace más de cuarenta años. Ahí han nacido y crecido decenas de jóvenes que hoy son alfareros eruditos como Chicho y también han llegado otros a aprender el oficio como Tomás.

Él, Tomás, tiene como 15 años. Su edad es un cálculo porque no se acuerda en qué fecha nació y su madre y abuela que podrían aclararle las dudas están radicadas en el sur de Bolívar con sus otros hermanitos. “Ya hasta perdí la cuenta de cuantos hermanos tengo”, dice e intenta casar cuenta con los dedos para luego rendirse y dedicarse a ju-gar. A él no le gustan los números.

De allá se escapó huyéndole a las matemáticas, de las profesoras y demás rutinas escolares, cambiando los salones de clases por los grandes hoyos de barro en los que entra a fabricar ladrillos. Acá se encontró con su papá, que lo secundó en la idea de mudarse, lo apoya en todo y le enseñó a ser lo que ahora es: un alfarero de El Cielo.

De vez en cuando le toca cumplir un descanso obligado por el problema de asma que lo acompaña desde su nacimiento y que ocasionalmente lo aleja del barro. Unos brebajes naturales que toma por las mañanas lo están ayudando a respirar mejor. 

Su amigo ‘Chicho’ tiene 12 años y desde los siete se inició en la alfarería, instruido por los mayores de su comunidad que siempre se comportan como tutores y le cuentan los secretos para hacer un buen ladrillo.

Hizo ingentes esfuerzos por hacer sus tareas y estudiar para las previas de quinto grado porque “la seño me dijo que iba a perder el año”, pero él y su mamá se encomendaron al Santo Ecce Homo para que no fuera así.

A las cinco de la mañana, cuando Tomás y Chicho llegan al frente de trabajo, ya los adultos les han remojado el barro, entonces a ellos les corresponde ‘brincarlo’, tirar los ‘moños’ para arriba y luego verterlo en los moldes de los que salen las estructuras rectangulares que van a parar a los hornos.

Doscientos y cien ladrillos son las metas respectivas que cumplen los dos amigos quienes se gozan su trabajo como su fuera una jornada más de juego. A cualquier hora de la mañana se les ve embadurnados de barro, con figuras dibujadas en el rostro y muertos de la risa porque han aprendido a amar ese trabajo y a divertirse mientras lo hacen.

Aclaran que trabajan porque les gusta y no porque sea una imposición adulta ni mucho menos porque tengan que aportar alguna cuota para la casa, porque sus padres trabajan arduamente para sustentarlos y si Tomás no estudia es porque simplemente no se identifica con un salón de clases. “Quién sabe”, es su respuesta cuando se le pregunta si volverá a estudiar; detalle que va ligado a sus aspiraciones futuras, puesto que no tiene claro qué pasará con él dentro de algunos años, si continuará fabricando ladrillos o no. Chicho sí está convencido que anhela ser un médico, vestido de blanco que se entregará en cuerpo y alma a curar enfermos, a viajar a donde sea requerida su presencia, a salvar vidas.

Son dos niños comunes y corrientes como muchos de sus vecinos que también se identifican con la vocación de los habitantes de El Cielo y que como ellos fabrican los ladrillos que salen por camionados hacia diversas partes del Cesar.

La vereda El Cielo cuenta con no más de 350 habitantes, todos vinculados al negocio de la alfarería y que viven como una gran familia, según lo asegura un lugareño. Es un pueblo con carencias en servicios públicos y muchos de sus habitantes ya se han acostumbrado a consumir el agua salada que extraen de los pozos artesanales que han construido. “Hay personas que traen el agua de Valledupar en canecas, pero muchos se la toman así con sal”, comenta una habitante de El Cielo.

Tomás y Chicho no le prestan atención a los faltantes que pueda tener en El Cielo, ellos solo están disfrutando de su edad de niños, en las tardes juegan boliche y fútbol y a veces terminan igual de embarrados que cuando están manipulando el barro para los ladrillos que hacen. Viven felices con sus sueños untados de barro y toda una vida por delante para realizarlos. 

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

 

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