Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Seis años viendo brotar a chorros la vida por debajo de un uniforme escolar, seis años observando los altibajos con que se forja el carácter y la personalidad de un niño en tránsito hacia la adolescencia, seis años aplicando métodos pedagógicos que encuadren con el ritmo de aprendizaje de la mayoría de los niños, y encontrar que varios, que uno aunque sea, no encaja en ese modelo y tener que retomar nuevos métodos, aventurar combinaciones creativas para que la gran mayoría marche al ritmo deseado y llenarte de sabia paciencia para llevar de la mano al o los rezagados, para que así sea de últimos crucen la meta con dignidad.

Aquí no vale el dicho de la trama novelesca donde en alguna parte del texto, el personaje principal se dice o le dicen que no puede involucrarse sentimentalmente con el cliente, no, aquí el educador quiéralo o no, se involucra sentimentalmente con sus alumnos, con todos, pues el diario trajín, el quehacer pedagógico no le deja otra opción que la de amar a sus alumnos, porque sin amarlos es imposible guiarlos.

El educador que no siente parte de sus entrañas a sus estudiantes no puede dar resultados deseados, pues nadie puede formar ni educar lo que no se quiere. No logro entender que haya educador que eduque, que edifique humanidad en sus estudiantes mientras les desprecia, mientras les tiene fastidio, mientras les tiene animadversión. No lo entiendo, mis profesores de la Normal Piloto de Bolívar en Cartagena, nos educaron con el ejemplo, estimulándonos con un cariño casi que maternal las de pedagogía y la de didáctica. El mismo camino, en este caso paternal mis maestros de filosofía de la educación, psicología del aprendizaje y el de historia de la educación. Un poco más distantes los de sociología e idiomática que asumían poses más académicas. Los normalistas lo entendíamos, estos últimos no tenían formación pedagógica.

En esta semana, en todo el país se hace el balance de los logros obtenidos de los alumnos, en algunos casos logros notables con calificaciones excelentes, otros con notas menores pero dentro del promedio que amerita promoción, en cambio otros entristecidos ven que no han sido promovidos y junto con sus padres viven la felicidad de la promoción o la tragedia del reprobado. Todo esto opacado por la importancia de los grados de los bachilleres, que con togas y birretes se aprestan a recibir el título que marca el final de una etapa y el comienzo de otra, la de la vida, bien sea como universitario o como fuerza laboral que sale al mercado totalmente desorientado creyendo saber muchas cosas e ignorando que no sabe nada, pues el bachillerato, lo han dicho desde hace muchos años, es un mar de conocimientos con un milímetro de profundidad.

Esta semana, es la semana cosmética de la educación secundaria, es la semana de los balances, es la época donde los docentes abordamos el problema de la educación desde nuestra propia orilla, donde descubrimos y encubrimos las notorias fallas que tiene la educación. Descubrimos fallas garrafales como la falta de interés por el estudio de nuestros estudiantes. Descubrimos la falta de participación activa de los padres de familia en los procesos de enseñanza y aprendizajes. Descubrimos que los ambientes de aprendizajes de nuestras instituciones educativas no son adecuados. Descubrimos y descubrimos tantas cosas que decimos y otras que callamos.

Pero no sería justo ni ético de mi parte, no decir que los educadores encubrimos otras muchas cosas que entorpecen la educación, encubrimos el fastidio y el estrés que nos provoca el número de estudiantes en los salones. Encubrimos que no tenemos la preparación pedagógica para desarrollar nuestra labor. Encubrimos que la Universidad nos dio las herramientas del área que dictamos pero que fue mezquina al no darnos el saber pedagógico. Encubrimos que nos fastidian los estudiantes de ritmo lento de aprendizaje. Encubrimos que nos molesta la inquietud, el movimiento y la explosión de vida de esos muchachos y que nos gusta más verlos quietos, callados, estáticos, en otras palabras no nos gustan que se manifiesten con la vitalidad y alegría bullanguera con que lo hacen los adolescentes y que nos encanta que sean aplomados, es decir que se comporten como ancianos.

Es hora de felicitar a los bachilleres que se gradúan, a los estudiantes que han sido promovidos. Es hora de dar una voz de aliento a los que reprobaron. Es hora de que nosotros los educadores hagamos un acto de reflexión sobre el papel que hemos jugado en el éxito o en el fracaso escolar de nuestros estudiantes y valoremos en la intimidad con absoluta honestidad si ganamos o perdimos el año como educadores.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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