Jueves, 23 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Carlos Enrique Ruiz / Foto: Revista Aleph

Pocas veces nos es dable conocer a un hombre al que pueda nombrársele Cultus en todo el sentido de la palabra; sobre todo si se tiene en cuenta su significado intrínseco, o sea, cultivar el intelecto y por ende la esencia que nos hace humanos.

Cultus es el nombre que podría ostentar el académico Carlos Enrique Ruiz, profesor de la Universidad Nacional de Colombia e incansable gestor cultural a través de su egregia revista Aleph; un homenaje al libro de Jorge Luís Borges con el que infinidad de latinoamericanos nos hemos acercado a la literatura.

Carlos Enrique Ruiz es un hombre probo, atento y respetuoso; como supongo que solían ser los caballeros del siglo XIX. A veces me lo imagino con una flor en la solapa y con un pañuelo con olor a lavanda a la altura del corazón. 

Su voz es pausada, con un tono que inspira respeto a la persona que tiene el privilegio de ser su interlocutor. Sin olvidar que Carlos Enrique Ruiz lo pone en el centro del universo como si el importante no fuera él sino quien lo escucha. Una rara cualidad que pocos intelectuales poseen, sobre todo en los tiempos que corren donde el hedonismo y la egolatría hacen estragos en todas las esferas de la sociedad consumista y de selfies que hemos creado, al creer que así escapamos a las grandes preguntas metafísicas, ignorando que deberían ser la razón principal en la senda de nuestro efímero paso por este planeta llamado Tierra.

Carlos Enrique Ruiz es un hombre que conoce el significado de la palabra humano, no sabe de trapacerías ni de rudezas.

Es un hombre delicado, como el más fino de los encajes de Flandes.

Es un hombre fuerte que sabe sobrevivir y salir indemne de las borrascas y de las tempestades.

Siempre tiene la palabra adecuada para el momento adecuado. Una palabra poética, cargada de significados, de análisis y no siempre exenta de crítica.

Carlos Enrique Ruiz sabe que la educación es el jardín que toda sociedad justa debería sembrar y cultivar. Sabe que un pueblo educado no necesita la guerra, ni los gritos, ni las armas. Sabe que la ilustración le impide caer en el abismo y que es la vara mágica que ahuyenta a los sátrapas que buscan esclavizarlo.

Carlos Enrique Ruiz es un hombre que conoce el significado de libertad y posee el maravilloso don de transmitirla. Por eso es un paedagogus e incluso un verdadero magister; o sea, sabe transmitir el profundo conocimiento que ha adquirido a través de la lectura y de una vida fructífera y respetuosa. Es un profiteri en el sentido que el Medioevo le confería a esa palabra, dispuesto a hablar en público; tal y como lo hacía Pedro Abelardo. Carlos Enrique Ruiz es un Maese como pocos maestros llegan a serlo.

Es por eso que también podría llamarlo Libertas y decir en tono firme:

Me crucé con Libertas en un recodo del camino.

 

Llevaba el gorro frigio que libera al esclavo,

rompió las cadenas del oprobio,

su túnica de lino blanco iluminaba el sendero.

 

Sus rayos de luz

evitan las sombras,

dan cobijo en épocas de aguaceros.

Carlos Enrique Ruiz también es un escritor y editor; no en vano estamos conmemorando los cincuenta años de su revista Aleph. Pocos medios sobreviven tantos decenios, sobre todo en América Latina donde publicar una revista cultural es una tarea de quijotes que pelean a diario con gigantes disfrazados de molinos de viento. Y él es un Quijote que no le teme a la adversidad, en vez de lanza lleva una pluma, y su Rocinante es un libro. En vez de Sancho Panza lo acompaña una hermosa Dulcinea, su escudera Libia Gonzáles.

Libia, la de los largos dedos,

-como diría Homero-

acaricia uno a uno los números del Aleph.

Carlos Enrique Ruiz no imagina su voz,

la escucha en la hora del alba

y en cada puesta del sol.

 

Confía en ella,

sabe que es su compañera.

 

Juntos han construido la lealtad

e hicieron del árbol de la sabiduría

su hogar.

Allí le dieron cobijo a sus hijos

y allí acogen a sus amigos.

El amor es la senda por la que caminan desde que eran estudiantes universitarios. Ella, del Conservatorio de la Universidad de Caldas, donde más tarde sería profesora de canto, y él, estudiante de Ingeniería de Caminos de la Universidad Nacional; no sólo llegó a ser su Vicerrector, sino que aún sigue presente con su cátedra Aleph.

Una cátedra que le recuerda a los detractores de las Humanidades la importancia de la crítica, del análisis, la importancia del verbo cogitar, del latín cogitare: cum, con, y gitare, agitar; o sea, agitar el pensamiento.

Hablar con él es eso: sumergirse en las ideas, en la historia del pensamiento humano. Él es Aleph, un compendio de filosofía, de arte, de literatura.

Por eso escribe.

Carlos Enrique Ruiz bucea en la condición humana y para ello hace acopio de la poiesis; esa palabra griega que quiere decir creación, o hacer ver lo que no se ve, o traer a nuestros ojos lo invisible; porque ¿Qué otra cosa es el conocimiento?

La Ingeniería de Caminos le ha enseñado que las grandes preguntas, aquellas que tienen que ver con el cataclismo humano, surgen, o encuentran respuesta, en los senderos que ineluctablemente recorremos en este tránsito efímero que solemos llamar existencia:

 

Imaginería de caminos (Fragmento I)

 

Alguien guarda un secreto en este espacio.

Las palabras son tímidas

entrecortado el diálogo.

Los rostros tienen un aire extraño.

Hay algo en el fondo de los silencios.

Se conversa y las palabras se van yendo sin sentirse.

Alguien guarda un secreto en este espacio.

Será el momento. Será la circunstancia.

Será el simple presentimiento. 

Alguien guarda un secreto en todos los espacios.

(© Carlos-Enrique Ruiz, Cuestiones del decir. Antología personal, 2011)

 

¿A qué arcano se refiere el poeta ?

¿Cuál es el diálogo que se ahoga en los silencios?

¿Qué misterio insondable se oculta en el espacio sideral ?

¿Acaso la respuesta está en Aleph?

¿No sería el Aleph un vestigio del oráculo de Delfos ?

¿Pueden sus miles de páginas esconder el enigma de la vida ?

Podríamos preguntarle al poeta o podríamos leer una y otra vez los cientos de ensayos que reposan en su Aleph. Tal vez nos enviaría directamente a la biblioteca de Borges. Y éste, a su vez, nos remitiría a Milton, y éste, por supuesto, a Homero. Quien a su vez diría que no interrogamos a Shakespeare y que olvidamos hablar con Leonardo y con Miguel Ángel, incluso con Botticelli. Tal vez en su Primavera o en el Nacimiento de Venus estén algunas de las preguntas que surgieron en la noche de los tiempos. Tal vez La Tempestad albergue algunas de las huellas que debemos seguir para encontrarnos con nosotros mismos, para dejar de ser los exiliados sempiternos que viajan colgados de la cola de un cometa en la búsqueda de un perpetuo atardecer.

Por eso seguimos trás las huellas de sus poemas :

 

Imaginería de caminos (Fragmento II)

 

Lento sonido en las alas del coleóptero

como distante zumbido. 

Vibraciones en el viento que vienen y van.

Sensación de balbuceo en la ventana de la tarde.

El sol alcanza a enterarse en la despedida.

Lento decir. Lento caminar.

 

Nabucodonosor narró la historia

con los pasos del vencedor. 

Heráclito pensó en la vida 

al ritmo de aguas que corren.

Einstein predijo la conquista total de la materia 

con la herramienta del cerebro. 

Hoy cada hombre cruza la calle 

con las máximas precauciones.

(© Carlos-Enrique Ruiz, Cuestiones del decir. Antología personal, 2011)

 

¿Porqué con las máximas precauciones ?

¿Tan difícil es la vida ? ¿Tan arduo el caminar ?

¿Qué trampas acechan nuestros pasos ?

¿En qué abismo podemos caer por el resto de la eternidad ?

 

¿Es en las aguas de Heráclito donde debemos buscar las explicaciones de los enigmas ?

¿No nos pasaría lo que a Ofelia o a Virginia Woolf ?

 

Nabucodonosor narró la historia

con los pasos del vencedor. 

Nos dice el poeta.

¿Pero acaso Alejandro Magno, hijo de Filipo II de Macedonia y brillante discípulo de Aristóteles, no pereció de paludismo a la temprana edad de treinta y tres años y lejos de su patria, cuando había sobrevivido a múltiples batallas y  consolidado un Imperio que desapareció poco después de su fallecimiento ?

¿Acaso el Imperio de Nabucodonosor resistió a su muerte ?

Él reinó por espacio de cuarenta y tres años y su legado fue borrado veinticinco años después de su muerte por Ciro.

Entonces, ¿Cuáles serían los pasos del vencedor ?

He ahí una hermosa metáfora con la que el poeta Ruiz nos explica que aún los grandes hombres y sus imperios desaparecen de la faz de la tierra como desaparecieron los jardines de Babilonia ; sin dejar trazos.

Nos explica que sólo somos sombras, así sobrevivan algunos de nuestros nombres.

Y son los nombres de Carlos Enrique Ruiz y el de su revista Aleph que han vencido a la ignorancia y a la estulticia ; han hecho historia, han dejado huella. Es por eso que hoy nos levantamos y susurramos al unísono su nombre y lo escribimos en la estela de una estrella, no fugaz, sino perenne.

¡Gracias Maestro de Maestros !

 

Berta Lucía Estrada Estrada

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Nota de la autora: Este artículo forma parte del libro El Caleidoscopio Aleph (Universidad Nacional de Colombia-2016) en conmemoración de los 50 años de la revista Aleph, editada por el académico Carlos Enrique Ruiz. Aprovecho la oportunidad para agradecer al profesor Jorge Hernán Arbelaez, recopilador y editor del libro, por haber tenido mi nombre en cuenta para este hermoso homenaje al humanista Ruiz.

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