Viernes, 22 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Se dijo que había festival, se dijo que ese festival era para mantener viva la tradición y la cultura del pueblo, se dijo que ésta vez se haría en diciembre, con las velitas según la tradición. Noté que hubo muy poca actividad preparatoria, que la única actividad promocional fue una alborada de tambora de calle, esa que llamamos el pajarito. La falta de propaganda ponía en duda la realización del festival. A mediados del mes de noviembre se dijo por el correo de las brujas que sí se realizaría, no en la semana de las velitas, sino la semana antes para respetar la fiesta de un corregimiento.

Todo presagiaba que las cosas andaban mal, y como confirmación a ello, el día primero de diciembre, pegaron en paredes y postes del alumbrado público los afiches promocionales de la fiesta que comenzaría al día siguiente, a los pueblos del río ni a los municipios circunvecinos mandaron publicidad (no sé qué gurú del marketing aconsejó dicha estrategia, solo supe por «radio bemba» que dicha publicidad costaba veintisiete millones de pesos).

El día dos de diciembre, a eso de las diez de la mañana, comenzaron a llegar los grupos, no los sentí con la alegría y la vitalidad de los otros años en que entraban tocando sus tamboras y cantando sus guachernas, anunciando al pueblo el arribo de la alegría, el folclor y la tradición. Esta vez hicieron una llegada discreta, sin música, sin alegría, sin ruido. Por la tarde en el desfile inaugural, el grupo de empleados de la alcaldía, con unos vestuarios de tambora elegantes y costosos, (los grupos representativos del municipio jamás los han lucido así), habrían dicho desfile, con ellos iba el alcalde, bailaban supuestamente “tamboras”, pero tocada con música de viento (eso me causó hilaridad y al mismo tiempo indignación), parecía una burla a nuestro folclor. Detrás de los «tamboreros con música de viento» de la alcaldía, marchaban una decena de grupos de tambora, lo hacían en forma discreta, apagada, como si les apesadumbrara el esperpento que llevaban por delante luciendo esos elegantísimos y costosos vestuarios. A diferencia de otros años, esta vez no llegaron los ancianos y grupos vivenciales que han hecho grande nuestro folclor. Presagié que la «Nueva ola» se había tomado nuestra cultura.

En la primera noche observé un sonido descomunal, con juego de luces, pantalla gigante y máquina de humo, un excelente sonido, pensé que mis inquietudes eran infundadas. Cuando comenzó el espectáculo, es decir la presentación de los grupos, observé que estos tenían trabajo coral, pues la mayoría de los coros eran afinados y sincrónicos, especialmente el del grupo El Chandé de Gamarra. Escuché las cantadoras de tambora y me llamó mucho la atención la hermosa voz de tres niñas, de escasos quince años. Sentí alegría por ellas y por nuestra cultura riana, pues esto garantizaba a nuestra cultura permanencia por cien años más, siempre y cuando las encausaran por los aires de nuestra identidad cultural y folclórica, ya que cantaban tamboras a ritmo de cumbia y bullerengue.

A medida que avanzaba el espectáculo mi desazón crecía, en la tarima, los cantadores desplegaban sus artes de tamboreros de «La nueva ola» cantando tamboras Pop, con letras sentimentaloides y poses afectadas, incluso alcancé a escuchar a un tamborero cantando una tambora «arrancherada», en una imitación floja de tipo Juan Gabriel. En la mayoría de los grupos escuché cantos tipo baladas y parece que muchos grupos creen que porque son acompañados por la percusión propia del río, pueden cantar cualquier cosa y piensan que “eso” es tambora. En el caso del baile, confirmé lo que había visto en videos de otros festivales, las parejas dan la vuelta levantando las manos y tocando palma como si bailaran fandango. Los parejos barrían el suelo con los sombreros e invitaban indelicadamente a sus parejas a que siguieran sus pases. Observé un pajarito sin «el pajarito» y un chandé bailado con «el pajarito», además acompañado de unos pasos de zombis que parecían sacados de cualquier video de Michael Jackson, y lo más preocupante, algunos grupos, acompañaron sus cantos y bailes, con una parafernalia religiosa puesta en escena con la creencia de que “eso” es riqueza folclórica, desvirtuando la esencia de nuestra cultura.

Los cantos tradicionales no fueron cantados por los grupos, parece que comienzan a borrarse de la memoria colectiva de los moradores de la depresión momposina. Cantaron cantos nuevos, cantos de nueva factura y en el caso de canción inédita se quedaron cortos nuestros compositores, pues no escuché en ninguno de sus cantos reminiscencias alusivas a nuestra cultura, a nuestros paisajes, a nuestras mujeres, lo que si escuché fueron letras con la estructura de vallenatos cantadas de una manera ajena a nuestra cultura y nuestro folclor.

En el foro se dijo unas cuantas verdades, con la esperanza de que los directivos del festival y los participantes ajustaran sus presentaciones al formato tradicional, fue en vano nuestro intento, siguieron en lo suyo. Parece que nuestros jóvenes tamboreros practican nuestro folclor en forma mecánica, sin estudio, sin investigación, sin pensarlo; de ahí que manifiesten tanto adefesio en nombre del folclor y la tradición. Nuestros muchachos, ya no investigan, solo inventan y en la confusión entre inventar e investigar se están llevando por delante la tradición y la cultura vernácula de nuestro pueblo. Solo piensan en la puesta en escena y en el efecto visual de sus presentaciones.  Noté que en los tres días se dedican a presentar un espectáculo con razones inventadas basadas en reminiscencias de aspectos religiosos que nada tienen que ver con las tamboras y sin inmutarse mencionan fuentes remotas de sus pueblos como si no conociéramos y hubiéramos hecho en su momento investigación in situ en dichas localidades.

En los tres días bailan y cantan con desparpajo lo que les da la gana, sin respetar para nada la tradición y el último día en el concurso de riqueza folclórica ajustan un poco lo que hacen acercándose a los parámetros de la tradición y así se ganan el premio más apetecido. Otra cosa fuera si esta calificación de riqueza folclórica se hiciera todos los días cuando suben a tarima. Es justo aclarar que no todos los grupos actuaron de ésta manera, algunos se apegaron a la tradición: El Chandé de Gamarra, La original de San Bernardo, los grupos de San Martín de Loba, entre otros. En cuanto a parejas bailadoras, vi que las parejas, bailadoras de Tamalameque tuvieron que concursar llevando como parejos a bailadores de otras municipalidades. Cabe resaltar la magistral presentación de baile realizada por María Eugenia Jiménez y José del Carmen Estrada a quienes vi levitar con el hipnótico toque de la tambora y el currulao. Hubo una presentación, la de Lina Babilonia, una cantadora de bullerengue que asistía a nuestro festival en calidad de jurado y quien en forma deferente cantó con una voz maravillosa tres cantos de la cultura del bullerengue.

Para culminar con broche de oro, el cierre del festival de La Tambora y la Guacherna, lo hicieron con dos agrupaciones vallenatas, (El Mono Zabaleta y El Hijo de Villazón) anunciados en las redes sociales como premio a los tamboreros. Parece como si hubieran tomado de la trama de la película  «Hombres de negro» el aparatico parecido a una cámara fotográfica que activaba Tommy Lee Jones y que al disparar una especie de flash hacía que Will Smith olvidara todo los episodios vividos al capturar al alienígena camuflado en el cuerpo de Vicent D’onofria. Parece que la presentación de estas agrupaciones vallenatas llevaran la intención malvada y oculta de: ¡Tamalamequeros,  jóvenes tamboreros, olviden la tambora, olviden su cultura vernácula, aquí no ha pasado nada, sigan con el vallenato!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

[Leer columna]

Artículos relacionados

Editorial: El juglar que nos recordó lo absurdo de la violencia
Editorial: El juglar que nos recordó lo absurdo de la violencia
El pasado 26 de abril, durante la inauguración del Festival Vallenato, un acto de...
Editorial: ¿Es posible descentralizar más el Festival Vallenato?
Editorial: ¿Es posible descentralizar más el Festival Vallenato?
El reciente anuncio de mantener el concurso de acordeoneros aficionados del Festival...
Diploma de bachiller, pasaje a la aventura
Diploma de bachiller, pasaje a la aventura
Por estos días miles de jóvenes adolescentes terminan su bachillerato. En las...
Concesión vial Cesar-Guajira: Mal negocio para la gente, bueno para el capital privado
Concesión vial Cesar-Guajira: Mal negocio para la gente, bueno para el capital privado
Colombia es un país de tradiciones arraigadas, da cuenta de ello la importancia que...
Solidaridad, ¿principio o deber social?
Solidaridad, ¿principio o deber social?
“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos...
.::Patrimonio cultural - Crónicas del Caribe::.
.::Documental - ¿De quién es la salsa?::.