Miércoles, 20 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

El pasado 7 de Diciembre, en el portal KienyKe fue publicada la columna de opinión denominada: “El vallenato, Se acabó, de la autoría de Jacobo Solano Cerchiaro. Texto que hace una serie de afirmaciones que no se corresponden ciento por ciento con la realidad, aunque muchas personas estén convencidas de lo mismo que expresa el autor, principalmente en el ámbito vallenato.

Para empezar, en esta columna como en otros ejercicios “críticos” en torno al vallenato se evidencia un marcado anacronismo  que dificulta encontrar un análisis biográfico, musical, literario o de otro tipo de un cantante, acordeonero o compositor, más allá de los renombrados juglares, llegando a ser casi imposible de encontrar una revisión seria sobre quienes hayan estado vigentes en la esfera musical en las últimas dos décadas.

Se debe advertir que el mismo planteamiento del PES, que desembocó en la patrimonialización con fines de salvaguardia del vallenato, no está bien realizado y por tanto no es sorprendente que luego de un año de esta declaratoria no se haya hecho nada en ese sentido. La música vallenata, en los términos que lo plantea este documento no está en riesgo.  Estos términos son los siguientes:

“La aparición del negocio de la droga”: El narcotráfico no produjo ningún cambio abrupto en la orientación de las composiciones en detrimento de los temas tradicionales ni se supeditó la exaltación de los aspectos importantes de la cultura a un interés monetario, luego de ello. La influencia que tuvo, como en otras músicas del país y el continente fue de algún modo positiva, puesto que las agrupaciones fueron mejor remuneradas y alcanzaron un status y una robustez organizacional nunca antes vistos. En el ámbito vallenato fue la época de la bonanza marimbera la que mejor puede ejemplificar este fenómeno.

“El conflicto interno”: No es cierto que a partir de 1990 surgiera una generación de intérpretes y compositores que a raíz de la violencia fueron encerrados en una burbuja que los aislara de sus raíces culturales y que hayan perdido contacto con la realidad. Mucho antes de esta década los protagonistas de la música vallenata estaban en los grandes pueblos y urbes en crecimiento, por lo que su ejercicio artístico no estaba sujeto al campo, por ejemplo la obra del clásico Gustavo Gutiérrez o más recientemente El Chiche Maestre, Yeyo Núñez o Luis Egurrola.

“Las hibridaciones del vallenato”: Estas no son nuevas, ni es posible concebir al subgénero mismo sin, por lo menos, la hibridación cultural gestacional que sustenta la recurrente tesis de la tri-etnia de esta música de acordeón que desde que se empezó a plasmar en el vallenato se ha estado viendo afectada por una gran cantidad de influencias e hibridaciones tanto en lo organológico como en lo compositivo e interpretativo.

“El nuevo vallenato”: La prevalencia de unos ritmos sobre otros en las grabaciones, la pérdida de la intención testimonial de las canciones y el auge comercial y la masificación a nivel nacional no son situaciones exclusivas del nuevo vallenato, sólo constituyen en la actualidad una continuidad de las rupturas y cambios presentados en épocas anteriores: estas mismas observaciones se pueden hacer desde la escena musical vallenata de finales de los años 80 del siglo XX hacia acá.

Siguiendo con el artículo, no es concebible que se plantee que el vallenatose ha convertido en una música sin ritmo” puesto que esto es un imposible: El ritmo es consubstancial a la música.

Las canciones en las que  se mezcla la música de acordeón con reguetón o champeta recientemente no son vallenato, como tampoco lo son muchas otras canciones que, equivocadamente, se cree que lo son, por ejemplo: Mi compadre se cayó, La candela viva, Los sabanales, La cuchilla y Recógete, todas piezas interpretadas, originalmente, por reconocidos Juglares de la música vallenata. Mi Compadre se Cayó y La candela Viva son tamboras ambas y La Cuchilla tiene, también, la estructura típica de este baile cantao de los pueblos de la depresión momposina que es muy distinta a la típica vallenata. Puede hacerse el ejercicio de cantar esas tres canciones con un conjunto de tambora para corroborar esto, cosa que no puede hacerse con una típica canción vallenata: Los fraseos y la cadencia son muy distintos. Los Sabanales, ni en la versión de Diomedes tiene la percusión típica del vallenato, a pesar de que se le tenga como un vallenato clásico.

Que las disqueras y las emisoras y, por consiguiente, el público en general los tenga como vallenato no es algo nuevo e incluso se remonta a la división de las escuelas hecha en el libro referente Vallenatología, en donde se quiso meter a la música sabanera de acordeón como un apéndice del vallenato, desconociendo que ambos son subgéneros distintos de la música de acordeón.  

Es curioso que la mayoría de opiniones que se emiten respecto al nuevo vallenato rayan en lo ofensivo y desobligante, sin aportar mayores argumentos que enriquezcan el debate, pudiendo configurarse una crítica argumentativa respecto, no sólo a la producción de este movimiento, sino de toda la música de acordeón hecha desde finales de los años ochenta del siglo pasado en adelante, con lo cual se podrá encontrar que los males que se le endilgan a la nueva ola no son exclusivos de ella y que no han sido ellos quienes han “matado” al vallenato, aunque esto no se reconozca y que esa “escasez de talento de la nueva ola” se viene gestando de antaño.

Es claro que se desconoce que el Vallenato que podríamos llamar Nueva Ola es distinto a este que se está haciendo más recientemente al que podríamos llamar Urbano y ambos son distintos al que dio forma e identidad Carlos Vives y que aún sigue vigente (incluso en otros intérpretes), a pesar de ser absolutamente ignorado por la crítica, de tal manera que no tiene siquiera una denominación. Yo lo llamaría Vallenato Pop y agrupa a artistas como Fonseca, Daniel Baute, Gusi, y algo de lo hecho por Adriana Lucía, Carlos Mario Zabaleta, Ernesto Mendoza y Eibar Gutiérrez.  No se reconoce que varios de los “grandes” del vallenato han grabado canciones que se ajustan a las características del vallenato nueva ola y que no se suele tener la suficiente distancia para aceptar que hay canciones de la época de oro que tratan las mismas temáticas de muchas de las nuevas, con referencias contextuales y manejos de lenguaje distintos, pero que a pesar de tener un mismo fondo no se valoran con igualdad de criterios que a las nuevas, las cuales son rechazadas de tajo, en muchas ocasiones, sólo por su forma sin prestar atención a su fondo. Esto no quiere decir ni pretende desconocer que existen canciones del nuevo vallenato que son pobres, como también las hubo antes, lo que no se debe dejar pasar es el doble racero empleado para las opiniones.

Siguiendo con el artículo citado, el “gran trabajo” de Jorge Oñate en su primer sencillo no es ni vallenato ni tiene gran calidad en la interpretación dentro del estilo carnavalero al que se han acogido muchos conjuntos desde hace muchos años, claramente, con un objetivo comercial. En medio de este estilo es mejor la interpretación de, por ejemplo, Juandacaribe en su sencillo: María Cristina, una excelente versión del viejo Son Cubano, pero esto no se reconoce.

El trabajo El Rey del Valle de Villazón y Mendoza, no presenta ninguna novedad a pesar de que si se les pueda aplaudir que grabaran un trabajo de canciones típicamente vallenatas; sin embargo, se han limitado sólo a grabar canciones viejas respetando en gran medida la cadencia más no el tiempo original de las canciones. Es más significativo grabar canciones nuevas que se mantengan en la línea de lo que suele llamarse vallenato tradicional, cosa que ni los más consagrados intérpretes vallenatos han hechos hasta el momento en los últimos años puesto que, incluso ellos, se han alejado de esa línea tradicional. Sugiero revisar en este punto el tema: El Gavilán Negro, grabado recientemente por Petrona Martínez y Egidio Cuadrado, que sí ejemplifica lo que se debe hacer para abrir nuevos caminos a ese vallenato viejo que ya no encuentra espacio en las disqueras, en las emisoras, ni en el gusto del público que masivamente colma los escenarios recientemente. Esa canción puede encontrarse, entre otros, en este enlace: https://soundcloud.com/chaco-world-music/el-gavil-n-negro-son-vallenato

Más allá de atacar las canciones más “pegadas” de “La Nueva Ola” sería interesante poder pasar de las generalizaciones facilistas a indagar sobre el valor de verdad de las afirmaciones que, escatológicamente, expiden acta de defunción al vallenato escudándose en la más reciente de todas sus múltiples rupturas explicando, con claridad, en qué consiste esto y aportando evidencias estéticas, métricas, discursivas y narratológicas que lo sustenten.

Sería bueno tener claro cuál es el patrimonio que se busca salvaguardar, puesto que ni el mismo PES del vallenato define qué es y qué caracteriza a esa música tradicional y también sería bueno saber si lo que se pretende con esta salvaguardia es más que proteger, fosilizar unas formas a las que se ha pretendido canonizar sin que se llegue, realmente, a respetar ese canon ni en la institución que debe velar por su preservación. Sería interesante saber cuáles son los límites, las experimentaciones y rupturas que si son permitidas y lo que se pretende hacer de manera efectiva para poder salvaguardar ese patrimonio, puesto que lo que menos busca el plan de salvaguardia es crear un espacio de producción y distribución alternativo al hegemónico para permitir que las composiciones e interpretaciones que se apartan del standard comercial puedan tener un espacio adecuado a partir del cual atender a ese público aparentemente hastiado de la oferta musical actual.

Debe reconocerse que el problema no es de intérpretes, ni aun de compositores. El problema son los métodos tradicionales de producción y distribución de la música, que deciden, al son de la Payola y amiguismos o compadrazgos, qué grabar y qué no, quién suena y quién no, moldeando las preferencias del público en general, que está sintonizado a sus canales multimedia, y que está constituido, mayoritariamente, por un público joven en busca de identidad y comunión en medio del disfrute de una expresión cultural que han heredado como propia.

El camino que les queda a los nuevos intérpretes y a los no tan nuevos que están por fuera del circuito de producción y promoción tradicional y convencional es el de agruparse con quienes se sienten excluidos y marginados por este sistema hegemónico en busca de perfilar opciones alternativas que se revelen en contra del estado actual del mercado musical. La alternativa que le queda a quienes buscan hacer una propuesta musical que esté en concordancia con la intención de rescate de las letras y melodías tradicionales o que busque hacer una propuesta que no encaje abiertamente en el escenario comercial actual, así explore alternativas que planteen alguna renovación interpretativa o compositiva respecto a la línea tradicional del vallenato es encaminarse a construir una especie de contracultura vallenata, para la consolidación de la cual se necesitaría una escena underground en la que puedan coexistir las propuestas disidentes.

Finalmente y para afirmar que el vallenato no se acabado y no lo hará pronto, así muchos piensen lo contrario, es pertinente señalar que nunca antes, como ahora, se había visto tanta participación activa de jóvenes y niños en la música vallenata.

Este nuevo vallenato ha logrado una sintonía con las nuevas generaciones que el viejo no logró tener y esto, al contrario de indicar la muerte del subgénero, señala la necesidad de que ese sentimiento de identificación y reconocimiento en las nuevas generaciones se traduzca en la creación de los espacios propicios en donde se pueda cantar de nuevo a los mismos temas de antaño, pero con la jerga y las referencias contextuales de ahora, para garantizar que la vitalidad innegable de este nuevo vallenato se sacuda del yugo de los medios hegemónicos de producción y distribución que son los que, desde que se empezó a grabar vallenato han moldeado, para bien o para mal, los cambios de esta bella música.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

@luiskramirezl 

 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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