Viernes, 24 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Diomedes con la vieja Elvira, al fondo su prima CieloTodo va tan de prisa, que parece que fue ayer. Aquella tarde del 22 de diciembre de 2013, en las invisibles campanas del viento se escuchaban los sonidos del dolor y de los rostros afligidos emergía un invierno de lágrimas.  Diomedes Díaz Maestre, el ídolo del canto vallenato, yacía en la placidez del sueño eterno.

Nuestro afamado cantautor vivió estremecido por la alucinación de Las Musas, tal vez en su alma apuntaba la innegable intuición que según el filósofo Platón: “todo aquel que osara aproximarse al santuario de la poesía sin estar agitado por este delirio de las Musas, quedaría lejos de la perfección; siempre sería eclipsada la poesía de los sabios, por los cantos que respiran divina locura”. Diomedes vivió la divina locura, con el don de la gracia para el canto. Era un cantante natural que ostentaba el poder de seducción e irradiaba pasión y éxtasis. Era un actor que vivía la canción, contagiaba sentimientos, se mecía entre las olas del goce romántico del amorío y la lejana penumbra del despecho. En ocasiones, el movimiento de sus hombros bordeando la caligrafía del remolino, e incitaba a la euforia en los corazones desbordantes por los alegres acordes de un merengue vallenato o de otro ritmo tropical.

En la composición fue versátil en la temática; compuso a todos los matices de la vida, del amor, del olvido, de la alegría, la tristeza, al hijo, al padre, a la madre, al ahijado huérfano. Fiel a sus ancestros campesinos escribió versos sencillos, trasparentes, enraizado a la poesía popular. Las canciones de su autoría, las que ya alcanzaron la categoría de clásicos del vallenato, por las melodías frescas, sus versos rítmicos y poéticos, son en mi opinión: Oye Bonita, Tu Cumpleaños, Te necesito, Mi primera cana, La ventana marroncita y Mi Muchacho.

Diomedes vivió lo que tenía que vivir. Nadie puede ufanarse de profeta para cuestionar la vida del artista y propagar las falsas afirmaciones de que no quiso morir de viejo. No murió por el desorden ni por su desobediencia; si así de fácil fueran las cosas de la vida, los niños no murieran.  La dialéctica de la vida es la muerte, ella no nos espera, nos sigue; es como una sombra intangible que desde que nacemos viaja atada a nuestros pies. El tiempo de morir no tiene edad. La muerte desconoce horas y calendarios, en cualquier instante puede llegar silenciosa en diferentes maneras: por un accidente, lenta por una larga enfermedad o súbitamente por un infarto en el corazón. Esta muerte muchos la prefieren por el viejo aforismo de algunos poetas: morir del corazón es un privilegio de los románticos.

Existe en el ser humano la tendencia inquisidora de juzgar e pretender imponer nuestras razones a los demás. La vida del artista, no es la vida privada, es su obra. De Diomedes Díaz, el cantautor más exitoso en la historia de la música vallenata, puede afirmarse que sus canciones y su carismática interpretación son su biografía. La vida del artista son los atributos de su obra y las bondades de su talento.

Diomedes era un ídolo de multitudes. Un verdadero artista popular, y como ser humano: una luz intensa en su arte, y una débil sombra en sus errores. Somos un encuentro de albor y penumbra en las manos de Dios, ahí pasan los sueños como racimos de relámpagos y los días son girasoles temerosos del crepúsculo. El poeta José Martí decía: “El sol quema con la misma luz que alumbra. Los resentidos hablan de las quemaduras; los agradecidos hablan de la luz”.

Agradecidos estamos todas las personas a quienes nos gusta la música vallenata, por la alegría y la felicidad que nos regaló Diomedes con sus canciones, que permanecen como tatuaje en la piel del alma. Todos los que pertenecemos a la generación de los años dorados de Diomedes, tenemos recuerdos inolvidables de sus cantos.

En homenaje a nuestro querido artista, escribí la canción, ‘Decimas a Diomedes’ que en ritmo de merengue canta Marina Quintero y toca el acordeón Hildemaro Bolaño. La primera parte de la letra de la canción.    

I

Cuando Diomedes nació

un ángel trajo una lira 

y su madre vieja Elvira

en sus manos le entregó.

Desde niño se abrazó

del viento para volar,

soñaba que iba a triunfar  

en el canto vallenato  

y Dios le da ese mandato

de componer y cantar.

           ***

En toda Colombia entera,

en los pueblos y ciudades,

un racimo de saudades

con aromas de quimeras. 

Recuerdos de quinceañeras

las hermosas melodías

del cantor Diomedes Díaz:

La Ventana Marroncita,

Serenata, Oye Bonita,

Necesito compañía.  

 

Coro

En la memoria se esconde/

un recuerdo que disfruto/

son las palabras...   ay ombe /

Diomedes… con mucho gusto.  

 

José Atuesta Mindiola 

 

El tinajero
José Atuesta Mindiola

José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).

Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.

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