Viernes, 28 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

Hace algunos unos días asistí a una conferencia sobre gastronomía, y cuando el especialista terminó su brillante exposición, alguien del público le preguntó que si él podía freír un huevo. El conferencista, perturbado, bajó la cabeza, y dijo que no.

Esta situación, que también se repite entre el círculo de los estudiosos de la música popular -hay algunos expertos que no tocan ni maracas-, no lo ha sido para los escritores que desde su temprana edad tuvieron una relación con la música, y su obra literaria, si se quiere, es un concierto “musical” signado por aquel lenguaje deslumbrante y cautivador, lleno de sonidos y silencios, de la que está hecha la diosa de las musas.

En el campo de jazz, es sabido que escritores como James Joyce, Boris Vian y Ezra Pound tuvieron una fuerte influencia de este ritmo de la primera posguerra, y su obra expresó aquel espíritu vibrante e innovador, que venía del sur de los Estados Unidos y que terminó por conquistar a las grandes urbes del mundo como Nueva York y París.

En el autor de Ulises, la influencia del jazz se manifestó en el juego y descomposición del lenguaje y en el ritmo vertiginoso y sincopado de sus enunciados. En Boris Vian, que vivió de su trompeta en las boites de París, podemos ver la fragmentación del tiempo, que era una técnica utilizada por los jazzmen de la época. 

En Ezra Pound y la tribu surrealista de los años 20, se introduce la “escritura automática”, que viene de la improvisación, principio regulador del jazz, inaugurado por Dixie Gillespie y Charlie Parker, y luego, en la salsa, con Machito y Miguel Bauza, los creadores del jazz latino.

Es, justamente, a partir de la fusión de los ritmos afrocaribeños con el sonido del jazz, que la salsa se convierte en un fenómeno mundial.

Parafraseando a Dámaso Pérez Prado, podemos decir que a partir de aquella fusión, que es el resultado del proceso migratorio de los músicos del Caribe hacia Nueva York, la salsa es universal.

Cuando un movimiento estético es verdadero no solo influye en su micro-universo, sino también, llega a tocar las fibras internas del arte en su conjunto.

Esto fue lo que sucedió con la música afrocaribeña y la salsa neoyorkina, que invadió, felizmente, el campo de la literatura latinoamericana produciendo una serie de obras vigorosas y saludables para los lectores.

¿Quién no recuerda las novelas Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde las atmósferas y los juegos de palabras nos remiten a La Habana rumbera de los años cincuenta? ¿Qué lector no lleva en su memoria La importancia de llamarse Daniel Santos y La guaracha del macho Camacho del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, llenas de alegría y encanto?

En Colombia, país rumbero por excelencia, tradición que nos viene de los españoles, los indios y los africanos, este matrimonio feliz entre música y literatura, comenzó a descollar en la década del sesenta con Óscar Collazos, Roberto Burgos Cantor y Umberto Valverde.

Collazos publica en 1967 el libro de cuentos Son de máquina, cuyo título es un homenaje a Beny Moré, el bárbaro del ritmo. Burgos Cantor publicará, por su parte, Historia de cantantes y Umberto Valverde verá a la luz en México, bajo el sello de la Editorial Diógenes, su ópera prima, Bomba camará, título tomado de un güagüancó de Richie Ray.

¿Por qué estos tres escritores y, particularme Valverde, inauguran su literatura abrigados bajo el encanto de las notas sincopadas de la música afrocaribeña?

Tanto Collazos como Burgos Cantor y Valverde son escritores calentanos que nacieron cerca del mar.

Quizás, esta determinación del paisaje que los parió y los vio nacer fue determinante en sus vidas y en su literatura. Tal vez, el fenómeno antropológico, en el sentido de que en aquellos años la cultura entraba por el mar (hoy entra por Internet), fue decisivo en la educación sentimental de estos tres tristes tigres, que antes de hablar y escribir, aprendieron a bailar.

Si Valverde no hubiera nacido en el barrio Obrero de Cali sino en Estocolmo hubiera sido el colmo, hubiera sido un maravilloso extravío de la naturaleza.

Es, precisamente, el barrio Obrero, el barrio popular, que forma literariamente al joven escritor Valverde. Es la esquina, donde en compañía de la ‘gallada’ se reúne para echar cuentos, silbar melodías de Daniel Santos y contemplar la belleza y el encanto de las féminas. Es el bar Fantasio de la negra Esperanza a donde llega la música cubana que entra en barco por el puerto de Buenaventura donde Valverde afina su oído y comienza a pensar sus primeros cuentos.

El resultado de esta primera educación sentimental será el libro Bomba camará, un homenaje del escritor caleño a Richie Ray, a la música caribeña y a la salsa.

En Bomba camará hay cuentos memorables como “La calle mocha”, “Carevieja” y “Un faul para el pibe”.

De la bomba a la bemba colorá

Pasará cerca de una década para que el escritor caleño vuelva a publicar un libro cuyo sustento sea la música popular.

Durante estos años, Valverde, buscando nuevos horizontes, viajará a México, y allí tendrá una relación intelectual con los escritores Gustavo Sáenz, Juan García Ponce y Álvaro Mutis. Luego de esta experiencia intelectual que lo remitirá a su infancia cuando su madre lo llevaba al teatro Rialto a ver en la pantalla a las grandes rumberas como la Tongolele, Meché Barba y María Antonieta Pons, el escritor regresará al país porque siente que su espacio vital se encuentra en su ciudad natal.

Alternando su vida de escritor y periodista con sus periplos nocturnos a los principales templos de la rumba caleña (Séptimo cielo, Honka Monka y Río Cali), el escritor caleño se obsesionará por aquella negrita que había nacido en el barrio Santos Suárez de La Habana, y que él vio cantar en el teatro Imperio, cuando su madre lo llevó cogido de la mano. Valverde tenía ocho años cuando oyó por primera vez aquella voz atronadora de la ‘guarachera de Cuba’, y desde aquel momento, la figura de Celia se le convirtió en una pasión.

El resultado de aquella obsesión fue su magistral libro Celia Cruz, reina rumba publicado en 1982.

Celia Cruz, reina rumba, escrito en ritmo de clave cubana, es una fusión literaria donde se mezcla la crónica, la novela, la biografía y la autobiografía.

Aquí, Valverde se funde con aquella diosa de ébano que ha hecho bailar al mundo, y que él vio una vez, en el desaparecido teatro Imperio del barrio Belalcázar, cuando tenía ocho años, y quedó deslumbrado para toda la vida.

Con Celia, Valverde se transporta a aquellos lugares prodigiosos, a donde la música, nuestra música latina nos puede transportar, dejándonos un libro bello, exquisito y escrito bajo el influjo frenético y desplazado que impone la síncopa.

Cabrera Infante, que en este momento debe estar bailando en el cielo con Celia Cruz, lo dijo:

“Valverde es el leviatán que lleva música adentro, como el Vallenato que cantó en la ópera. Su onda no es sólo la de David; son muchas ondas: son las ondas del mar Caribe y ha hecho nacer de entre ellas una Venus negra, una Venus afro, a la que él llama Reina Rumba: Celia Cruz”. 

 

Fabio Martínez 

Acerca de esta publicación: El ensayo “Literatura para bailadores” fue publicado con anterioridad en el blog del escritor colombiano Fabio Fernández. Nacido en Cali en 1955, Fabio Martínez es Maestro en Estudios Iberoamericanos de la Universidad de la Sorbona, París III, y Doctor en Semiología de la UQAM, Montreal, Canadá.

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