Domingo, 20 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Esta paz se siente como esa de la cual habla el cura en la eucaristía al momento de darnos la paz. Entonces salimos de la iglesia, aún llevando consigo la serenidad propia de la casa de Dios.

La nueva paz de la que quiero hablar se refiere a otra, la que proviene de largos procesos de disturbios y desgracias y en la que, por lo general, el más perjudicado es el pueblo. Hoy existen y continuarán los descontentos, seguramente por mucho tiempo; pero tenemos un problema menos con los que tanto ha sufrido nuestra querida Colombia.

Entonces es cuando se desenmascaran ciertos devotos de  la fe católica, que domingo a domingo asisten a misa a recibir la bendición de Dios, experimentando una gran tranquilidad interior y la convicción de que quizás Dios a él lo tiene muy en cuenta pese a estar haciendo la guerra, y después de un fuerte abrazo de paz, seguramente le pulula en la mente la manera de cómo continuar con su terquedad de una manera muy diplomática sin dejar notar el daño que puede ocasionar con sus aseveraciones en contra de lo que llamamos  paz.

Desde la otra orilla el pueblo continuará en su calvario cotidiano, tratando de sobreponerse a los acontecimientos y estrategias políticas que los Estados se ingenian para, según sus dirigentes, evitar descalabros económicos y políticos que afecten la sustentabilidad del país. Siendo así el grueso de la población seguirá a merced del Congreso de la República representado en los ciudadanos que eligió, los mismos que se apegan a sus intereses particulares y se olvidan de aquellos a los cuales están representado. Expresando después la necesidad de los ajustes legales para una mejor Colombia, a través de nuevos impuestos en provecho del desarrollo integral del país con sus gentes; argumentando a manera de razonamiento unilateral, que “es lo mejor que se podía hacer”.

Mientras tanto el 2016 fue el nuevo inicio de grandes ideas para nuestra Colombia. Ideas que nos abren espacios que permitan volver a lo que según algunos consideran utopía, como es la paz. Los obstáculos continuarán y los esfuerzos persistirán, con el ánimo de dejar a tras los malos momentos y quizás la fuerza divina permita que salga el diablo que se ha apoderado de las almas de los que con su aparente accionar benévolo creen estar ayudando a una verdadera paz, sin reconocer los sacrificios que la misma paz exige.

Aquí el pueblo no tiene la culpa, no es propio que el mismo pueblo se ataque mediante las redes sociales y en grandes reportajes; aquellos que dijeron “no” y aquellos que dijeron “sí”. Aquí la razón de tergiversar la realidad fue idea de una maquinaria mezquina que al monopolizar la misma desgracia del pueblo la convirtió en proyectil, regresando a las masas más ansiosas de bienestares con argumentos envenenados, que hizo replantear su forma de ver “una paz de mentiras” y no una que en medio de un largo proceso llegaría a tornarse ideal y a favor de los más necesitados de Colombia.

La paz es de todos y más de aquellos que no dejarían el país porque de verdad lo aman, quizás también por carecer de las riquezas materiales, las mismas que los oligarcas de Colombia le han quitado a esa gran mayoría, ésa que es la que sufre el flagelo de la guerra.

 

Luis Alcides Aguilar Pérez

 

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Luis Alcides Aguilar Pérez

Luis Alcides Aguilar Pérez (Chiriguaná- Cesar). Lic. En Ciencias Sociales de la Universidad del Magdalena. Docente de secundaria. Fiel enamorado del arte de escribir. Publicaciones: La Múcura de Parménides – Compendio de cuentos, poesías y reflexiones; Sueños de libertad – Cuentos, poemas y diez reflexiones; Chiriguaná. Historia y Cultura. Novela inédita “¡Y la culpa no es de Dios!”

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