Lunes, 25 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Maluma en el video-clip de Cuatro babies

Hay algo en el Niño bonito que parece una parodia tal vez de sí mismo, un chantaje que arde a grado máximo. Una pantomima que un periodismo sin rigor puede convertir en la noticia del año. Maluma no es más que una versión postmoderna del culebrero paisa. El Niño Sucio, como se autoproclama, olvida que los artistas verdaderos no esencializan el dinero; que reconocen y aceptan su brillo como una consecuencia que viene con el reconocimiento. El artista verdadero emprende una búsqueda y aplica aquella máxima Capoteana “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación”.

Para Maluma el arte musical es un vehículo en una avenida rápida, cuya única finalidad es llevar al enriquecimiento (prácticamente ilícito), es decir, la música reemplaza a los narcóticos, al tráfico de cocaína. La música es la coca que lleva de cualquier manera a la gran nariz latina, gringa o europea. Por eso sus letras son huecas, distractoras (para que pasen los narcóticos por los puertos se debe tener un ingenio superior). Ni siquiera eso, lo del Dirtty Boy es música barata que puede tocar sin ningún tipo de recato lo ordinario y lo ruin. Su obra cumbre la estrenó recientemente. Cuatro babys. En inglés sería four babies. Cuatro babies. Cuatro bebés. Y esa vaina de hacerlo con bebe en tiempos de Rafael Uribe Noguera. Es de cuidado.

A Maluma no le interesa el arte, la búsqueda que propone la perfección y que tortura sin descanso al artista. Supone uno que es el hijo mayor de la televisión colombiana de los últimos veinte años, un gran analfabeta que seguro vive atrapado en su smartphone y en las redes sociales. Fue Umberto Eco quien dijo: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”. Esa es la masa que alaba sus tufillos melódicos, sus groserías, esa masa lo complementa, “inteligente público”. Ningún artista que desee legar obras a la humanidad, que persiga algún tipo de belleza en sus creaciones querría acercarse a esos muchachos, que, hacen fiestas porque son ignorantes y lo celebran escandalosamente en redes sociales. Muchachos que viven felices porque no saben un culo, porque aman la televisión colombiana porque los embrutece cada día un poco más. Con sus realities de jabón de bola. Los escritores que elevan su consciencia son los youtubers. Maluma los representa con altura o con bajeza suficiente. Las melodías de Maluma jamás tendrán alma.

Maluma no se detiene a mirar el sol, el paso de las nubes que se hace danza, baile, vida y paisaje inalcanzable hasta para el mismísimo Monet. Maluma debería recoger todos los discos grabados hasta la fecha y empezar de cero, iniciar una búsqueda que dignifique su vida de muchacho acomodado. Un ejemplo a seguir sería su amigo Carlos Vives. El samario probó de la madera que estaba hecho para la actuación, y reclamó junto a Margarita Rosa de Francisco un lugar de privilegio en la historia de la televisión. Aquella vieja televisión que ayudó a construir Pepe Sánchez; Luego intentó con la música, se fue de frente mar con la balada, y no alcanzó la pureza que buscaba, hizo ensayos conscientes con el rock en español que, hacia furor en América Latina en aquellos tiempos, hasta que miró hacia sus adentros y tuvo una iluminación, la música del Valle del Cacique Upar, lo redimió: mezcló y fusionó ritmos de aquí y de allá, y creó sin discusión alguna un sonido nuevo: El rock de mi pueblo, ciertamente. El tropic Pop, que sedujo a Fonseca, a Gusi, a Chabuco y a toda una generación. Las obras de Vives tienen el cariño de sus colegas y el público latino y parte del norteamericano. Es escuchar con todos los sentidos despiertos “Altos del Rosario”, el saxofón, amplía, dilata, contrae, estalla las notas que el Negro Alejo le impusiera a esa dolorosa despedida.

Maluma, en cambio, tiene un problema profundo para un día sentarse en alguna de las bancas de la posteridad, para vivir en el recuerdo terrenal: su escaso talento. Allí radica su dilema de quilates, digamos que tiene buena intención, deseo de impresionar a su generación. La intención y el deseo pueden ser un buen carburante cuando se empieza, y después qué. Hay algo en Maluma que es demasiado sospechoso, sus letras de apariencias dulces o malandras no tocan la cima o los bajos fondos, resultan ridículas, fáciles, sus movimientos no delatan al actor que esconde el intérprete genuino, su música enlatada produce los efectos de la marihuana mala. Sus movimientos de galán jamás alcanzarán la recia flexibilidad de los muchachos de las barriadas neoyorquinas, al final se viste e intenta caminar como esos negros. Hay algo en el Pretty Boy que no convence. Aún le quedan algunas primaveras comerciales a sus discos, a su talla de niño bello. En algún lugar el verano aguarda, más tarde que temprano, será olvidado.

 

Uriel Cassiani

@CassianiUriel 

 

 

Garras de leopardo
Uriel Cassiani

Poeta y escritor, gestor cultural, activista social y humano de las comunidades afros. Representante Legal de la Corporación Socio Cultural de Afrodescendientes Ataole, que agencia proyectos pedagógicos, culturales, artísticos y productivos en el Caribe Colombiano. Cofundador del Taller literario Mundo Alterno (2001), Integrante de los talleres de poesía Luis Carlos López (2001) y Siembra (2002).

En 2010 publicó Ceremonias para criaturas de Agua Dulce. En 2011 publicó el poemario Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras. Editorial Pluma de Mompox. Entre sus trabajos inéditos están los libros: Dosis personal (Poesía) Música para bandidos (Novela) Las fugas probadas de la memoria (Cuentos). Un Brebaje para Orika (Novela).

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