Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Todos los hombres del conjunto deseaban a Melissa. Y no era para menos: era un mujerón de uno setenta de estatura, piernas largas y nalgas generosas. Todos estaban detrás de ella, pero ninguno se atrevía a cortejarla porque imponía límites a todo el que se le acercaba. También influía el hecho que Eduardo, su esposo, siempre estaba armado gracias a que fue suboficial del ejército hasta que lo expulsaron porque amarró a un soldado a su moto y lo puso a correr durante horas.

Por eso me extrañó que Melissa golpeara en mi apartamento a las nueve de la noche. Que golpeara por segunda vez: horas atrás había venido a traer una butaca y un portacomidas metálico. Me lo entregó y después habló con la confianza de quien ha visitado la casa muchas veces. Y era así porque Carmen, mi ex esposa, y Melissa eran buenas amigas. Las unía el ser marginadas por un acento que las personas del interior asocian con bulla, peleas y mujeres fáciles. Melissa era de Sahagún, Córdoba. No trabajaba porque su esposo se lo prohibía; en tanto que Carmen es una cienaguera que trabaja en recursos humanos.

Algunos fines de semana se reunían para hacerse las uñas. Hablaban toda la tarde, reían y cantaban con la euforia de quien nació para la música y la alegría. Al final llegaba Eduardo para llevársela entre gritos y peleas. Parecía no importarle la opinión de los vecinos. Su único interés era el dinero. Todos los diciembres compraba un televisor más grande del que tenía el año anterior. Cambiaba de sala cada seis meses. Viajaba cada vez más lejos en una competencia consigo mismo en la que no se sabía quién ganaba porque hacía buen tiempo que había perdido la tranquilidad. Tanto así que dormía con una pistola debajo de la almohada. En las madrugadas salía del apartamento para revisar su carro y ver si los celadores estaban despiertos.

—A Carmen se le fue la mano. Puede que tengas deudas y que a veces te eches tus tragos, pero de ahí a dejarte tirado como un perro, hay un camino largo —decía Melissa mientras yo comía del portacomidas.

Quise creer que tenía razón, que se le había ido la mano a Carmen. Todas las mañanas se quejaba que yo era un borracho, que no tenía aspiraciones, que era un perdedor. Todas las mañanas, menos esa: en vez de alegar, desarmó el apartamento y se lo llevó en un camión. En la tarde todos los vecinos me miraban con cara de circunstancia. La única que se atrevió a hablarme fue Doña Gloria, la vecina del quinto bloque que vendía empanadas en la portería.

—Lo dejaron durmiendo en el piso —susurró. Después me dio un golpe en la espalda.

En el apartamento sólo quedaba el rastro de las motas que se escondían debajo del sofá. En el cuarto principal estaba un colchón sobre cartones y tres cobijas enroscadas.

Minutos después llegó Melissa con el portacomidas y la butaca. Me senté en el piso y comí sobre la butaca mientras Melissa hablaba sin parar. A las ocho dejó de hablar y se fue para regresar una hora después.

—¡Pamplo está que se muere! —gritó con voz temblorosa.

Semanas antes que me dejara mi esposa, Pamplo se había ido detrás de una nube de perros que perseguían a una perra en celo. Pensamos que había muerto, pero aquella noche llegó cojeando, sin dientes y con el rabo fracturado.

Lo llevamos con Melissa en el carro del vecino del sexto piso. El señor, cansado por el trabajo, nos dejó en la veterinaria y regresó a su apartamento. Allí Melissa continuó hablando de Carmen, de lo que hacía o dejaba de hacer, de lo equivocada que estaba, de lo buen marido que era yo. Quizás decía esas cosas para darme consuelo. Pero la verdad, sus palabras me ponían peor.

El soliloquio se vio interrumpido en el momento que Eduardo llegó a llevársela entre gritos e insultos. A mí no me dijo nada. Sólo me miró de pies a cabeza, como si fuera un aparecido. Después caminó convencido de que Melissa no lo cambiaría por un hombre a quien se le notaba la falta de plata.

Me quedé con el pobre animal hasta las ocho de la mañana. A esa hora llamé a la oficina para decirles que llegaría tarde. Me llevé a Pamplo a mi apartamento. Le hice la cama con un cartón y una de mis cobijas y lo dejé encerrado con la certeza de que encontraría el apartamento inundado de excremento.

Pero no fue así.

Durmió todo el día. Ni siquiera tocó la comida. Esa noche lo volví a llevar a la veterinaria. Lo dejaron interno por tres días. Al cuarto salió con una venda en el rabo, rengueando y sin apetito.

Lo volví a acomodar en la cama que le había hecho con los cartones y la cobija. A partir de ese momento nos convertimos en compañeros. “si ve compadre, eso le pasa por perro”, le decía mientras lo cargaba para que desocupara los intestinos en el parque. Pamplo me miraba a los ojos como si me entendiera, Después respondía con un movimiento lento, casi doloroso, de su rabo.

Días después llegó Melissa con comida para el perro y para mí. Habló como si no nos hubiéramos visto en años.

A las ocho le pregunté por Eduardo.

—Está de viaje.

—¿De viaje?

—Ya sabes niño, cosas de negocios.

No sabía ni me interesaba saber cuáles eran los negocios de ese señor. Lo único que me interesaba era que Melissa estaba en el apartamento, sentada en la butaca, con las piernas emergiendo de una minifalda de franjas negras y blancas.

—Bueno, niño, muy rica la charla, pero tengo que irme —afirmó mientras se levantaba. Después se jaló la falda con las dos manos, se la alisó y me miró a los ojos—. ¿Qué tengo que hacer para que me hagas caso?

Hice cara de interrogación. Se arrodilló, pasó su mano por mi mejilla y me besó.

—Eso es precisamente lo que tienes que hacer —respondí sin abrir los ojos.

Me besó de nuevo.

—Mañana nos vemos a la misma hora.

En efecto al siguiente día llegó a la misma hora. Tenía una blusa beige de cuello redondo, una cadena larga que remataba en un dije de corazón, jean ajustado y sandalias.

Hablamos hasta el momento en el que calló intempestivamente. Parecía que se le había atravesado un recuerdo en la garganta. Me tomó de la mano y me llevó al colchón. Se quitó la blusa sin dejar de mirarme a los ojos. Tenía un brasier beige de encajes. Se soltó la moña. Sacudió la cabeza para que el cabello cayera en cascada. Se acostó en la cama. Lanzó una mirada que me aceleró el corazón. Se desabotonó el pantalón. Lentamente emergieron las tiras del panty y luego un pequeño triángulo verde que me confirmó que habíamos cruzado todas las fronteras. Me quité el pantalón y me acosté a su lado mirando el techo. Aún pensaba impulsado por mi ingenuidad, que me quedaba la posibilidad de elegir. Pero su mano cruzó mi pierna hasta llegar a los testículos. Jugueteó con ellos con una maestría que me llenó de ganas. Recorrí su cuerpo con impaciencia. Subí por las crestas de sus costillas, rodeé los senos, arribé a las clavículas que amenazaban con los filos de sus puntas. De ahí para arriba fue una lucha sin tregua contra el silencio que se enroscaba en su garganta.

Al siguiente día, a pesar que llegó Eduardo, continuamos viéndonos. Siempre encontrábamos la manera de vernos. Algunas veces en su apartamento, otras en el mío. En el hueco detrás de la caseta, en la pared del salón comunal o bajo los árboles que huelen a miel.

Una tarde, mientras estábamos en su apartamento, sentí una detonación que me hizo doler el hombro derecho. Me lancé al piso mientras oía los gritos de Melissa saliendo de la habitación. Después todo fue confusión: una patada en el estómago y un balazo en la pierna derecha. Los gritos de Eduardo saliendo del cuarto. Las patadas contra la puerta del baño. Dos disparos y al final un silencio denso, como de tragedia.

Semanas después, cuando me dieron salida del hospital, Pamplo me esperaba en la portería. Me acompañó al apartamento. Yo iba en muletas, muy despacio. Él daba algunos pasos y luego se detenía para contemplarme como si quisiera decirme algo.

En el apartamento los ojos de Pamplo me contemplaron largamente, como diciendo: “eso le pasa por perro”. Fui a la cocina, lavé la tasa y le puse agua. Caminé al cuarto. Apagué la luz y me acosté. En la oscuridad escuché a Pamplo caminando hacia su cama.

Mientras oía los movimientos inquietos del perro, pensaba que, sin importar lo que nos haya sucedido, lanzaríamos a la caneca la experiencia cuando una mujer sonriera o una hembra estuviera en celo. No nos importaría perder los dientes, el rabo o las piernas siempre que exista la promesa de sexo. Apostaríamos la vida por aquel orgasmo que nos hará sentir como el macho alfa que está por encima de todos los machos.

Al amanecer Pamplo se levantó de su cama. Sentí su mirada en la oscuridad. Me corrí contra la pared. Se acostó a mi lado. Lanzó un resuello y se durmió.

Hice lo mismo.

Despertamos al otro día, cuando el sol entraba por las ventanas.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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