Lunes, 22 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump

 

En el artículo, “La victoria de Donald Trump: un terremoto con sabor a fin de ciclo”, publicado el pasado 9 de noviembre por el diario argentino La Nación, Silvina Pasani señalaba algunas causas que explicarían el éxito electoral de quien ella califica como antisistema, con la siguiente frase:Es un cóctel pesado. Sociedad fracturada, polarización y desencanto”. Dicha frase puede referirse tanto a EEUU como a otro país del continente americano o europeo.

De esta manera, en nuestro artículo, titulado Del “Despotismo Ilustrado” a la “Ilustración del Despotismo”: el doble discurso de la democracia y publicado en esta columna, afirmábamos que: “La democracia neoliberal que tenemos esuna ejemplificación de la “Ilustración del despotismo”, que en este caso se podría resumir en la frase, “nada para el pueblo, pero con el pueblo”. Las políticas defienden los intereses de los grupos dominantes amparándose en el “pueblo soberano”, en quien reside un poder que se ejerce en su contra”.

El impacto de la victoria de Trump ha supuesto que los especialistas comiencen a hablar del comienzo de una “nueva era”, cuyo nombre no ha sido aún acordado por aquellos. Se barajan términos como “postglobalización”o “neoglobalización”, hablándose en el caso concreto de Latinoamérica de “fin del posneoliberalismo”.

Si la caída del muro de Berlín en 1989, preludio del hundimiento de la URSS y con ello de una concepción bipolar del mundo que reguló las relaciones económicas y políticas durante la denominada Guerra Fría, llevó al politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama a hablar del fin de la historia(El fin de la historia y el último hombre, 1992) al considerar que la hegemonía de los mercados y los gobiernos a su servicio supondría una etapa definitiva de estabilidad, con el fin de las guerras y revoluciones violentas, en la región Latinoamericana, y como reacción ante el crecimiento de la desigualdad y la pobreza consecuencia de la hegemonía neoliberal, aparece un movimiento denominado Posneoliberalismo (Emir Sader, Posneoliberalismo en América Latina, 2008).

Sus primeras manifestaciones serían el Movimiento Zapatista de Liberación o la presidencia de Hugo Chávez, para cristalizar en la victoria electoral de Lula, Kirchner, Tabaré Vázquez, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, Dilma Rousseff o José Mújica. Intentar redistribuir la renta nacional sin transformación fundamental de las estructuras sociales, unido a las contradicciones internas y externas, fueron -según el sociólogo belga François Houtar (El final de un ciclo o el agotamiento del posneoliberalismo, 2016), las causas del colapso.

Una vez más, y como repetidamente insistimos en estos artículos, es necesario volver nuestra mirada a Latinoamérica para entender qué sucede en el resto del mundo, pues, como decía el citado Emir Sader, la región se ha configurado en un laboratorio para la experimentación política. La crisis del paradigma posneoliberal fue aprovechada por la derecha para iniciar un proceso de recuperación del poder.

Como señala Houtar, apelando a los valores democráticos que nunca había respetado, logró recuperar parte del electorado, sobre todo tomando el poder en Argentina, conquistando el Parlamento en Venezuela, cuestionando el sistema democrático de Brasil, asegurándose la mayoría en las ciudades en Ecuador y en Bolivia. Otra vez el doble discurso del neoliberalismo: utilizar la democracia para atentar contra ella.

La campaña de Trump, teñida de valores xenófobos, misóginos y con apelaciones constantes al patriotismo y el señalamiento a la pérdida del mismo como causa de todos los males de la Unión, no es algo salido de la nada. Ya en el 2010, el periodista español Antonio Caño (La nueva derecha estadounidense, El País, 13-02-2010) decía en referencia al auge del ala más radical del Partido Republicano, el denominado Tea Party: este nuevo conservadurismo recoge mucha de la frustración del hombre blanco acumulada desde la liberación femenina, los derechos civiles, de todas las leyes para la igualdad que le han ido restando poder al sector de la sociedad eternamente dominante”. Esta frustración sería clave para explicar el calado del discurso contra la mujer, la inmigración y el sustrato racista de los que el nuevo Presidente hacía alarde en su campaña.

Este auge de la derecha, como decíamos en párrafos anteriores, tiene precedentes en Latinoamérica. Así, el diario sueco ETCen su edición de 2 de febrero del pasado año, señaló: “El gobierno de Macri ha promovido uno de los mayores retrocesos en materia de derechos humanos desde 1983”.La declaración de “estado de emergencia”, que permite a los militares intervenir en la seguridad interna; el nombramiento de jueces afines; la suspensión de la ley que limita la monopolización de los medios de comunicación o una política impositiva que traslada los ingresos desde los sectores con menos recursos a los más ricos, son algunas de las medidas que justificarían el anterior titular.

La destitución de la presidenta de Brasil sería otra manifestación de este proceso. Dilma Rousseff fue destituida por lo que casi todos los analistas y expertos describieron como “acusaciones menores”: tomar dinero prestado de un banco propiedad del Estado para ocultar un déficit presupuestario; lo cual es ilegal, pero no un delito. Según afirma Amy Erica Smith, profesora de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de Iowa (citado por The New York Times, 01-09-2016): “los delitos no están a la altura del tipo de acusaciones que merecerían la destitución”; y añadió: “no es un uso legítimo del proceso de destitución”.

Relacionado con el discurso racista de Trump, podría citarse la represión de los Mapuches en Patagonia en respuesta a la ocupación de tierras de pertenecientes a la empresa europea Benetton, o de los Shuaras en la amazonia ecuatoriana por la defensa de sus tierras frente a la actividad minera de una empresa china que les ha desalojado de las mismas.

Muchos analistas confían en que la realidad institucional modere el discurso de Trump y bastantes aspectos del mismo no queden más que en una estrategia electoral exitosa. Mientras el discurso del nuevo presidente ha girado en torno al proteccionismo arancelario para favorecer la industria nacional frente a las exportaciones y la presión de empresas de otros países, los mercados -quienes realmente dirigen el mundo- apelan por la libertar de comercio, la desregulación y la deslocalización, por citar solo algunos aspectos.

Veremos si, al final, se imponen los designios del mercado o los de Trump y entonces podremos afirmar que un nueva era económica ha comenzado. Mientras tanto, nos mantendremos a la expectativa.

 

Dr. Antonio Ureña García

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Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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