Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Colís Botero con Gloria Castro y Rita Fernández, el día que les entregó las caricaturas

 

Quizás qué bicho le picó a Francisco Luis (Colís) Botero Castro y a su esposa Maximina Cardona, cuando decidieron abandonar Medellín, su ciudad natal, para trasladar su residencia a Valledupar en el año 1955. Cuando ellos llegaron, los servicios públicos eran bastante regulares. Tal vez fue su espíritu paisa aventurero o tal vez buscaba un mejor futuro para sus doce hijos.

Lo cierto es que desde su llegada, Colís, como lo llamarían los vallenatos hasta su muerte, demostró su deseo de trabajar para sacar su familia adelante. Primero experimentó como carnicero, pero este negocio no llenó sus expectativas. Así que a mediados de 1956 montó un pequeño negocio en la hoy calle 16 con carrera séptima o Calle del Cesar, donde vendía tinto, aguardiente, cervezas y gaseosas.

En un principio los clientes no aparecían por ningún lado, a la gente le parecía raro que el tinto se vendiera. Fue por eso que Miguel Enrique Villazón, un día, entró y le dijo: “¡Bueno y este cachaco ahora nos quiere vender el café, cuando aquí lo regalan en todas las casas!”. Pero esto no amilanó a nuestro personaje, al contrario: al día siguiente empezó a preguntar qué juegos de mesa les gustaba a los vallenatos e invitó a Leovigildo Rodríguez a tomar un tinto en su negocio y éste le comentó los juegos que le gustaban a él y a sus amigos, entonces el paisa montañero compró juegos de dominó, parqué y ajedrez.

Para esa época aparecen en Valledupar unos compradores de ganado procedentes de Cúcuta, entre ellos los hermanos Bernal, Guillermo y Julio, quienes escogieron como sitio para realizar sus actividades comerciales el establecimiento de Colís, que para entonces no tenía nombre alguno. Los hermanos Bernal pagaban a sus clientes en efectivo, de modo que en una ocasión cuando colís hacia el aseo rutinario, se encontró varias bandas de papel marcadas con el nombre del banco y el valor del fajo de billetes que contenían. Las recogió y mirándolas fijamente le dijo a su hijo: “Pacho, mijo, ya sé cómo vamos a llamar al negocio, se va a llamar La Bolsa. Sí, mijo. El Café La Bolsa”.

El sitio, más adelante, se convierte en el lugar de reunión de propios y extraños. Aquí se realizaban negocios, se hacían parrandas famosas, se unieron y se divorciaron políticos, pero lo más importante fue que también aquí un hombre a través de sus caricaturas plasmó los hechos y los personajes más importantes de la época.

Rubén Argote, propietario de un reconocido almacén de ropa para caballeros, donde se confeccionaban  vestidos a la medida, se aventura a traer a la ciudad el juego del 5 y 6 que era una lotería en que el jugador tenía que acertar el nombre de los cinco o seis caballos ganadores en cada valida, como así se denominaba a cada competencia.

Miguel Uhía, en su afán por ganarse algunos pesos, llega al café la bolsa a promocionar y vender la nueva lotería. Esto le llamó la atención al pintor Jaime Molina y lo inspiró para hacerle una caricatura, que envió a colís desde su casa con su secretario Maconcha. Éste se fascinó tanto con la caricatura que la mandó a enmarcar donde Héctor Amaya, todos iban al café a ver la caricatura, lo que causó muchos comentarios en la ciudad. En medio de unos tragos, Colís llega a un acuerdo con el pintor Molina, éste le comenta que le va a elaborar otras caricaturas con la única condición que nunca las comercialice. Se dan un fuerte abrazo para sellar el trato y es así como Héctor Amaya le construye una cartelera de 2.40 x 1.20 metros donde el café exhibiría todas las caricaturas que el pintor Molina enviara.

Caricaturas de Jaime Molina que fuero expuestas en el Café La BolsaCada día el café era mas visitado por su numerosa clientela y Colís, para prestar un mejor servicio, compró un apartado aéreo donde le llegaba la correspondencia a los clientes que quisieran disfrutar de  este servicio. Todas las mañanas, su hijo Colicito, como ya era llamado pacho su hijo, por los clientes, iba a las oficinas de Avianca a recoger lo que había en el casillero No 71. El sitio se volvió tan popular que era tenido en cuenta como referencia para ubicar una dirección. Allí funcionó también una estación de taxi, solamente se estacionaban choferes ampliamente conocidos.

Indiscutiblemente, Colís había logrado su propósito. Su negocio, de un momento a otro, se había convertido en una Bolsa. Aquí, en medio de tintos, cervezas y aguardiente, se realizaban todo tipo de negocios, hasta los vendedores de loterías aprovechaban y hacían su agosto. También aquí se celebraban los triunfos políticos y el éxito en la cosecha del algodón y otros cultivos de la región, de modo que se armaban unas parrandas de santo y señor mío, como las que hacía Alfonso (Poncho) Castro Palmera (q.e.p.d) que después de cortar el arroz se presentaba en el café con concertina en el pecho, y con su toque mágico embrujaba a todos los clientes. Otras veces se presentaba en su caballo castaño bien aperado y lo introducía directamente al salón con el aplauso de todos los clientes presentes.

Indudablemente, la atracción principal del café eran las caricaturas del pintor Molina que cada día aumentaban para el deleite de los visitantes. Siendo Manuel Pineda Bastida alcalde de Valledupar, Molina pinta una caricatura donde lo representa sentado en su escritorio luciendo sus medallas de honor, lo que el alcalde tomó como un irrespeto y multó a Colís con la suma de cien pesos ($100) y lo amenazó con sellar el establecimiento. Cuando Colís recibió la notificación, se la mostró a varios clientes que se encontraban allí, entre ellos Aníbal Martínez Zuleta, Crispín Villazón y Jaime Araújo, así que entre todos recogieron los cien pesos y Aníbal envió a Colicito a la alcaldía a pagar la multa inmediatamente, recomendándole reiteradamente que le trajera el recibo. Colicito pagó siguiendo las instrucciones del doctor Martínez Zuleta. Poco se sabe acerca de lo que ocurrió pero lo cierto es que el establecimiento nunca se selló.

Al asumir la presidencia de la republica el doctor Carlos Lleras Restrepo en 1966, congela los cánones de arrendamientos y también empieza a hablarse de la reforma agraria, lo que incomoda a la propietaria del local quien decide terminar el contrato y el café cierra sus puertas para siempre en 1967.

Después de la muerte del pintor Jaime Molina, y siendo directora de la casa de la cultura Mercedes Romero de Quintero, ésta se presenta un día donde Colís acompañada de Rita Fernández y Gloria Castro. En medio de la visita, doña Mercedes le preguntó: señor Colís, ¿Qué piensa hacer con las caricaturas? Y este le respondió: el tesoro más lindo de un pueblo, debe estar en la caja más fina e inmediatamente se las entregó para que fueran exhibidas y custodiadas en la Casa de la cultura.

Colís Botero, el paisa que enseñó a los vallenatos a comprar el tinto y a reunirse en un sitio para realizar sus negocios, murió de un ataque fulminante al corazón a la edad de 62 años el 18 de mayo de 1981, pero aquí dejó su descendencia formada por 14 hijos porque Maximiliana no se conformó con los 12 que trajo de Medellín. Por el contrario, le dio dos más cuando tomó las aguas del río Guatapurí. También dejó muchos nietos y bisnietos. Posiblemente el que más lo recuerda sea Pacho (Colicito): al contarme todo esto le brillaban los ojos y el rostro se le iluminaba-

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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