Lunes, 24 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

 

La corrupción es la raíz de la pobreza de los pueblos y fundamento principal de sus desgracias sociales.

Ahora muchos ciudadanos que discursean y trinan sobre la corrupción, los corruptos y las secuelas calamitosas, en el desenvolvimiento nacional; como si esta viremia social  no haya sido parte de sus propias vidas, ¿quién no ha dado u ofrecido plata a un policía, ha comprado contrabando o un cd pirata?

De seguro, no habría quien pueda atreverse a arrojar el primer guijarro, sin saberse implicado en alguna circunstancia y tiempo, en tal maniobra de corrupción, bien sea tentando, o recibiendo a cambio de prebendas. Multiplicidad de facetas tiene este cáncer, que carcome hasta lo más íntimo de una sociedad, produciendo daños irreparables, y cuando por infidencias o cinismo se destapa, entonces se mediatiza en escándalos, que revelan descaradamente la codicia, en la parte más humana del que recibe, y del que paga.

La maña de corromper o receptar coimas, como contraprestación de favorecedores pillajes personalizados, bien en concesión a grupos empresariales o de poder, ha estado siempre presente en la cultura de la contratación, insensible de estratificación social, como parte de un modelo de comportamiento inculto, que coexiste con el gobierno o autoridades, al punto que parodiar grafitis como; “el patrimonio público es lo privado de los políticos”, no está lejos de una relativa realidad.

Es tan gregaria la actividad de la corrupción, como lo es la composición del mismo Estado en desarrollo de la actividad pública. Por ello incluso los partidos políticos la amamantan desde su estructuración. 

Gabo, el del otro premio Nobel, el de literatura, en su galardonada obra “Cien años de soledad”, cuenta como Aureliano Buendía, ante el esperpento que conoció de la corrupción se decidió por ir a la guerra. Aureliano no tenía en esa época nociones claras sobre las diferencias entre conservadores y liberales, como tampoco en estos tiempos la gran mayoría de colombianos, por lo que su suegro, don Apolinar Moscote le daba algunas lecciones esquemáticas.

Así, Moscote definía que los liberales eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer igualdad en los derechos a hijos legítimos,  y naturales, y de despedazar al país en un sistema federal, que restaría poder a la autoridad suprema. Los conservadores, le decía a  Aureliano, en cambio eran, quienes habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar, defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad y no permitirían el descuartizamiento del país en entidades autónomas.

Bajo la egida del gobierno conservador, en ese entonces, se llevaron a cabo las elecciones, se votó con entera libertad y don Apolinar, como primera autoridad, anunció el inicio y final de la jornada, aperturando y cerrando la urna receptora de los votos, con una etiqueta cruzada con su firma y sello. Garantía de probidad del gobierno. Esa misma noche, mientras jugaba dominó con Aureliano, Moscote ordenó al sargento registrador, romper la etiqueta, abrir la urna y contar los votos -encontró que había tantas papeletas rojas como azules- por lo que introdujo la misma cantidad de azules que de rojas retiradas y dejó algunas liberales, para no levantar suspicacias, procediendo a sellarla nuevamente.

Aureliano comprendió entonces las desventajas de estar en la oposición y cuando Gerineldo Márquez y Magnifico Visbal, le preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no vaciló:

-Si hay que ser algo, sería liberal -dijo-, porque los conservadores son unos tramposos.

 

Alfonso Suárez Arias

@SUAREZALFONSO

 

Aguijón social
Alfonso Suárez Arias

Alfonso Suárez Arias (Charalá, 1956). Abogado en formación (Fundación Universitaria del Área Andina en Valledupar). Suscrito a la investigación y análisis de problemas sociológicos y jurídicos. Sus escritos pretenden generar crítica y análisis en el lector sobre temas muy habituales relacionados con la dinámica social, el entendimiento del Derecho y la participación del individuo en la Política como condicionamiento para el desarrollo integral.

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