Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Busetas de Valledupar / Foto: María Ruth Mosquera

 

Hablan de todo: de un sol que ‘calcina’ a las dos de la tarde, de la vecina que fue alcanzada por una bala perdida decembrina, de un atracador casi linchado por una comunidad enardecida, de otra mujer asesinada por su marido, del violador sin alma que mató a la niña de un baile que terminó en censura y de muchos otros tópicos que tejen las leyendas urbanas que viajan sobre ruedas por las rutas de Valledupar.

–¿Y sí supo que Silvestre va a cantar en Nando Marín? –preguntó una señora sin dirigirse a alguien en particular.

–Pero hay un alboroto que si la gente va, que si no va a ese sector; al menos yo no voy por allá” –acotó un señor entrecano que viajaba en la última silla de la buseta.

–Vea, amigo, eso no tiene nada que ver con el lugar donde cante; en todos lados hay inseguridad y si es de no pasar nada allá, no pasa. Lo que ocurre es que como allá vive gente pobre entonces la estigmatizan, pero rateros hay por montón en los barrios del norte.

–Tanto alboroto que arman por un concierto. ¿Acaso no se dan cuenta los dispositivos de seguridad que están montando?  –refutó una joven con tono fuerte como queriendo ponerle fin a la conversación, pero fue objetada por la misma señora que esta vez también alzó la voz.  

–A mí me parece que la gente en los barrios pobres también tiene derecho a que le lleven un artista. Lástima que todo el empeño que están poniendo las autoridades para la seguridad de ese evento no lo pongan para mejorar la ciudad que está cada día peor. Vea, ayer supe que unos atracadores se robaron una salchipapa que alguien se estaba comiendo. Esto ya es lo último.

“Parada en la esquina, por favor”. La mujer descendió del vehículo, dejando abierto el tema de conversación al que le agregaron cortos de otras “películas” basabas en hechos de la vida real y adornadas con datos inventados por cada persona que las convierten en cuentos de ficción, como la de la pasajera que tomó un taxi en de Valledupar hacia La Paz y en el puente salguero se esfumó del vehículo sin que este detuviera la marcha o se abriera puerta alguna, versión que por supuesto no se ajusta a ningún hecho confirmado, pero que se difundió de asiento en asiento, de ruta en ruta hasta convertirse en una historia de buseta.

Al llegar al centro de Valledupar, en el vehículo de transporte público quedaron sólo dos pasajeros y el conductor emprendió otro recorrido cíclico, llevando consigo el descontento que le produce ver a varios pasajeros embarcarse en sendas motocicletas. “Yo no sé la gente pa’ qué pide el servicio de las busetas si mire, pasa uno y prefieren irse en mototaxi. ¿A usted le parece justo un viaje con dos pasajeros?”. La pregunta queda en el aire, mientras el conductor ‘reza un rosario’ de quejas porque los estudiantes de una universidad ya no montan en buseta, a menos que tengan el pasaje incompleto.

“El año pasado iba pasando a las seis de la tarde y estaban saliendo como cien estudiantes; no joda, yo dije, aquí arreglé el viaje, pero que va, todos se fueron en moto, y vino uno a decirme que lo llevara por mil pesos; entonces le respondí que le dijera a la moto que lo llevara”.

En su monólogo, les contó a los silenciosos pasajeros sobre su venganza un día que caía un aguacero torrencial y pasó por la universidad cobrando el pasaje a dos mil pesos; “el que no tenía los dos mil, se quedó, primo”.

“Hermano, es que si usted se da cuenta ahora hasta el estado de ánimo de nosotros ha desmejorado porque, ¿quién trabaja contento con esta situación tan ‘pelúa’ como la tenemos? Hay miles de motos quitándole el trabajo a uno y hablan de medidas y de sanciones, pero uno sigue viendo las mismas motos en la calle. Y mire vea”, dice señalando un trancón impresionante que lo obliga a desviarse varias cuadras de su ruta.

Luego de contar las peripecias que hace para estirar lo poco que se gana, el conductor habló de otros antagonistas que también contribuyen a la catástrofe del transporte en busetas. “Ahora los taxis van adelante de uno pirateando, cobran a mil o mil doscientos pesos y llevan cuatro pasajeros, haciendo la misma ruta en el centro”.

El soliloquio se rompió cuando una mujer, llevando consigo una camiseta con la imagen de un expresidente y le dio tema al conductor para hablar del sistema que a su juicio tiene asfixiado al pueblo. “Eso es lo que nos tiene jodidos en este país, que los que tienen quieren tener más, los que mandan quieren seguir mandando ¿o qué les parece la reforma tributaria y la miseria que le aumentaron al salario de los pobres? Y vaya usted, mire cuánto se gana un congresista”.

A medida que la discusión avanzaba la buseta se llenaba de personas que tomaron posición y participaron en el debate que terminó molestando a algunos pasajeros o haciendo reír a otros.

Sin proponérselo, conductores y pasajeros establecen una relación ocasional, sin promesas de nuevos encuentros, pues en las pocas ocasiones en que estos ocurren no logran recordar dónde vieron ese rostro antes; no obstante hay casos de pasajeros que diariamente toman la misma ruta, lo que fortalece los lazos de familiaridad.

“El trabajo de nosotros no es fácil porque estamos todo el día aquí sentados, con calor, lidiando con el genio de la gente, con los pasajes incompletos, con la competencia desleal y de sobremesa se gana unos insultos cuando no está de acuerdo con las opiniones de alguien”. Pero él disfruta su labor urbana, en la que también está al día con novedades y hasta recuerdos de viejos tiempos que les alegran la jornada.

–¿La niña se murió, cierto? –preguntó una mujer con turbante en la cabeza.

–¿Cuál niña? –preguntó otro pasajero.

–Al que mordió el perro –y cuenta la noticia sobre una niña que fue mordida por un canino y perdió la vida; igual que una anciana que corrió con la misma suerte hace unos meses.

–Es que esos perros sueltos por ahí son peligrosos –entonces los animales se convierten en el motivo de la conversación. Los cien pies que “crecen hasta dos cuartas y les salen escamas duras como caparazón de tortugas”, las tuquecas o salamanquejas que se comen los mosquitos en la casa, pero cuando crecen y “se les pone el pescuezo colorado se van a habitar las construcciones viejas de ladrillo”. “Peso esas animalitas se le pegan a la gente. Yo me acuerdo que cuando pelao las casaba con agua caliente porque les tenía miedo”, dijo el conductor.

Conversaciones improvisadas que hacen parte de las historias urbanas de las ciudades y también de las muchas personas que todos los días participan de estas leyendas libres, sin tener la obligación de sujetarse a la verdad, pero cumpliendo la función de amenizar los trayectos en las busetas.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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