Miércoles, 22 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

¿Por qué la gente no se manifiesta multitudinariamente contra la violencia? ¿Por qué la gran mayoría de colombianos guardamos un silencio público contra la corrupción? Vivimos en una sociedad donde sus miembros, en una gran mayoría, aceptan pasivamente la exclusión, la negación de sus derechos, la corrupción política y la violencia social ejercida dese arriba por los que ostentan el poder político y económico. Somos una sociedad indolente que no le conmueve el dolor ajeno ni nos importa el destino de nuestra comunidad y asistimos impasibles a espectáculos dantescos que nos presenta la prensa con grandes titulares y la televisión con aspavientos de sus presentadoras. El horror cotidiano que viven millones de compatriotas solo nos merecen murmullos, conversaciones en voz baja al seno de nuestros hogares y tibios comentarios en las reuniones de amigos.

¿Cuáles serán las causas de este silencio vergonzoso que sufrimos los colombianos ante los grandes males que aquejan al país? Inicialmente eran los temores, el miedo a las retaliaciones del terrorismo, bien fuera de las guerrillas o, en el caso contrario, de los grupos paramilitares que campeaban a sus anchas por todo el país. Esto generó una situación de dependencia de la crítica, pues las únicas voces que se alzaban eran la de los políticos de izquierda como Petro, Robledo, Piedad y algunos otros que se atrevían a levantar la voz en contra del paramilitarismo y la corrupción. De otro lado, hacían airadas protestas los miembros reconocidos de la derecha como Uribe, Ordóñez, Londoño, José Obdulio. Todos éstos, de izquierda o de derecha amparados por un gran número de escoltas, unos más que otros, pero siempre bajo la seguridad y protección del Estado colombiano.

La gente del común, la sociedad, no se pronunciaba, contrario a las marchas de los españoles contra los etarras, contrario a los árabes contra las atrocidades de sus regímenes, acá nunca se protestaba masivamente. Solo en contadas ocasiones se hizo marchas contra las FARC, marchas por la paz, pero contrario a las multitudes que marcharon salió el adefesio del NO en el referendo dándonos a entender que esa paz tenía marquilla patentada y salieron a reclamar la paternidad de la que todavía no había nacido y hubo que soportar la estruendosa y vergonzante derrota de la paz en el referendo y tuvo Santos que jugársela en el Congreso de la República en un partido donde el contrario comienza peligrosamente a castigar tiros directos paralizando el avance del Fast Track por algunas faltas cometidas en el área de parte de la FARC al no entregar los menores de edad que tiene entre sus filas.

¿Pero por qué los colombianos no somos capaces de protestar contra la corrupción y otras aberraciones gravísimas que ocurren en el suelo patrio? Algo de culpa encuentro en la formación, la que los padres dan en casa y la que el maestro da en la escuela. Me explico: en casa, los padres exigen a sus hijos sumisión y mansedumbre ante las órdenes y decisiones que toman los mayores. No les admiten a sus hijos rebeldías ni contradicciones con las determinaciones del hogar que le restringen su libertad, incluso le recortan derechos. El hijo no puede, no debe, irse en rebeldía so pena de ser sometido con castigos que van desde una azotaina hasta la privación de sus juguetes, meriendas, la Tv, o sus juegos favoritos.

Ese niño sale del hogar marcado de sumisión, castrado de rebeldía y llega a la escuela donde consigue un docente que sigue la misma línea de restricciones de libertades donde no le permiten al niño manifestarse libremente, donde le uniforman el cuerpo y se pretende uniformar el pensamiento, donde se le exige al menor estar quieto, ser obediente, a estar en silencio. El maestro no lo hace de mala fe, solo repite el acto de enseñar que le aplicaron a él, no es consciente de la castración mental que está operando en sus alumnos. Luego viene la secundaria y ahí se pretende continuar el proceso de sumisión y de uniformidad del pensamiento, se le prohíbe al joven peinarse de algún modo, no puede portar gorras dentro de la institución, se les prohíbe el uso de algunas prendas juveniles, debe portar uniforme, no puede contradecir al profesor, debe estar en silencio, quieto, debe ser sumiso.

Desde el hogar y la escuela estamos formando individuos sumisos, sin opinión propia, ciudadanos heterónomos que piensan con el pensamiento de otros, ciudadanos asustadizos, sumisos y acobardados que toleran el uso y el abuso de políticos y mandatarios, ciudadanos que callan ante la injusticia y que aceptan como cosa natural la corrupción que empobrece a nuestros pueblos. Hay que hacer un alto en el camino y enseñar a nuestros niños y jóvenes que tienen el sagrado derecho a rebelarse, a ser críticos y, sobre todo, a tener opinión propia para que sea capaz de utilizar ese derecho que le consagra la Constitución nacional a la protesta y a la oposición.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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