Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

La casa  Isla Negra de Pablo Neruda,  a orillas del océano

 

Cuando pensamos en Pablo Neruda generalmente lo relacionamos con una poesía intimista y amatoria, tal vez porque siempre se nos vienen a la cabeza los 20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada, o los 100 Sonetos de Amor o los Versos del Capitán, ese gran libro que Neruda le escribiera a Matilde Urrutia y que sólo reconocería 20 años después de su primera publicación, cuando ya los poemas habían logrado ser reconocidos por sí solos, independientemente del nombre de su ya conocido autor.

Pero Neruda incursionó en todos los temas que la poesía puede tocar, incluyendo la rica cosmogonía americana. Canto General, como su nombre lo indica, es una hermosa oda a un continente aún no nombrado, a los extensos dominios anteriores a la “peluca y la casaca”, y “a las tierras sin nombres y sin números”, y donde el hombre fue “arcilla… cántaro caribe, piedra chibcha”. Y para recordar ese pasado prodigioso y sagrado, ahí está el poeta, como el elegido que impedirá el olvido del pasado mítico, del tiempo no histórico, el poeta erigido en la conciencia colectiva que nunca olvida y que siempre denuncia: “yo estoy aquí para contar la historia”; para ello hurga en sus orígenes prehispánicos: Yo, incásico del légamo”, haciendo alusión a la tierra arcillosa y al barro viscoso, que amasaron tantas manos durante siglos, para dejar una impronta imborrable de su paso por esta “Tierra mía sin nombre, sin América” a la América mítica de “lluvia de hilos celestes”, donde el tiempo circular “devolvía las flores y las vidas”.

El poeta hace alusión al árbol como el axis-mundi que permite a los chamanes araucanos el viaje por los tres mundos, para ello sólo nombra las especies nativas, como “el ceibo bermellón, el árbol caucho”. A los que luego se sumaría la fragancia del tabaco y por supuesto el maíz, origen del pueblo maya. La naturaleza indómita desconocía la avaricia y violencia de las ciudades europeas: “América, zarza salvaje entre los mares, de polo a polo balanceabas, tesoro verde, tu espesura”. Pero entonces irrumpen las premoniciones de un retorno al caos: “Germinaba la noche”, y la historia, o tiempo lineal, irrumpe con la utilización del pretérito perfecto simple: “una rama nació como una isla, una hoja fue forma de la espada”, sino de sangre, violación.

La América saqueada aparece bajo la imagen de “una raíz (que) descendió a las tinieblas”, verso que se contrapone a los míticos “hilos celestes”. América ha quedado perdida, sin guía, ha sido profanada con la llegada de “una montaña marina”, y con el vuelo de innumerables pájaros que semejan un “cometa… que oscurecen el sol del mundo”. Es entonces cuando la figura del poeta se hace imprescindible para el recuerdo permanente del pasado, para la transmisión de la tradición oral, cuando una de las tantas arterias del continente, en este caso el Bío-Bío (hermoso río chileno), habla a través de Neruda: “tú me diste el lenguaje, el canto nocturno… me contaste el amanecer de la tierra… lo que las hojas del canelo en mil años te relataron,… y luego te vi entregarte al mar… murmurando una historia color de sangre”.

El río sagrado de los araucanos ha depositado en el poeta toda su sapiencia, para que él denuncie, y así evitar que la historia del despojo de América quede en el olvido, como quedaron el árbol y las piedras araucanas al ser desacralizados: “Sólo son las piedras, Arauco”. Es entonces cuando el poeta rescata al indígena desconocido y a sus descendientes ignorados, les devuelve su identidad, y les pide que se unan para denunciar la ignominia, la injusticia: “Juan Cortapiedras, hijo de Wiracocha… Juan Piesdescalzos, nieto de la turqueza, sube a nacer conmigo, hermano”, puesto que pareciera que el hambre fuera el sino inevitable de América Latina: “América enterrada, guardaste en lo más bajo, en el amargo intestino, como un águila, el hambre?”. Es por ello que al final de Canto General confiesa que el libro “ha nacido de la ira como una brasa”. Su palabra, dinámica indestructible, “nacerá de nuevo.. tal vez en otro tiempo sin dolores”, no en vano en algunas comunidades amazónicas el jefe es quien ostenta el poder de la palabra.

Pero para poder rescatar al hermano primero debe emprender un viaje, es entonces cuando escribe el canto delirante que es Alturas de Macchu-Picchu “hundí la mano turbulenta… en lo más genital de lo terrestre… descendí como una gota entre la paz sulfúrica… regresé al jazmín/de la gastada primavera humana”. El viaje no es otro que la búsqueda del conocimiento y del planteamiento ontológico: “Qué era el Hombre ? En cuál de sus movimientos metálicos/vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?” El ascenso a Macchu-Picchu, le hace comprender que la ciudad sagrada es también la ciudad de los orígenes: “cuna del relámpago y del hombre”, pero también refugio de cóndores, el ave mítica de los pueblos andinos, por eso la reconoce como “la morada… el sitio” donde todo “ropaje, piel, vasijas, /palabras…, / se fue, cayó a la tierra”, regreso simbólico a los orígenes, a la madre-tierra, a la Pacha-mama del pueblo incaico. Una vez bajo su manto protector “el aire entró con dedos/de azahar sobre todos los dormidos; / mil años de aire… / lustrando el solitario recinto de piedra”.

El aire, que luego se convierte en huracán, le cerró el paso al advenedizo, a la pisada profana. Macchu-Picchu sería resguardada hasta 1911 cuando Hiram Bingham la redescubriera, gracias a la tradición oral que hablaba de un antiguo recinto sagrado ubicado en algún lugar de Los Andes peruanos.*

Mi viaje a isla Negra

Siempre he creído que uno de los lugares más famosos, al menos para un hispanohablante, es Isla Negra, no importa si se ha estado físicamente o no. Todos los que amamos a Pablo Neruda conocemos su existencia, así como todos conocemos otros lugares míticos, ancorados en lo más profundo de nuestro sistema límbico, como son Macondo, o Santa María o Yoknapatawa. La diferencia, es que Isla Negra existe, pero, contrariamente a lo que uno pudiera creer no es una isla. Está, eso sí al borde del mar, de un mar violento, las olas parecieran ser del tamaño de una casa, y vienen a morir en un acantilado de una hermosura inconmensurable.

Son piedras enormes, cuasi míticas, como si el mundo recién despertara de un largo y profundo sopor, como si recién acabase de ser inventado, creado o soñado, o todo a la vez; ¿Por qué, dónde comienza la realidad y dónde termina la imaginación? La frontera entre esos dos conceptos es frágil y como funámbulos transitamos sobre ella, meciéndonos de un lado a otro de esa cuerda que puede romperse al menor descuido.

Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar la casa que Pablo Neruda construyó como si de un barco se tratara. Una casa nada convencional y en la que difícilmente yo podría vivir. No obstante, la emoción que sentí al visitarla no ha sido nunca equiparada con otras experiencias y otros viajes. El día anterior habíamos estado, mi marido, mi hijo y yo, en “La Chascona”, la casa de Pablo Neruda y Matilde Urrutia, en Santiago de Chile. Es de anotar que “chascona” quiere decir “despelucada”; es así como Neruda llamaba a Matilde, la mujer de su vida. Y si bien la visita me había interesado mucho, máxime que fue allí donde la turba enloquecida saqueó la biblioteca de Neruda la noche de su muerte, sin que las fuerzas policiales hicieran algo por proteger el legado del poeta. Recuérdese que Augusto Pinochet acababa de dar su golpe de estado y que Chile entraba en una larga y tenebrosa noche, de la cual aún se hacen esfuerzos enormes por salir de ella y recobrar la cordura que le fue arrebata en la nefasta fecha del 11 de septiembre de 1973.

La biblioteca, como todas las construcciones de Neruda, tiene una particularidad bastante extraña. Cuando se penetra en su interior, y se comienza a recorrerla, lo primero que viene a los sentidos es una sensación de mareo. El piso está construido en declive, y los oídos perciben un crujido, el crujido de la madera de un bote en alta mar; de tal forma que al caminar se siente la impresión de estar navegando. No en vano Neruda se llamaba a sí mismo “Marinero en tierra”.

Al día siguiente de la visita de Isla Negra, visitamos su tercera casa, “La Sebastiana”, ubicada en Valparaíso. Tiene cuatro pisos, como una torre de Babel que quiere tocar el cielo.

Pero es Isla Negra, a una hora de Valparaíso, la casa que hizo que todos los sentimientos de amor, admiración y respeto por Pablo Neruda, salieran a flote. Cuando entré en la sala y vi sus mascarones de proa, traídos de sus viajes, sentí que un quejido profundo salía de mi pecho y que por razones de “urbanidad” debía acallar. Supe contenerme, pero no sería por mucho tiempo. Cuando llegamos al cuarto que Neruda compartía con Matilde Urrutia, y al ver su cama debajo de una ventana sin cortinas, de tal forma que los primeros rayos del sol pudiesen penetrar para que de esa forma el poeta fuese despertado, no con el sonido trivial,  y a veces de pesadilla, que es un despertador automático sino con los tímidos rayos del sol que le besaban sus mejillas, y para que sus ojos, al abrirse con el contacto de las manos de la aurora, vieran ese mar indómito que lame las rocas de su casa; ya no pude más, y el quejido que trataba de ahogar, de retener en silencio, salió con una furia incontenible; entonces lloré al poeta cómo si hubiese acabado de morir.

La poesía de Neruda, con la misma que había aprendido a amar, me refiero a “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, o “El hondero entusiasta” o “Los versos del capitán”; o con la que había viajado, pienso en “Alturas de Machu-Picchu”, esa oda latinoamericana, ese lamento visceral, esa búsqueda de nuestros propios orígenes; salió a flote en un llanto que ya no pude controlar. Todas las fotos que registran mi rostro ese día, muestran la pérdida y el dolor, pero también el amor y la esperanza.

Por supuesto que también visité la biblioteca del poeta. En un corredor largo y estrecho, hay una mesa que el mar le regaló una mañana, una mesa que había naufragado quien sabe por cuánto tiempo. Neruda la ubicó al lado de otra ventana, a la que consideraba su cuadro favorito, ya que desde allí vislumbraba su mar. En esta biblioteca está parte de su considerable colección de caracolas marinas, la mayor parte fue donada a la Universidad de Chile, y por supuesto, su colección de botellas.

La visita culmina con el paseo obligado del jardín donde están enterrados los dos amantes, al frente del mar. No hay que olvidar que para que ésto fuese posible hubo que esperar largos años, hasta 1992, ya que Pinochet había prohibido que su sepultura ocupase el lugar que el poeta había designado como su lugar preferido para su sueño eterno.

Nota: Los restos de Pablo Neruda fueron exhumados para conocer su extraño deceso, a sólo 11 días del golpe de Augusto Pinochet, así como los restos de los expresidentes Eduardo Frei y Salvador Allende; muertes que también están siendo investigadas. Es de anotar que nunca creí en la historia oficial, esa que siempre ha dicho que Allende se suicidó.

 

Berta Lucía Estrada Estrada

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Bibliografía:

ELIADE, Mircea. Aspects du mythe. Idées/Gallimard. 1983.

El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura

Económica. México. 1982.

El mito del eterno retorno. Alianza /Emecé. Madrid. 5S edidón. 1984.

Herreros y alquimistas. Alianza Editorial. Madrid, 1984.

Mythes, rêves et mysterès. Idées/Gallimard. 1981.

Mefístófeles en andrógino. Labor/Punto Omega. 2§ edidón. 1984.

Lo sagrado y lo profano. Labor/Punto Omega. 5a edidón. 1983.

NERUDA, Pablo. Selección de Poemas. Círculo de Lectores. Barcelona.1975

 

Fractales
Berta Lucía Estrada

Berta Lucía Estrada Estrada (Manizales). Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo sobre literatura infantil y juvenil ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.

Premios literarios:

Primer Premio Nacional de Poesía 2011 Meira del Mar, realizado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia, con el libro "Endechas del Último Funámbulo", basado en la vida y obra de Malcolm Lowry.
Premio Especial, fuera de concurso, Ediciones Embalaje del Museo Rayo-2010, con el ensayo poético "Náufraga Perpetua".
2o puesto en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes-2011.
4o lugar en el XXVII Concurso Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo 2011.

Blog El Hilo de Ariadna, en www.elespectador.com
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/
Blog personal: Voces del Silencio:
http://beluesfeminas.blogspot.com
*Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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