Lunes, 24 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

En Tamalameque desde siempre ha habido zancudos y no cualquier zancudo, los nuestros son mosquitos grandes, feroces, zumbadores, astutos y osados, no le agrego más adjetivos para no romper la norma de economía del lenguaje, pero tengan la seguridad que podría ponerles por lo menos diez más. Es que estos insectos, por lo menos los que habitan en mi pueblo, son tan voraces y de unas costumbres rutinarias que ya les cuento.

Son puntuales y alegres, llegan por la tarde a las seis en punto. Tamalameque es invadido por una nutrida horda de estos insectos que llegan con el propósito de hacerse notar, revolotean alrededor de quien esté fuera de sus casas, le zumban aterradoramente al oído, como diciéndole al pobre cristiano desprevenido “¡Prepárate que acabamos de llegar!”. A partir de ahí comienzan su festín de picaduras, revoloteos y zumbidos, obligando a los tamalamequeros a parar cualquier actividad que se esté desarrollando. Se posan en actitud vigilante sobre las paredes, los cristales de las ventanas, el suelo, las hojas de los árboles y esperan cualquier descuido para penetrar en las casas y continuar su festín con los humanos y mascotas que la habiten. Son mosquitos negros y robustos que llegan a saciar su hambre atroz con la sangre de los pobladores, son mosquitos que parecen entrenados para evadir las palmadas con que pretendemos matarlos. Son insectos-monstruos que no solo atentan contra la salud de la población, pues son vectores de múltiples enfermedades, todas de nombres algo raro (Paludismo, dengue, zica, chikunguña, entre otras), sino que atentan contra la tranquilidad y la salud mental del tamalamequero.

Parece que se pusieran de acuerdo ya que a las siete de la noche merman en número, aunque no en su furia y da la impresión que gran número se retira del ataque ahí los tamalamequeros muzengue en mano pueden salir a la calle. Pero a las cinco de la madrugada se presentan de nuevo, con la misma furia, con más ganas de picar, esto hace que nos levantemos un poco tarde para evitar su picadura.

A propósito del mosquito en Tamalameque, un día, hace un mundo de años, hablando con uno de mis maestros del bachillerato sobre el conformismo y falta de temple de mis paisanos para reclamar a las autoridades por sus derechos, me preguntó: “¿Dime, por qué los tamalamequeros son tan conformistas?”. Esta pregunta me cogió de sorpresa, no sabía las razones de ese conformismo y entre serio y jocoso le elaboré la teoría del mosquito y le dije muy circunspecto «¡La culpa es del mosquito!». El profesor abrió los ojos como platos y con gesto de sorpresa me pidió que le definiera esa teoría, entonces socarronamente le dije: «Profe, el tamalamequero desde hace siglos se está dando palmadas en el cuerpo para matar o espantar los zancudos. Esos golpes lo han convertido en masoquista y ahora goza con el maltrato que le hacen los mandatarios de turno». El profesor Reyes (ese era su apellido) se toteó de la risa.

Esa teoría que en chanza le dije a mi profe, aunque parezca un chiste flojo, hoy más que nunca creo que es acertada, pues en mi pueblo pasan carros y carretas y nadie dice ni mú, los mandatarios hacen ochas y panochas y nadie levanta la voz para hacer una crítica o un llamado de atención ante la vergonzosa situación del manejo de los recursos públicos, somos un pueblo conformista y masoquista que acepta sin chistar cualquier ocurrencia de sus alcaldes por loca que sea.

Les decía al comienzo de la horda de mosquitos que invaden nuestras calles y casas, de la inclemencia de sus picaduras, del encierro al que nos sometemos para evadir el ataque feroz de estos insectos… Bueno, hace dos días mandaron de Valledupar un carro con los equipos con que fumigan para controlar la plaga, venía con órdenes de hacer el trabajo por cinco días con todo pagado (me cuentan que por orden de la Secretaria de salud del Cesar, no lo he confirmado), lo que puso contenta a toda la población, pero cuál no sería la sorpresa al ver que el carro después de estar en los patios del hospital local y dispuesto para comenzar la fumigación, se tuvo que devolver hacia Valledupar sin cumplir su cometido, debido a que la administración municipal le prohibió realizar esta labor.

La comunidad, como siempre, en voz baja, dice que el motivo de la devolución obedeció a razones políticas, pues el mandatario local celoso no aceptó que se fumigara porque la gestión la hizo un político que no es de sus afectos. Aquí vale la pregunta: ¿Qué le hace más daño a Tamalameque, la picadura de los zancudos o la estrechez mental del señor alcalde?

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@tagoto

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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