Sábado, 25 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En Colombia hace setenta años se dio el primer paso para la educación a distancia, con la creación de la emisora radio Sutatenza en 1947, en el departamento de Boyacá. Gracias a la visión de monseñor José Joaquín Salcedo Guarín y el auspicio de la misma iglesia católica, se instala el primer transistor y se dan las primeras pruebas exitosas de radio.

Para el año 1948 el presidente Mariano Ospina Pérez inaugura oficialmente la emisora, convirtiéndose en la primera en Latinoamérica dedicada a la educación rural, y para la década de los ochenta cubría los departamentos de Cundinamarca, Bolívar, Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, Tolima y el valle del Cauca.

Ver lo que era la tecnología hace 70 años, cómo la gente se conectaba con el mundo exterior, y tener hoy en la palma de la mano el mundo entero, causa asombro. La tecnología está desfigurando el modelo de educación, ya que no es lo mismo sentarse a leer un libro, e imaginar y conectarse con el autor en la historia que narra, a simplemente sentarse y ver imágenes en un televisor, y lo que es peor, abstraerse de la realidad, de lo que pasa allá afuera. Y es justamente lo que está pasando hoy con Internet, con el sofisma de estar conectado con el mundo, cuando la verdad es que hoy estamos más desconectados que nunca.

Nunca antes la humanidad ha estado más presa del dominio de alguien o algo; somos presos de nuestras creencias, de las tarjetas de crédito, del trabajo mal remunerado, del licor, del cigarrillo y en general de todo tipo de adicciones que hacen la vida miserable para quien está metido en este limbo.

Hoy, el sistema educativo de nuestro país, con sus vacíos de forma y de aplicación, está en la línea de fuego, porque cada vez más son los estudiantes que desertan de las aulas, para iniciar sus propios proyectos y negocios, ayudados por la tecnología, y la otra cara de la moneda, es la apatía de los estudiantes por escuchar al docente, cuando tienen en el celular las respuestas que necesitan. Sin embargo, lo que importa no son las respuestas, sino las preguntas que se plantee el estudiante frente a su propio proyecto de vida y ahí es donde la tecnología está metida y enredada en el nudo gordiano. El estudiante ya no quiere pensar, no quiere racionalizar y depurar lo que pasa en su entorno, no analiza y mucho menos plantea soluciones, sino que es visceral y emocional. De ahí lo que hoy se observa en la sociedad, un alto grado de intolerancia, traducida en violencia callejera, donde ya es común los ataques de histeria, donde se ve al otro como un enemigo público, traducido esto en una alta desconfianza por las instituciones y la autoridad que los representa.

La tecnología aísla de tal manera las emociones y el afecto entre los seres humano, que es más importante pasar todo el día conectado a las redes sociales que salir a caminar y compartir con la familia. Allá hemos llegado, a humanizar y endiosar de tal manera un objeto como lo es el celular o la computadora. Ya hace parte del cuerpo, de la vida misma, no nos vemos sin estos artilugios.

Es cierto que hoy tenemos más acceso a la información, pero la pregunta es ¿Qué estoy haciendo con toda esa información? ¿En qué ha cambiado mi vida con toda esa información? ¿He mejorado como persona con toda esa información? ¿Cómo se beneficia de esa información? Seguramente muchas personas no se hagan este tipo de preguntas, porque están tan desconectados del mundo que, es mejor seguir viendo pornografía, accidentes de tránsito, compartiendo cadenas de oración, intimidando a todo el mundo con mensajes de virus y demás tonterías propias del entorno.

Las muestras son más que evidentes, no es sino ver las pruebas de saber Pisa del último año en el país, para entender que tanta conectividad no ha servido de nada, ni a Colombia ni a ningún otro país, pareciera que solo les funciona esa prueba a Singapur y otros países asiáticos quienes ocupan los primeros lugares en la prueba saber (y no es de extrañar que toda la tecnología nos llega precisamente de Asia).

La tecnología, lejos de educar a la humanidad, nos ha convertido en autómatas, conectados con la fantasía de un mundo irreal, que no existe, que solo está en la pantalla, y eso ha generado que se pierda el valor por lo humano, por la esencia misma del ser, de hablar con el otro, confrontar al otro, sentir al otro, sentirse dueño de su propio mundo y no esclavo de una pantalla multicolor.

 

Eber Patiño Ruiz

@Eber01 

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