Lunes, 29 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

La Escuela AmbientalCorría el año de 1996 y “La Escuela” era apenas el brumoso sueño de su creador, al que aún llamaban “doctor”. Era el tiempo en que Ólmar usaba corbata y los documentos para revisar llegaban en las delicadas manos de una dulce secretaria, que cada mañana le recordaba la importante agenda por desarrollar:

“9:00 a.m. Cita con el Gobernador.

12:30 p.m. Almuerzo con los abogados.

2:00 p.m. Reunión de negocios en el club”.

En la noche atendía el negocio familiar, una acreditada pizzería. Su vida transcurría sin apuros económicos, pero el ritmo de trabajo lo agotaba y la gastritis hacía mella.

Tenía un bello hogar. Sus hijos mayores pasaban a la adolescencia y una nena de brazos empezaba a llamarle papá; podía decirse que este administrador de empresas era un hombre realizado. Si -tal vez- sólo le faltaba escribir un libro o plantar un árbol, optó por lo segundo, y enseñar desde la oralidad y la práctica.

Dentro de ese contexto surgió la idea de fundar la Escuela Ambiental. ¿Cómo? El camino lo diría. ¿Por qué? Él nos lo cuenta:

"En el año de 1997 yo dirigí un programa de educación ambiental acompañado por la Red Pedagógica Nacional, en los barrios humildes y corregimientos cercanos de Valledupar. Nos dimos cuenta que era imposible enseñarle a un niño educación ambiental en las cuatro paredes, sin libertad para desarrollar su creatividad, con este calor y con los ventiladores dañados. De ahí surge la idea: vamos a hacer una escuela donde el niño la pase bien rico y aprenda sin presiones. La educación ambiental, pienso yo, que el niño tiene que vivirla, es un sentimiento, es una tranquilidad, que él mismo se dé cuenta de los beneficios de este o aquel árbol, para que él mismo lo defienda”.

La Escuela Ambiental es un lugar estratégicamente ubicado, al norte de la ciudad y a orillas del río Guatapurí. Construida en su totalidad con material reciclado y las manos voluntarias de la juventud vallenata; no en vano su letrero de bienvenida, hecho con tapas de refresco, dice:

“ESCUELA HECHA POR NIÑOS Y PARA NIÑOS”.

Cada uno de sus rincones es mágico: el círculo de ceibas, la piscina antiarrugas, la silla de la risa, el Spa natural, los senderos, la kankurúa y el minibosque; sin embargo, para llegar a este punto el trayecto fue duro.

Realizando gestiones para conseguir el terreno, Ólmar y su grupo de pioneros tocaron varias puertas. Se requería un sitio con características especiales: buena agua y cercanía al río Guatapurí.

El altruismo fue protagonista, un próspero empresario de Valledupar donó el predio, y recibió como pago el agradecimiento de todos y la satisfacción personal de aportar a una obra que beneficiaría a la ciudad que le dio acogida.

El maestro Orlando Palmera, conserje de La Escuela desde el primer día, relata sus primeras vivencias allí, de este modo:

“Al principio esto estaba completamente pelao’, no había ni un árbol; fueron cuatro años de arrear agua para sostener los palitos hasta que empezaron a dar buena sombra, se abrieron los senderos y los surcos de agua para facilitar el riego, y con la vegetación, los animales y las aves volvieron. Esta ha sido una gran obra, aquí los niños aprenden de un modo natural lo que no les enseñan en su colegio: hacer un lazo, encender una fogata, ordeñar una vaca, montar en burro o en una canoa, cosas sencillas pero de gran utilidad”.

Fue difícil que la gente comprendiera el concepto de la Escuela Ambiental, los primeros visitantes preguntaban “¿Dónde están los salones?” sin darse cuenta de que ya habían ingresado en ellos; salones abiertos cuyos techos son las frondosas ramas de las ceibas, algarrobillos, mangos y orejeros; en los que la brisa hace obsoleto el ventilador y donde la educación se transforma en acción. Estar tranquilo y con actitud positiva es requisito básico para disfrutarla, pues como dice uno de sus sabios mensajes:

“SI TE ENCUENTRAS BIEN CONTIGO MISMO

CUALQUIER LUGAR ES TU HOGAR”.

La vida de Olmar cambió cardinalmente, ya no le dicen “doctor”, abandonó la corbata y la gastritis se fue junto al excesivo trabajo, así lo explica:

“Decidí cambiar nivel de vida por calidad de vida, ya no trabajo, ahora laboro, porque hago lo que me gusta y ése es el mensaje que queremos dar en la escuela: que podemos vivir bien, libremente, haciendo lo que nos gusta y sin necesidad de estar encerrados en los cánones de la sociedad”.

Hoy, la Escuela Ambiental es un centro verdaderamente interdisciplinar, congrega profesionales y estudiantes que aplican sus conocimientos en muchos procesos productivos y pedagógicos como la fábrica de abono orgánico; el cultivo de abejas; la cría de gallinas criollas, y el recientemente creado grupo de exploradores, en el que niños y jóvenes de todas las edades estudian la historia y la geografía de Valledupar y la región Caribe mientras aprenden el valor de la vida campestre.

El mundo vive una época en la que los recursos naturales son explotados como nunca antes; estamos agotando en pocos años reservas que necesitaron eones para formarse, por eso se necesita personas que se ocupen en transmitir un mensaje de conciencia y preservación ambiental, que realicen más acciones y menos reuniones, que estén dispuestas a materializar un lema como el que acompaña a la Escuela Ambiental desde hace 15 años:

“SEMBRANDO PARA LAS FUTURAS GENERACIONES”.

José Luis Ropero de La Hoz

 

Premio de Crónica Ciudad de Valledupar 2012: "La Escuela Ambiental" es la crónica ganadora del Primer Premio de Crónica Ciudad Valledupar 2012 en la categoría A (menos de 30 años). Su autor, José Luis Ropero de La Hoz, nació en Valledupar el 19 de Octubre de 1985 y estudió en el Colegio Nacional Loperena donde obtuvo el bachillerato destacándose como el mejor alumno de su promoción. Actualmente, finaliza sus estudios de derecho en la Universidad Popular del Cesar y labora en su gran pasión: el medio ambiente, dirigiendo la Corporación Ecojugando.

Enfoque directo
José Luis Ropero de la Hoz

Valledupar (1985). Profesor y comunicador por vocación, su columna “Enfoque directo” ofrece una mirada del acontecer cultural sin formalismos. Admirador de la naturaleza y el talento humano.

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