Viernes, 18 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Ovidio Palmera Baquero

 

Sin lugar a dudas, nuestro Valle de Upar es el escenario perfecto para escritores, libretistas, poetas y compositores. Sus gentes, sus costumbres y sus personajes son motivo suficiente para despertar la inspiración. Son tantas y tantas las anécdotas de nuestros mayores, que en mi caso personal podría escribir por mucho tiempo y no terminaría de narrarlas.

A principios del siglo pasado los abogados eran muy pocos, por no decir que no había en esta región. Toda la actividad jurídica estaba centrada en la ciudad de Santa Marta. Solo existía un juzgado promiscuo, en el que se ventilaban toda clase de negocios (civiles, penales, laborales, etc). Así que, incluyendo al juez, los actores eran tinterillos que adquirían experiencia por el tiempo de trabajo.

En el primer lustro de los años 30 del siglo pasado comienzan a aparecer figuras profesionales, las cuales, con sus actuaciones, causaron tanto impacto en la sociedad de entonces que todavía son recordadas con mucho cariño y nostalgia. Es el caso de Pedro (Pedrito) Castro Trespalacios, Juan (Juancho) Castro Monsalvo, Ovidio Palmera Vaquero y otros que se me escapan.

Indiscutiblemente el doctor Palmera era un hombre sin igual, nació en Valledupar el 17 de Abril de 1908, realiza sus primero estudios en su ciudad natal y a la edad de 11 años viaja a la ciudad de Medellín, donde cursa su primer año de bachillerato. Después se traslada a Santa Marta para estudiar en el Liceo Celedon, finalmente termina en la ciudad de Bogotá, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde recibe el grado de bachiller en filosofía y letras, e ingresa a la facultad de derecho de la Universidad Nacional de Colombia donde obtiene el título de abogado el 17 de Noviembre de 1930.

Fue secretario nacional del ministerio de correos y telégrafos, siendo ministro del ramo Pedro Castro Monsalvo, diputado de la asamblea del departamento del Magdalena en 1935 y magistrado de la corte suprema de justicia, elegido por la cámara de representantes en 1950; Se desempeñó como abogado litigante en Santa Marta y Barranquilla, destacándose en los asuntos civiles. Finalmente, regresa a la ciudad que lo vio nacer donde se consagra al ejercicio profesional con pulcritud y honestidad. Al cumplir sus bodas de oro profesional, recibe de parte del congreso de la república la más alta condecoración que el poder legislativo otorga a los ciudadanos distinguidos y meritorios del país: la Gran Cruz en la Categoría de Oro.

Pero este hombre con tantos méritos, en su vida cotidiana era un vallenato común y corriente, a excepción de su hablar. Tenía cadencia andina y hablaba según el testimonio de un cañaguatero, con la ¨garganta apretada¨.

En el corregimiento de Los Venados en asocio con su cuñado Aníbal Guillermo Castro, tuvo una finca ¨La Esmeralda¨. Los viajes a esta propiedad eran preparados con antelación y se hacía acompañar de varios amigos; su administrador Rafael Maestre Díaz lo esperaba en el pueblo donde armaba unas parrandas de santo y señor mío, en la casa de Israel Fuentes, las puertas y las ventanas se atiborraban de gente para ver a los visitantes. Las mujeres con sus movimientos de cadera flequeteaban sus faldas plisadas ¨no me planchen¨, abultadas por la crinolina almidonada que usaban debajo.

En una ocasión el anfitrión no pudo conseguirles un conjunto musical para que animaran la fiesta, y esto incomodó mucho al doctor Palmera ¨Isra, tienes que conseguir a alguien porque nos vamos a dormir¨.  “Doctor, todos los músicos del pueblo están en la fiesta de El Paso, el único que está aquí es Darío Cuadros; pero usted sabe que él es muy vulgar”.

¨Haberch trae a Darío entonces¨, le respondió palmera. Doctor ya usted sabe, confirmó Israel, de modo que Darío se presentó a la parranda, llegó airoso, saludando a los presentes. Allí se encontraban además del doctor Palmera, Juan Bautista (Juancho) Castro, Monsalvo, Oswaldo Mestre Medina, Aníbal Guillermo Castro y Antonio Valera Tamara. El niño Luis Rodríguez Valera era el encargado de hacerle los mandados. Cuando saludó al doctor Palmera, éste le dijo: ¨Hola, Darío: ¿cómo estas de conservado?¨; “Como un caballo ruano, doctor”, le contestó Darío, dándole un apretón de mano, se sentó a su lado y empezó a registrar un pequeño acordeón viejo de dos teclados. Mientras hacía esto, Palmera le seguía hablando: ¨Cuéntame, Dadio y has grabado¨. “Si doctor, estuve muy mal en el Valle, por eso del cólico miserere, pero me operó el doctor Martínez Calderón”. “No, no, no, me refiero a la música”, le interrumpió el doctor Palmera. “No, doctor, pero si tengo unas composiciones mías, tengo una que se llama ¨La Contabilidad¨, le dijo Darío. ¨Haberch tócala¨, y con su voz estridente inició a cantar antes de ejecutar el acordeón.

Si no sabes de relato

No te pongas a sacar cuenta

Seis por cuatro veinticuatro

Y ocho por cinco cuarenta

¨Muy bien, Darío, qué cosa tan buena, qué mas tienes¨, le dijo Palmera entusiasmado. Tengo una canción romántica de algo que a mí me sucedió, se la hice a mi novia, ella se llama Fanecita. ¨Tácala, Darío¨, y nuevamente abrió el acordeón y empezó a cantar con esa vocecita  parecida a roce de metal con metal:

Le dicen a Fanecita

Que aquí estoy pa´que me mande

La que dicen que es bonita

Pero no lo tiene grande…

El doctor Palmera casi no lo deja terminar el verso. Le cerró bruscamente el fuelle del acordeón y le dijo: “No, Darío, esas cosas vulgares sí  que no”. “Pero, doctor, son cosas que yo he vivido”, respondió Darío. “Bueno, le voy a tocar un paseo sentimental que le hice a mi suegro, a él le dicen ¨El Pájaro¨; pobre ¨Pájaro¨, está muy enfermo, está pipón, dicen que está hidrópico. Caramba, tienes que llevarlo donde el médico, sorprendido le dijo el doctor Palmera. Si doctor, le voy a tocar el paseo entonces.

Dice el pájaro pipón

Que ya no puede cagar…

Nuevamente le cerró el fuelle del acordeón de un solo impulso y le dijo: no Darío. Vete, vete.

A partir de mediados del siglo pasado empiezan a llegar figuras nuevas del Derecho procedentes de todas las universidades del país. Con la aparición del cultivo del algodón y su posterior impulso económico., Valledupar se convierte en un centro comercial donde aparecen empresas aéreas, casas comerciantes, bancos crediticios, distribuidores de maquinarias agrícolas, en fin, toda la gama que necesitaba el cultivo para su siembra, recolección, desmonte y comercialización.

Esto atrae a muchos abogados, de modo que en esta época apareció un joven abogado chiriguanero muy hábil, de tez bastante morena, quien le tumbó varios negocios al doctor Ovidio Palmera,  que andaba por cierto muy disgustado en esos días, así que en una ocasión, mientras caminaba por una calle céntrica de la ciudad, Bambino Ustaris con su periódico en mano se le acercó y, mostrándole una fotografía de primera página, le dijo: “Mire, doctor, a Bogotá llegó un circo y trajo un mico que maneja un triciclo”. ¨De que te asombras, si aquí tenemos uno que litiga¨, le respondió el doctor Palmera.

Ovidio Palmera Baquero murió  a la edad de 94 años en la ciudad de Asunción (Paraguay), sufriendo el peor castigo que se le puede hacer a un vallenato: apartarlo de sus amigos y alejarlo de su Valle

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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