Viernes, 23 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Eran las 6:43 de la mañana de aquel miércoles de febrero cuando Julio volvió a la casa. Llevaba el mismo jean con el que había salido a las cuatro de la tarde del sábado anterior y una camisa de estampados coloridos que nadie en la familia le conocía. También había cambiado de zapatos; ahora llevaba tenis blancos con cordones fosforescentes y una gorra negra con unas manchas amorfas y un letrero que decía ‘Quien lo vive es quien o goza’.

-“¡Jesús sacramentado!”, exclamó Virginia, con voz sobresaltada y aliviada, con las manos juntas en señal de gratitud, ojos cerrados y rostro hacia el cielo. La madre llevaba cuatro noches sin poder ‘pegar el ojo’ debido a la preocupación de no saber lo que le hubiera ocurrido a su hijo, en una ciudad tan convulsionada por el jolgorio de carnaval que envolvía a todos.

-“¿Tú lo que quieres es matarme de la angustia verdad?”. Sus ojos, llorosos y con ojeras miraban suplicantes y enjuiciadores a Julio, quien se había quedado parado en la puerta con las llaves en la mano sosteniéndose en el manubrio, no se sabe si porque estaba perplejo ante la reacción de su madre o porque la resaca que traía encima le producía la sensación de pesadez inaguantable. Su estado era patético: todo él evidenciaba una juerga descomunal en la que habían derrochado mucho ron, agua y maicena.

El joven no daba para pronunciar palabra. Miraba a su mamá como si intentara reconocer la situación, como si necesitara tiempo para entender lo que estaba ocurriendo. Un amigo lo había llevado hasta la puerta, le había entregado sus llaves y se había ido antes de que la puerta se abriera. Su organismo le pedía a gritos una limonada o algo que lo ayudara a conjurar la deshidratación que se hacía casi dolorosa. –“Perdón, madre, perdón”. Quiso decir algo más, pero las palabras pesaban toneladas. Hizo una señal de disculpa con la mano y pasó en dirección a su habitación, tropezando con la mesa del comedor y un florero que encontró a su paso.

Cinco horas después, el muchacho despertó, gracias al material de amor y misericordia del que están hechas las madres, pues la suya le había preparado jugo y sopa, para ayudarlo a desintoxicar su organismo de las juergas del carnaval en las que palpablemente había estado participando todos esos días.

Después de alimentarse, Julio se sintió mejor, aunque no lo suficiente para ir a trabajar. Le explicó a la mamá que estaba con “los muchachos”, como llamaba a sus compañeros de empresa y de la vida, un grupo integrado por dos barranquilleros y un cordobez, con los que tenía un café bar en un sector cotizado de Barranquilla. Dos años antes, tras culminar sus estudios de Administración de Empresas en su natal Medellín, los giros de su destino lo pusieron a esa ciudad, llevando consigo a su madre y su hermana menor, quienes constituían su familia.

Sus amigos eran “pesados”. Así explicaba las continuas bromas de las que era víctima y a las que poco a poco se había ido acostumbrando como parte de una cofradía de gente rumbera, carnavalera, alegre, costeña. Uno de ellos le había dicho al joven –el primer día de carnaval- que se acababa de encontrar con “doña Virginia” en el supermercado y le había dicho que Julio se quedaría con ellos el fin de semana; inventó que la mamá había mandado bendiciones y la recomendación de tener mucho cuidado y moderación; eso había tranquilizado, quien se desentendió de avisar en la casa, porque supuestamente ya su mamá sabía que él estaba bien, cuando ella no había tenido la precaución de guardar los contactos de los muchachos. “Yo siempre los encontraba en el negocio”, explicó.

Fueron las redes sociales las que ayudaron a Julio a reconstruir los hechos que le involucraban durante esos cuatro días de Carnaval en Barranquilla. Sus amigos lo habían documentado todo por internet. Entonces se vio cantando “mariposas amarillas de Mauricio Babilonia”, mientras intentaba arrancarle una mariposa a una carroza que hacía parte de la temática carnavalera en honor a Gabriel García Márquez. En otro video se vio dando brincos como una marimonda en medio de un gentilicio en la Vía 40, y también cuando estuvo a punto de lanzarle un zapato a ‘Nicolás Maduro’, mientras sus amigas lo agarraban y le insistían que ese era un disfraz, que mirada que al lado iba Uribe, Santos, Chespirito y cuatro Pibes Valderramas.

El joven quedó sin respiración cuando llegó a otra publicación que lo hizo salir corriendo para el espejo del baño; se retiró la colorida camisa y se encontró con un tatuaje -tamaño natural- de la cabeza de una marimonda. Descansó al constatar que era arte corporal borrable.

Pasados los reclamos suyos y risas interminables de sus amigos, la vida volvió a su normalidad, con la promesa de nunca más volver a carnavalear con ellos, juramento que ellos, su madre y hasta él mismo están dudando hoy, ad portas de que se corra el telón de la nueva juerga de cuatro días de carnaval en la capital del Atlántico.

Lo ocurrido a Julio es sólo una muestra de las cientos de historias similares que tienen lugar durante estos días carnestoléndicos en Barranquilla, que se replican en menores proporciones en otros pueblos. Son días de Carnaval, de entronización del gozo; días en los cuales se da la subversión de normas morales que induce a muchos a traspasar las fronteras de la cordura y protagonizar episodios inimaginables en su vida cotidiana. “No es que uno beba demasiado y mucho menos consuma alguna droga; es que el espíritu de la fiesta lo contagia a uno y llega el momento en que solo quiere divertirse”, reflexiona Julio.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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