Sábado, 29 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

Ciénaga a principios del siglo XX / Foto: Archivo histórico Santa Marta y Ciénaga

"No me pise la sábana, señor. Mire que la acabo de lavar… en el río".

Anónimo cienaguero

Al iniciar el último cuarto del siglo XIX en Ciénaga, el Partido Liberal estaba dividido en dos facciones irreconciliables: radicales y moderados, cuyas disputas concluían en horribles muertes.

Antes de la proclamación de los Estados Unidos de Colombia, en 1863, Joaquín Riascos, jefe moderado, era la principal figura militar y política en Ciénaga, pero a su trágica muerte, en 1875, durante la guerra nacional entre parristas y nuñistas, el poder local pasó a sus adversarios radicales, comandados por Chico Labarcés.

Por algo más de diez años (1875-1885), el radical Chico Labarcés y su gente mandaron en Ciénaga. Fueron los años de gloria de La manta arrastrá: organización temible, responsable de lamentados episodios de sangre, como anota Guillermo Henríquez Torres en El Misterio de los Buendía (2003). Según el historiador cienaguero “los radicales, ebrios de poder, salían a las calles a provocar a sus enemigos moderados y conservadores, provistos de largas sábanas (mantas) que tiraban a los pies de sus rivales; si estos aceptaban el reto, pisaban la manta, y se entablaban ambos en una lucha sin fin, la cual terminaba con la muerte” (p. 243). El pavor a los cienagueros de Chico Labarcés alcanzaba a sentirse en las estrechas calles de Santa Marta. Los samarios, mayoritariamente conservadores “sentían horror cuando veían aparecer las huestes cienagueras al mando de su jefe el general Francisco Labarcés (alias el Chico), quienes venían azotando los caballos y arrastrando las mantas” (p. 244), pero Santa Marta, menos impulsiva y más cauta, prefería mantenerse atrancada en el conventual silencio que ha caracterizado por generaciones a sus élites.

Con el triunfo del centralismo y del nacionalista Rafael Núñez en la guerra de 1885-86, Ciénaga y sus huestes radicales perdieron predominio político: poder sustentado, no solo en la ferocidad de los chiquistas y La Manta Arrastrá, sino en la explotación de productos agrícolas (caña, cacao, plátano), en especial del tabaco, que exportaban a Alemania y Francia asociados a extranjeros provenientes de Francia y sobre todo de Curazao. Esta economía tabacalera registró sus mejores años entre 1848 y 1876, año este último a partir del cual comenzó a imponerse el cacao, cultivo colonial reintroducido también con participación de capitales foráneos. Diez años después, a pesar de sus rebeliones, de su influencia económica y de su mayor población, Ciénaga comenzó a ceder su primacía en el plano militar y no solo en el terreno político, y los hombres de La manta arrastrá, diezmado el poder de sus jefes, vivieron sus días finales. De esta época azarosa, que el padre José María Revollo registra en las primeras páginas de sus famosas memorias (Mis memorias, Barranquilla, 1956), le viene a Ciénaga, a decir de algunos, el calificativo de “La belicosa”. El periodo se conoce en la historia regional como La Ciénaga bárbara, pero en realidad el fenómeno con su expresión viene de más atrás, de las guerras de independencia. El término fue acuñado para subrayar el valor de los nativos que, fieles a la Corona, repelieron con éxito a las tropas patriotas hasta cuando, en 1820, en la Batalla de Ciénaga, cayeron vencidos por un ejército superior en números, armas y estrategia. Son célebres las derrotas que los indios y mestizos cienagueros infringieron a los militares franceses Chatillón y Labatut, reveses que Bolívar evaluó con su estado mayor cuando, en 1820, planeó tomarse Ciénaga, plaza clave que operaba como escudo de la muy realista Santa Marta, que se rindió una vez La Belicosa puso sus varios cientos de muertos.

Este apartado de la historia de Ciénaga es la historia de un pueblo mestizo populoso, formado por indígenas y extranjeros de la Independencia que se quedaron a hacer fortunas como agricultores y comerciantes. Normal entonces que, celosos de su independencia económica y política, mantuvieran ejércitos privados dispuestos a enfrentar a Santa Marta y los poderes centrales cuando algunas medidas atentaban contra sus intereses, ligados estos a la dinámica de un incipiente capitalismo en expansión. La manta arrastrá, temible e infame institución, fue sin duda un instrumento de tales luchas.

Las privilegiadas condiciones de unas tierras fértiles al sur de Ciénaga, de fácil conexión con los mercados internacionales, explican la presencia en la región de varios militares independentistas -además de empresarios extranjeros-, los cuales, beneficiados con la entrega de tierras baldías, llegaron a formar haciendas bastante productivas dedicadas a cultivos de exportación.

Uno de ellos, el general venezolano Francisco Carmona, héroe de la Independencia, sentó reales en San Juan de la Ciénaga. En plan de hacendado abogó por la apertura al comercio exterior y en 1840, pleno de poderes y méritos, acaudilló, en esta parte del país, la causa de Los Supremos (1839-1942). Esta condición de la dirigencia de la Ciénaga de entonces, formada por hombres de empresa y militares de tendencia federalista, avala que haya sido esta mestiza población y no la española Santa Marta la capital del efímero Estado de Manzanares. Carmona, como se sabe, fue picado a machete en Ciénaga, en su propia casa, el domingo de carnaval de 1852, víctima de una tumultuosa conspiración orquestada, para algunos, en la todavía hidalga y retrechera Santa Marta. Hombres como Joaquín Riascos y Chico Labarcés hicieron carrera a su beligerante sombra, igual que Juan José Nieto, Manual Murillo Toro y el mismo Rafael Núñez.

En 1896, en pleno gobierno regenerador, La manta arrastrá tomó visos de  leyenda y muchos principales, en el tránsito de cambiarse de partido, de sangre y de Dios, la expulsaron de su memoria: acto que la puso de contera fuera de la historia, donde todavía permanece.

 

Clinton Ramírez

Escritor, narrador y novelista 

 

Acerca del autor: Clinton Ramírez es escritor, narrador y novelista. Economista de la Universidad del Atlántico. Es autor de las novelas Las Manchas del Jaguar (Premio Nacional de Novela 1987), Vida Segura (2005), Hic Zeno (2008) y Un Viejo Alumno de Maquiavelo (2014). Sus cuentos, además, figuran en varias antologías del país y el exterior. Es uno de los escritores más representativos de las letras del Caribe colombiano. En la actualidad, es profesor de literatura en la Universidad Sergio Arboleda de Santa Marta.

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