Miércoles, 20 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

El sistema político es tan corrupto como la  misma sociedad que lo ha concebido.

Ahora, a raíz de descarados sucesos calificados de incidentes y que sirven como tema de debates y locuaces escritos de atrevidos columnistas, ortodoxos comentarios de acérrimos críticos sociales, confesiones justificantes de impolutos políticos,  que rasgan las vestiduras y se santiguan ante los mediáticos noticieros, pregoneros del destape de otro caso de corrupción. Como si este hecho cotidiano, y de acostumbramiento de la función, no solo pública, sino en general, no fuese el  engendro que nos escolta  y manosea en el diario vivir,  para exteriorizar lo más bajo de la conducta humana; la codicia.  

Y únicamente, no son estos señores ligados a la opinión pública, quienes se sienten dueños de la voz popular para increpar y enrostrar a otros conocidos personajes su desfachatez y ambición ante el pueblo, porque se han o están robando el patrimonio de todos, -para satisfacer su ambición personal- que seguramente la derivó del ejercicio de un cargo público, otorgado en confianza por voluntad popular.

También, es la clase política tradicional o emergente de este país, quienes por su propia esencia en esa búsqueda por apropiarse y ejercer el poder, ventilan a voces sus propios actos comprometidos con la corrupción, como la finalidad propuesta de su ejercicio, y desempeño, capaz de hacerlos diferentes de los demás, al punto que sus privilegios y carisma popular no son sobrepasados por la antipatía generalizada a su persona y calidad humana.

Pero da más grima, encontrar en la dinámica de las comunicaciones a atrevidas celebridades que protagonizan sin sobreactuar a cínicos personajes acusando y recriminando a otros, los mismos que ayer fueron sus socios y que en desempeño de lo que ellos hicieron, ahora lo hacen bajo un esquema de descaro y desvergüenza, sobrepasando la delicadeza, escrúpulos y  el respeto que otrora era referente conductual y tradición social de la comunidad.

Si bien, el acuerdo logrado con las Farc para la terminación del conflicto, sea malquisto y plagado de complejidades, muestra tímidamente resultados plausibles apegados al indiferente desempeño de la comunidad, también ha desatrancado  y delatado el nacimiento de otro conflicto interno en la clase política, apurada por publicar las cochinadas y jugarretas del antagonista, en ese afán por apropiarse del poder público  y asegurar su permanencia y usufructo en un  tiempo venidero colmado de incertidumbre y vacilación del régimen político imperante.

Ahora es que se sacan los trapos al sol, de quienes no hace mucho tiempo, institucionalizaron en su mandato a la corrupción, y la fueron acrecentando, convencidos que se mantendrían incólumes, pero al caer en la oposición, dieron la patica para que les restregaran su ignominia, y como contraprestación sacan y seguirán sacando las bajezas conocidas, que ahora pretenden sostener: la actuación y contaminación del ilusorio nuevo esquema social, al que estaríamos apuntando con la reinserción nacional de unos pocos guerrilleros.

Lo más grave de toda esta parafernalia de improperios, culpas y acusaciones mutuas, es que intentamos como sociedad disimular el origen de la misma corrupción, y pontificar como los más egregios exponentes de la impoluta conducta de comportamiento comunitario, desconociendo que no solo es quien recibe -el corrupto- sino también el que da u ofrece, y que todos somos copropietarios de un pueblo corrompido, que en su letargo e indiferencia ha permitido a personajes de reconocida mala fe y actuación en el senado, puestos públicos, o a ejercitase como gobernantes.

La corrupción nace desde que el pueblo no ejerce su deber  de escoger y elegir bien a sus dirigentes.

 

Alfonso Suárez Arias

@SUAREZALFONSO

 

Aguijón social
Alfonso Suárez Arias

Alfonso Suárez Arias (Charalá, 1956). Abogado en formación (Fundación Universitaria del Área Andina en Valledupar). Suscrito a la investigación y análisis de problemas sociológicos y jurídicos. Sus escritos pretenden generar crítica y análisis en el lector sobre temas muy habituales relacionados con la dinámica social, el entendimiento del Derecho y la participación del individuo en la Política como condicionamiento para el desarrollo integral.

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