Miércoles, 29 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Gabriel García Márquez

El hombre lee para preguntar [F. Kafka]

Uniéndonos a la conmemoración de su 90° Aniversario, quienes reconocemos en Gabriel García Márquez,  Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Juan Rulfo, los pilares de la universalización de la literatura latinoamericana, no olvidamos que tuvieron que transitar por el desierto de la noche oscura de la incomprensión, el rechazo y las jaurías del hambre.

En el caso de Gabo, es ocasión para rememorar las regocijadas conversaciones que sostuviera con reporteros y amistades sobre sus primeros pasos como incipiente mensajero y oráculo de sueños y fantasías de tierras incultas sin caminos y laceradas por la violencia, sin más ayuda que la estatura de sus recuerdos.

La vida y obra del aracateño está incrustada en lo maravilloso y reverencial, gracias a la magia y sabiduría de la poética de una  prosa sellada con agotadoras y disciplinadas jornadas que harían trascender su prosa en los límites de la ficción, que un escritor necesita para sobrevolar la delgada frontera existente entre periodismo y literatura, objetos de pasión y no de enseñanza, según Hernando Téllez, lo cual el  propio Gabo afirmara en cierta ocasión:

Quise ser periodista, escribir novelas y hacer algo por una sociedad más justa,

como una defensa válida contra el peligro del escritor que tenga una visión

distorsionada de la realidad.

La pluma de uno de sus biógrafos autorizados, el periodista aracateño, poeta y amigo en la bohemia vallenata, en su apretada obra Hijos Ilustres de Aracataca, nos confirma que García Márquez nace el 6 de marzo de 1927. Hizo sus estudios básicos en su tierra natal, luego en Barranquilla y Zipaquirá.  Inicia estudios de abogacía en la Nacional de Bogotá, para reemprender en Cartagena, su carrera de Periodista, de allí emprende largo periplo por Barranquilla, Europa, Cuba y luego se establece en México, hasta su muerte, en su residencia en la calle Fuego, número 144, barrio del Pedregal de San Ángel, en cuyo jardín al fondo estaba su estudio, lleno de libros, discos, escritorio y mesitas con fotografías, entre ellas una del autor con Mohamed Alí, y amigos como Álvaro Mutis.

Bueno es advertir que Gabo no escondía sus comienzos de escritor residenciado en Bogotá y su visión de costeño primíparo, nos contaba sus domingos vacíos, donde se divertía paseando en los tranvías desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida Chile, leyendo libros de versos, y después en un café se detenía a conversar sobre sus lecturas hasta medianoche, mientras el resto de la humanidad hacía el amor.

El galardonado caribeño comparaba la literatura con un tablero de ajedrez donde alguien le explica al lector cómo va a mover sus fichas, y una vez que comienza el juego no se pueden cambiar las reglas que uno mismo impuso, y tales leyes lógicas que uno descubre -sostiene Gabo-, no se pueden violar. Así mismo -continúa-, uno no escribe novelas, sino que es lo contrario, las novelas lo escriben a uno, pues no escribes lo que quieres sino lo que puedas -reflexiona el creador del  mágico Macondo, y de quien escribiera Carlos Fuentes, en 1964, que “García Márquez adelgaza hasta su esencia y convierte en literatura mítica los temas tradicionales del campo, donde al fin, la naturaleza es vencida por los hombres, y no con el heroísmo externo de la gesta, sino con el valor intrínseco de lo cotidiano”.

En tanto Vargas Llosa comenta que su par colombiano y todos  los novelistas son “discretos exhibicionistas”, como en una ceremonia de strip-tease. El narrador no muestra sus encantos como la mujer que se libera de sus ropas ante el público, sino sus demonios que lo atormentan y obsesionan. Kundera ya  había afirmado que una novela no afirma nada, sino que busca algo y plantea interrogantes. Por ello deben esmerarse en dominar la poesía, pero la poesía es la síntesis, el mensaje original, la esencia de la materia literaria sobre la cual ningún escritor se podrá sustraer y sin dejarse llevar por el instinto, -según sostiene Baudelaire-, pues el mejor momento para la producción poética es cuando revivimos la emoción experimentada y serenamente hacemos el ejercicio de recordar y realizar su examen y evaluación por parte de su crítico principal que es el propio narrador.

En cierta ocasión el Nobel, -con 17 años-, andaba por Magangué, con la mañana luciente en sus huellas, casi andando entre los sueños de sus nubes, cuando le llama la atención una joven de apariencia ingrávida y muy delgada; hay quienes afirman que era su esposa Mercedes, y a quien le dedica uno de sus primeros sonetos: Niña.

Al pasar me saluda, y tras el viento  /  que da el aliento de su voz temprana,

en la cuadrada luz de mi ventana  /   no se empaña el cristal, sino el aliento.  

Es tempranera como la mañana,  /   cabe en lo inverosímil  como un cuento,

y mientras cruza el hielo del momento  /  vierte su sangre blanca la mañana.

Se reviste de azul y va  a la escuela  /  nadie adivina si camina o vuela, porque es como la brisa tan liviana

Que en la mañana azul nadie precisa /  cuál de las tres que pasa es la brisa,

cuál es la niña y cuál es la mañana.

Los hechos sentimentales de íntimas ponderaciones fueron cauce del río de su imaginación en su exaltada prosa, donde hace que la realidad sea el deseo y el deseo realidad, para que las conductas humanas, según Bremond, activas o pasivas, exijan un fin culminante de acciones que se sucedan, jerarquicen, se dicotomicen, según un orden intangible, donde el acto de amor es destruido por la palabra en una unidad de conducta orientada hacia el anticlímax, tal como apreciamos en el agitado episodio del encuentro ante la luna verde de los ojos de la bella con su amador en El rastro de su sangre en la nieve:

Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez  intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncito de leopardo y le mostró su respetable animal erguido.

Ella lo miró de frente y sin asombro.

–Los he visto más grandes y más firmes –dijo.

 

García Márquez en plena parranda vallenata / Foto: Jairo Tapia Tietjen

 

Incansable batallador

Desde mis tempranas lecturas de trabajos, en la biblioteca de la universidad de Tunja, sobre los iluminados latinoamericanos que harían brillar su literatura, vine a darme cuenta que García Márquez, a pesar de no distinguirse como hábil organizador de motines en su época universitaria, ni corifeo de sectarismos, siempre tuvo claro en sus intenciones como escritor evitar el principio imperante que mueve a muchos a evitar cualquier riesgo perjudicial, no fue, sin embargo, una exenta categoría moral que malograra la visión crítica que Gabo plasmaba en sus textos periodísticos y literarios, con pasajes de observaciones sagaces y comentarios crudos sobre acciones desafortunadas de gobernantes de turno.

Su conciencia confesó toda condición subalterna que, a la vez, llevara improntas del mito y un pasado mágico, denunciando atropellos y privilegios de casta en una sociedad signada por laberintos de razas cortejadas por sangre y pasiones desde su época colonial, por lo que llamaba a las cosas por su alma.

Haciéndolo con el mismo nivel de popularidad que El Quijote, en Cien años de soledad, junto a todos aquellos narradores que buscan, padecen y revelan con autenticidad una sociedad injusta de élites cómplices del foráneo explotador, trágicamente dibujada en El coronel no tiene quien le escriba, en su anacronía, con nulo ciclo de progreso, aislamiento y una herencia maldita que dejan siglos de neocolonialismo, nugatorio de oportunidades arrastrándola hacia una inagotable fatalidad, tal como revela el autor:

En cada línea que escribo trato siempre de invocar los espíritus equívocos de la poesía y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte.  

Por su pluralidad de voces y economía verbal, "Cien Años…", escrita en 1967, ha enfocado la atención de muchos analistas, quienes ven en su estructura cíclica episodios que dinamizan el juego de espejos que se remiten entre sí, tanto en sus personajes como en la dimensión onírica del texto:

Soñó que entraba en una casa vacía, de paredes blancas, y que lo inquietó la pesadumbre de ver el primer ser humano que entraba en ella. En el ‘sueño’ recordó que había soñado lo ‘mismo’ la noche anterior […] porque aquel sueño ‘recurrente’ tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del ‘mismo’ sueño (pg. 227-228).

El grupo de las mujeres Úrsula-Amaranta Úrsula, establece una función vinculada con el eje semántico “fertilidad-maternidad” y su permanencia en Macondo:

No nos iremos –dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido ‘un hijo’. –Todavía no tenemos un muerto –dijo él-, uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la ‘tierra’. Úrsula replicó con una suave firmeza: ‘Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí’, me muero (pg. 19).

El camino recorrido por el afamado contertulio de La Cueva nunca fue fácil en la impronta cautiva y esperanzada de quien desea reflejar el rostro de los latinoamericanos, llagados de  incertidumbres, con falsas utopías una y otra vez prometidas en la radiografía del desposeído desde los llanos, Andes y la selva, por aquellos caminos plagados de justicia superficial, miedo y hambre. Siempre tuvo en la mira el texto y su vuelta hacia el contexto de la realidad y la situación histórico-social, su identidad con la conciencia social, en la apertura de sus lectores de una dimensión ética hacia una realidad  propia más rica, más complaciente y menos injusta. Tan firme fue su compromiso que, en el gobierno de Turbay Ayala, tuvo que refugiarse y pedir asilo en la embajada de México -país donde se exilió por varias décadas -, para así evitar los famosos interrogatorios del régimen, como desgraciadamente le había ocurrido al poeta Luis Vidales.

Es la impetuosa tradición de narradores de su generación que se niegan a aceptar el retraso del reloj del tiempo detenido en un siglo XIX feudal y mancillado por guerras interminables. De ambiciones que impulsan avalanchas de inmigrantes que aumentan la explotación y humillación de antihéroes que entrecruzan destinos y decadencias, lo cual tuvo resonancia en el mundo sobrenatural y caótico de Macondo.

Muchos querrían conocer la opinión sobre la creación desde el propio Gabo:

La imaginación al fin y al cabo, no es más que un instrumento de elaboración de la realidad, pero la fuente de toda creación es siempre  la realidad, la cual debe ser descifrada, no de introducir el caos en ella.

La trampa de la nostalgia es que elimina por completo los malos recuerdos y sólo deja los buenos.

Creo que una de las virtudes del escritor es la posibilidad de ver más allá de la realidad inmediata. No otra cosa es la poesía.

Ahora sólo nos resta despejar tantos interrogantes sobre las prioridades o intuiciones trascendentes hacia nuestro futuro, tan vislumbrador en sus escritos y novelas, tanto en la academia como en debates, en un diálogo y no monólogos indigestos que durante tanto tiempo han ofrecido en estudio de los textos que pasan por la semiología, la semántica estructural, la poética y retórica, el estructuralismo inmanente, el neoformalismo, el impresionismo y toda pretensión de cientificidad.

Es necesario volver nuestra atención nuevamente hacia las situaciones histórico-sociales que Gabo siempre mantuvo presente en su obra, aparte de su búsqueda de identidad con la conciencia social, siendo muy sensible en la representación vehemente de la realidad, y la apertura en sus lectores  de una dimensión ética, para intuir salidas hacia una realidad propia más rica, más complaciente y menos injusta.

 

Jairo Tapia Tietjen 

Profesor y gestor cultural   

WikiLetras
Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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