Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

ValleduparEn el año 2007 nació en mi corazón el noble sentimiento de componer una canción que llevara un llamado de atención, un mensaje de paz y reconciliación a todos los vallenatos.

Me encontraba en Cali, disfrutando de unas cortas vacaciones en compañía de quien hoy es mi esposa. No sé si estar lejos me suscitaba ese sentimiento, no sé si era la misma emoción que dio vida al paseo “Ausencia Sentimental” del maestro Rafael Manjarrez, o si, por el contrario, era Dios mismo que en ese momento me estaba usando.

Esa mañana, durante un momento de reflexión, llegó a mi mente como inspiración divina un pensamiento que comencé a plasmar en el papel. En él dibujaba episodios relevantes de la historia del Valle de Upar, historias que había vivido, historias que me habían contado. A medida que escribía, el sentimiento se hacía más grande; mi corazón se enternecía y entraba en mí un deseo por gritar desde aquella habitación unos vítores al amor, a ese amor que debe unirnos a todos los vallenatos.

Regresé a Valledupar con aquellas letras escritas en la agenda que por mucho tiempo fue alcahueta de mi vida estudiantil en la Universidad Popular del Cesar. En la soledad de mi cuarto fui dando forma a cada uno de los versos que plasmaban mis sentimientos, esos versos que a través de un canto vallenato querían asomarse al Valle y ser como un himno a la vida, versos que echaban mano del son para engalanarse con su ritmo, por ser considerado en el Vallenato el más noble y diciente.

Vislumbré tanta grandeza en ese canto, que quise mimetizarme en él para sentirme grande también, pero Dios me estaba usando como instrumento para transmitir un mensaje al pueblo vallenato y yo no podía aprovecharme de eso para irrumpir en su sagrado mandato.

Después de romper un record con la canción más larga hecha en toda la historia del vallenato, tuve que descartar muchos de sus versos y dejar solo aquellos que fueran capaces de mantener nítidas e inmortales las imágenes, y tatuarlas en el pecho de los vallenatos de corazón.

Con la venia de Dios, alcé en mi mano derecha la letra de aquel canto: quería mostrarla al mundo como noble causa para resarcir errores y unir corazones. Titulé mi canción “Viva el Valle, Viva el Mundo” y la inscribí en el concurso de la canción inédita del Festival de La Leyenda Vallenata, versiones 2008 y 2009.

Según los jurados de turno, no tuvo méritos para ingresar a la contienda. Por eso, el canto sigue inédito, esperando en el tiempo de Dios para ser dado a conocer a través del festival Vallenato y así hacerlo llegar a las masas y causar en ellas el mismo sentimiento que ha originado en las pocas personas que han tenido la oportunidad de escucharla.

Gracias a esa hermosa canción pude entender el compromiso que tiene una canción vallenata, la cual debe dar a conocer la historia, denunciar ante la humanidad lo mal hecho y exaltar los valores de nuestros pueblos. Antes de componer esa canción no vislumbraba su responsabilidad, mucho más cuando a través de ella traspasamos fronteras, como pude percibirlo de viva voz de un español emocionado con su letra y con la particularidad de la melodía que acompaña su mensaje.

Hoy, año 2012, mi canción todavía espera cumplir su noble causa y hacer justicia bajo el cielo vallenato.

ARMANDO JAVIER LÓPEZ SIERRA


Premio de Crónica Ciudad de Valledupar 2012: “La noble causa de un canto vallenato” es la crónica ganadora del Primer Premio de Crónica Ciudad Valledupar 2012 en la categoría B (más de 30 años). Su autor, Armando Javier López Sierra es un ingeniero de sistemas nacido en Maicao (Guajira) el 30 de Octubre de 1979, residente en Valledupar. Fue cofundador del grupo cultural Raúl Gómez Jattin de la Universidad Popular del Cesar y resultó finalista en la primera edición del concurso de cuento “En el Cesar todos estamos en el cuento”.

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