Sábado, 27 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

 

No quería ver a Alejandra. Pensaba que sólo se necesitaba un poco de suerte y evadir los lugares de la universidad donde ella parchaba. Pero no hubo suerte: tuve que ir al Edificio Central para reclamar el cheque. Ella estaba en la entrada, con su mochila terciada y sus ojos verde aceituna. Me abrazó con una alegría que desentonaba con su estrategia de mujer indiferente.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—A cobrar.

—¿Te acompaño?

—Todo bien: puedo ir solo.

No es que estuviera de malgenio o que no quisiera hablar con ella. Simplemente quería ser cortante para alejar la posibilidad de estar juntos.

Pero no fue así.

Hicimos la fila en silencio. Ella jugaba con las cintas de terciopelo que ponen en los bancos y yo contemplaba su manera de perderse en el juego de hacerlas oscilar. En el Central me dijo que nos viéramos en la tarde. Acepté con un movimiento de cabeza mientras tenía la certeza de que no nos veríamos.

Pero nos vimos. Conocía mi horario y ruta hacia la casa. Me esperó sentada en el andén, con la mochila y el buzo tirados en el piso. Me senté a su lado para ver el puente en el que los niños de la Normal Superior corrían entre gritos.

Al rato le tomé la mano para ver el esmalte de sus uñas. Plumas, medias lunas, círculos. Siempre me han gustado sus uñas porque rompen con jeanes desgastados, camisetas viejas y cabello suelto. Las uñas son su divergencia, el detalle que dice más de ella que todas sus palabras y todos sus actos.

Pasé mi mano por el antebrazo hasta llegar a tres lunares que ella llama las tres Marías. Sus vellos se levantaron como si saludaran el paso de mis dedos sobre su piel. Me miró a los ojos que son, normalmente, dos abismos de silencio; poco se puede desentrañar de ellos. Pero esa tarde eran un remolino de dudas.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

—Vamos a tomar chicha.

—Si quieres decirme algo, dímelo en sano juicio.

—¡Tan bobo! Usted siempre se cree lo máximo.

No supe qué decir porque probablemente era cierto: a veces pienso, llevado por la vanidad, que las mujeres jóvenes se sienten atraídas por mis treinta y seis años o porque soy profesor.

Fuimos al Muro, un auditorio al aire libre custodiado por la figura de Goranchacha, el profeta que fundó Hunza (llamado posteriormente Tunja). Había un puñado de muchachos viendo una película con un doblaje que despertaba las rechiflas. En la primera luneta había una muchacha con ruana y pasamontañas. A su lado se alineaban nueve botellas.

—¿Cuál quieres?

—La más grande.

Tomé una botella de tres litros y se la di a Alejandra que miraba la película sin convicción.

—¿Qué hacemos?

—Demos un bote —respondió sin convicción.

Fuimos al edificio Central. Deambulamos por pasillos con bombillos que titilaban y por recovecos que navegaban en la oscuridad. Nos sentamos en el alfeizar de una ventana. Bebíamos del pico de la botella y contemplábamos a los estudiantes que deambulaban como hormigas que acarrean maletas y pesares. Al fondo el atardecer moría detrás una montaña que empezaba a iluminarse como un pesebre.

—Tómame una foto.

—¿Cómo la foto que me tomé con Lorena?

—¡Idiota! —dijo malhumorada. Me miró con los ojos que se habían transformado en agujeros a medida que la oscuridad se apoderaba del pasillo.

—Deberías confesar que estás celosa.

Se fue caminando sin mirar atrás. Sus pasos se fueron acortando hasta que fueron pasos de Alejandra. Se detuvo frente a la escalera y se quedó allí varios minutos. Quería que nos fuéramos, pero no lo diría. Alejandra no habla. Simplemente se quedaba quieta con la esperanza de que descifrara sus deseos. Y siempre supe qué quería. Finalmente llevaba tres años de conocerla. Primero como alumna, luego como contacto de facebook y al final como amigos que chateábamos todos los días.

Giró su cuerpo cuando escuchó el ruido de mis pasos rebotando contra las paredes. La tomé de la mano, pero ella la zafó con rabia. La tomé de nuevo y de nuevo se soltó mientras apretaba los labios. Intenté de nuevo y de nuevo se zafó A cada intento ella apretaba más los labios, intentando disimular una sonrisa.

Fuimos al bohío en el que había una maloca atiborrada de jóvenes. Un grupo tocaba quenas y charangos mientras el resto fumaba porros o bebían chicha. Caminamos hasta la cerca de madera. Nos sentamos en el primer barandal, dejando los pies oscilando en el aire. Bebimos lentamente, mirando hacia la montaña que estaba completamente iluminada.

—En un tiempo viví en La Fuente —dije señalando la cresta de la loma.

—…

—También he vivido en San Rafael, La Calleja, Maldonado, Mesopotamia y al lado del estadio.

—…

—¿Te pasa algo?

Su silencio no era de río seco, que es el habitual, sino era el silencio de una ciudad deshabitada.

Seguimos tomando chicha hasta que se acabó la botella. Saltamos la barda y caminamos por una universidad desierta.

—Mira: las tres Marías —señaló el cielo.

Vi las tres estrellas apuntando hacia el sur. Recordé la noche que su mano acarició mi pecho. Se detuvo en el costado izquierdo. Los lunares parecían una flecha que apuntaba hacia mi corazón.

Le tomé la oreja y ella la quitó con fuerza. Lo volví a hacer y ella se volvió a quitar. Elevó la velocidad de sus pasos hasta que emprendió la carrera. La seguí despacio y después aceleré el paso hasta que la alcancé. La abracé por la espalda. Levantó las piernas al tiempo que lanzó una carcajada limpia, sin matices, como si fuera la risotada de una niña que juega con su papá.

—Por eso te fascino: te juego como si fueras una niña —le susurré al oído.

Abrió los brazos para zafarse.

—Parce, no se sobreactúe —gritó.

—Acéptalo: te gusto.

—¿Qué está fumando? Usted no me gusta.

—Ven; dímelo mirándome a los ojos —la arrastré a la luz de una farola.

No levantó la mirada. Dio media vuelta y se fue caminando por el costado del edificio Administrativo. Contemplé el jean desgastado, el buzo largo, la mochila de lana terciada y el cabello cayendo sobre sus hombros como una cascada de luz.

La alcancé en la puerta del Rafael Azula. Caminamos en silencio hasta que salimos a una avenida desierta. Sacó el teléfono del bolsillo del pantalón para examinarlo cuidadosamente.

—Qué raro: está apagado —dijo con ironía.

—Ese teléfono me puso difícil la tarea de enamorarte. Mil veces te llamé y mil veces estaba apagado.

—Como si estuviera en sus planes enamorarme.

—Ese era el plan; pero no lo permitiste.

—Es que yo no soy tan fácil como otras.

Caminamos por la avenida sin decir palabra.

—Dime lo que tengas que decir, que después será tarde —susurré frente al Parque Recreacional.

—Tan convencido… no hay nada que decir.

—¿Segura?

—Okey. Que sea feliz con su Lorena. ¿Contento?

El viento traía el rumor uniforme de los árboles murmurando en la oscuridad. De la glorieta Maldonado emergió un colectivo. Dio media vuelta. La agarré del brazo y la hice girar. Nos miramos a los ojos. Acerqué mis labios, pero me empujó y salió corriendo. Contemplé el colectivo con la tonta idea de que se repetiriría la escena en la que Jenny corre a la parte de atrás del bus para ver a Forrest Gump. Pero no fue así. Simplemente el colectivo aceleró, perdiéndose en la oscuridad.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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