Lunes, 27 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Josefina Daza / Foto: María Ruth Mosquera

 

La encontré en la puerta de su casa, donde invierte la mayor parte de sus días. Estaba sentada en una silla plástica blanca; tenía cerca un radio y un caminador plateado que favorece su andar, en estos tiempos de deterioro de sus funciones motrices.

“Muy buen día, Joselina. ¿Cómo está?”, pregunté desde la reja que encierra una amplia terraza, y esperé. Desde su lugar dijo “Buenas”, entornando los ojos y apuntándolos hacia mí, como intentando reconocer el rostro de quien le hablaba.

“¿Puedo pasar?”, pregunté, sonriéndole con toda la emoción que llevaba. Hacía ya mucho tiempo tenía ganas de conocer a la mujer emblemática en la historia del vallenato, por haberle ocasionado, con su estampa, que Alejo Durán, el juglar trashumante de El Paso Cesar, encontrara a Patillal como tierra fértil para sembrar su amor.

“Claro, claro, siga usted, ¿cómo no?”, dijo de pronto, con voz y gestos de un protocolo extremo. Lo que hallé al estar sentada frente a ella fue a una mujer fascinante. Llevaba el cabello entrecano casi rapado con una diadema negra; vestía una manta azul estampada con espirales marrón y tréboles blancos; chanclas ‘trespuntá’ un poco desgastadas por el uso; una pulsera plateada añosa en la muñeca izquierda; dos collares elaborados en chaquiras rojas y amarillas y con una cruz entrelazada que “me regalaron los indios”; las uñas bien pintadas de color rosado fosforescente y un trapo negro rodeándole el cuello, sostenido de un cancho de colgar ropa, que me dijo es el símbolo del luto que le guarda a todos los difuntos del pueblo, sean o no sus parientes. 

Le dije que soy una comunicadora social, nacida en la selva chocoana, que ejerzo el periodismo cultural y que soy una apasionada por la cultura de esta región. Le confesé que no llevaba ningún interés distinto al de conocerla.

Me miró detalladamente con sus ojos grises, un poco nublados por los años y me dedicó una amplia sonrisa, que reveló la falta de algunos dientes. Me acarició las trenzas que yo llevaba sueltas, largas, y me dijo que le regalara el sombrero wayúu que me había puesto para protegerme del sol de las diez de la mañana. Se lo entregué sin vacilar.

Se puso feliz. Se acomodaba el sombrero en la cabeza, le daba vueltas y sonreía como si estuviera posando para fotografías de campaña publicitaria. Entonces nos reimos a carcajadas, mientras nos tomábamos selfies y ella le hacía muecas a la cámara.

¡Es impresionante la vida que hay en esta mujer!; cómo su risa lo contagia todo, cómo canta involucrando todo su cuerpo aunque a ratos tenga que sostenerse el abdomen porque el dolor le trae a memoria la hernia que desde hace un tiempo apareció en su vida, para sumarse a otras afecciones que le han restado salud a sus años.

“Venga… ¿Y usted tuvo algo con Alejo o sólo fueron coqueteos?”, le pregunté, aprovechando la confianza que ya nos arropaba a ambas y nos hacía comportarnos como si fuéramos amigas de años. Lo hice porque he pasado mi vida cantando la canción que ella le inspiró al hombre alto, de piel negra, que en el año 1968 llegó a Valledupar montado en un burro, trayendo consigo su acordeón y su talento, y se ganó el primer Festival de la Leyenda Vallenata. En ese mismo año le grabó el canto a Joselina Daza.

“No. Yo nunca tuve nada con él. No me gustaba y, además, yo estaba enamorada de otro. Lo que a uno no le gusta no hay quién se lo haga comer. Yo le dije vea, yo tenía novio. Búsquese una mujer buena porque yo tengo mi novio. Me felicitó y me dio un besito aquí (señaló el reverso de su mano derecha)”.

De sus amores con ese novio -Hernán Mejía- quedó como testimonio un hijo: Hugo Rodolfo Mejía Daza, al que ella apoda ‘Pájaro’, “porque le gustaba treparse en los palos”. Nunca se casó, porque no le nació formar un hogar con nadie.

Y empezó a cantar animada, como si estuviéramos en medio de una fiesta: “En el pueblo de Patillal / tengo el corazón sembrado / no lo he podido arrancar / tanto como he batallado. Oye Joselina Daza / lo que dice mi acordeón / yo no sé lo que te pasa/con mi pobre corazón”.

Se conocieron a través de Víctor Julio Hinojosa, primo y amigo entrañable de ella; parrandero, amigo de trovadores y juglares de la región, a cuya casa llegaba Alejo Durán a cantar y a tocar el acordeón. “Él le decía a Víctor Julio que me vigilara”. De repente, al mencionar a su amigo fallecido lanzó un lamento –“¡Ay Víctor Julio, tan buena persona! Yo andaba pa’ arriba y pa’ abajo con él cuidándolo”. Con los ojos aguados y el rostro demudado apretaba el trapo negro de su luto eterno y hacía relatos sobre una vez que evitó que su amigo se matara accidentado en el carro porque se le había averiado una llanta.

Pero pronto volvió a sonreír, esta vez para evocar sus épocas de gallera, oficio con el que recorrió todos los pueblos cercanos, apostándole su animal de pelea al que fuera. Narró cómo eran las entradas de su gallo giro a la valla, cómo en una ocasión se le partió la espuela, se la cambiaron y en menos de un minuto había dejado al contendor muertecito en el piso, agonizando con temblor en las patas.

En este punto de nuestro encuentro, ya su carisma me había hechizado. Me sedujo su desparpajo que en ocasiones le deja soltar ‘palabrotas’; alabé la libertad con la que asumió su vida, a salvo de esquemas sociales y del qué dirán; admiré la forma cómo habla con todo su cuerpo: su actitud frente a la vida, aún con las limitaciones para moverse libremente y poder solventar sola sus necesidades más básicas; la facilidad con que cambia de un tema a otro, su gracia al cantar y la manera cómo mezcla dos canciones en una, sin importarle pronunciar versos incompletos y en desorden.

Una señora patillalera, muy elegante, formó en el Valle una gritería, pa que venga ese sinvergüenza, nariz parada a entusiasmarla con un camión. Déjate de cosas, quédate tranquila, que yo no te cambio por nada en la vida”; en su cantar, en el que mezcló fragmentos salteados de ‘La Patillalera’ (de Rafael Escalona) con ‘La Mujer que tengo’ (de Alejo Durán), evocó a su amiga y paisana Juana Arias, también inmortalizada en el canto de Escalona y dijo que son amigas de toda a vida, lo cual enfatizó con un gesto de agrado.

Joselina Daza, la que aparece citada en más de tres mil cuatrocientos sitios de internet, nació en la casa de nuestro encuentro en Patillal (calle 3A-48), un día del solsticio de invierno (21 de diciembre), cuando aún a su casa llegaban los rugidos de las crecientes del cercano arroyo La Malena. Fue el tercer parto de Francisca Daza Barros quien tuvo diez hijos con Daza Hinojosa, de quienes ellos –los hijos- heredaron la propiedad, ahora habitada por Joselina. Ahí pasa sus días; hasta ahí le llegan obsequios, alimentos y cuidados desde diversos rincones del pueblo que la quiere.

Y yo estuve ahí, compartiendo con ella, siendo feliz con su charla, agradeciéndole a Dios y a la vida por el privilegio de su receptividad, por su buen humor, por la gracia que hallé en sus ojos, porque ahora soy una amiga más de esta mujer que vive en un rincón del pueblo que yo escogí también para vivir.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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