Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Ante la reciente celebración del 8 de Marzo, y dado el sesgo de género presente en los hábitos socioculturales imperantes en nuestra sociedad que relegan al colectivo femenino a un segundo plano, no podemos desde esta Columna pasar por alto la reflexión sobre la situación de la mujer y la lucha por sus derechos. Tomamos prestado y hacemos propia la frase que da título al artículo firmado por el español José Campos Trujillo publicado con motivo de la fecha que nos ocupa: 8 de Marzo: nada que celebrar, mucho que denunciar.

En el artículo publicado por Panorama Cultural titulado “Nosotros y Nosotras”, nos referíamos a la consciente invisibilidad del género femenino impuesta desde la Real Academia de la Lengua Española, así como al trato discriminatorio que sufre este colectivo en los medios de comunicación. Como ejemplo del mismo citábamos varios titulares de los Juegos Olímpicos de Río donde se muestran como más importantes los atributos físicos de determinadas deportistas que sus cualidades deportivas.

Al sintonizar en Latinoamérica o España cualquier emisora de radio, encontraremos que un buen número de las canciones emitidas pertenecen al género denominado Reguetón. Es éste un híbrido entre la denominada “música latina”,  el reggae jamaicano y el rap, con unas letras que desprecian a la mujer hasta convertirlas en un objeto sexual para uso y disfrute del género masculino. Se trata de un tipo de música coherente con los valores de una sociedad donde la segregación es seña de identidad: ricos-pobres, hombres-mujeres, nacionales-extranjeros, y un larguísimo etcétera.  

Como sabemos, la Declaración Universal de Derechos Humanos recoge en su artículo 1º que  todos los seres humanos nacen libres e iguales. ¿Dónde queda dicha igualdad si tales canciones sitúan al género femenino en un plano de dependencia con respecto al masculino en un denigrante proceso de “cosificación” del cual los medios se convierten en portavoces?

Con relación a esta música hay un aspecto sobre el que deberíamos reflexionar ¿No es el reguetón una forma de maltrato psicológico y acoso a la mujer que al ser edulcorado con una música facilona, motivadora del baile y la diversión pasa totalmente desapercibido y es totalmente aceptado por la sociedad?

Los referidos titulares de las Olimpiadas, los miles de anuncios publicitarios o el citado estilo musical no son otra cosa que ejemplos del estado patriarcal vigente. Dicho patriarcado es, en palabras de la ensayista catalana Dolors Reguant (Explicación abreviada del patriarcado, 2007):una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la autoridad y el liderazgo del varón; un sistema en el que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres, del marido sobre la esposa, del padre sobre la madre y los hijos, y de la línea descendente paterna sobre la materna”.

Pero, si las señaladas al comienzo del párrafo fueran las únicas manifestaciones de hegemonía patriarcal y machismo -un machismo de baja intensidad- que prevalecieran en nuestra sociedad, tal vez hasta incluso hubiera motivo de celebración. En el lado opuesto chocamos con la cruda realidad de las 44 mujeres asesinadas en España por sus parejas o exparejas; los 15.000 ataques sexuales en Argentina, las más de 10.000 violaciones, muchas niñas entre 10 y 18 años en Guatemala o las 65.000 mujeres que debieron ser hospitalizadas por la gravedad de sus lesiones en México durante el 2016, por citar algunos datos, a los que habría que sumar que año tras año se mantiene una importante brecha salarial -diferencia relativa de salario/hora entre hombres y mujeres, dentro de la economía en su conjunto- que, dependiendo de las fuentes, se sitúa entre el 13,3 y el 30%, 

Muchas veces se ha afirmado que el feminismo es la ideología opuesta al machismo y si el mismo es criticable al negar la igualdad de géneros que debe imperar en nuestras sociedades, por esta misma razón también sería criticable el feminismo. Así, en los últimos tiempos se ha acuñado el término “feminazi” para denominar la lucha feminista por sus derechos, que supuestamente se desarrolla en contra de los hombres suponiendo la exclusión de los mismos. Todo ello es radicalmente falso, constituyendo una prueba más de cómo los valores de la sociedad patriarcal han calado hondo después de siglos de sometimiento y desigualdad. Como decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu (La dominación masculina, 1998), “el dominio masculino está suficientemente bien asegurado como para no requerir justificación”. Por ello cualquier ataque contra el sistema de privilegios  imperante  es interpretado como un ataque contra los pilares de la sociedad misma. De aquí el calificativo de “feminazi” y la catalogación a las feministas como un peligro para la sociedad dado su carácter intransigente y beligerante contra una situación de desigualdad concebida como “natural”. 

Como decía Rousseau (Emilio o la Educación, 1762), “el orden de la naturaleza quiere que la mujer obedezca al hombre”.Durante siglos se ha atribuido a las diferencias físicas entre los sexos un necesario trato desigual entre los mismos; de esta manera, según Bourdieu, el sexismo es un esencialismo, pues, al igual que el racismo, busca atribuir diferencias sociales históricamente construidas a una naturaleza biológica que funciona como una esencia de donde se deducen de modo implacable todos los actos de la existencia. Así, la división entre los géneros y con ello las diferencias en el tratamiento de los mismos, que es algo socialmente construido, se presenta como natural, cuando la realidad es que tal naturalidad, según explica el mencionado sociólogo,  supone “una incorporación en los hábitos sociales de un sistema de categorías de percepción, pensamiento y acción”; es decir, de una ideología, donde lo  masculino es, como dice la escritora y política española Carmen Albor (Malas,  2002) “la norma, el referente, lo universal”. De ahí el trato que sufre la mujer en los medios de comunicación o en la publicidad. Como dice la autora, de las mujeres se espera que “sean femeninas, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, por no decir invisibles”. Una forma de pensar que se construye a modo de violencia simbólica y tiene su correlato en las acciones cotidianas donde lo simbólico se transubstancia en real.

Es cierto que en buena parte del mundo occidental la violencia contra las mujeres se ha deslegitimado y nadie presume en público, cosa que si sucedía hace tiempo y continúa  sucediendo en muchos lugares, de ejercer violencia contra la mujer. Ante este descrédito y para mantener el “status quo” de las relaciones entre los géneros ha aparecido lo que Luis Bonino (Micromachismos, la violencia invisible en la pareja, 1998) denomina  micromachismos;término acuñado por el autor para referirse a losmicroabusos y microviolencias que procuran que el varón mantenga su propia posición de género creando una red que sutilmente atrapa a la mujer”. Una muestra evidente sería el propio lenguaje, tema al que nos referíamos en el artículo “Nosotros y Nosotras” citado al comienzo.

Por citar algún ejemplo, en la mayor parte de los baños públicos, el lugar destinado para cambiar a los bebés está en el lado de las mujeres, lanzando el mensaje que la responsabilidad en el cuidado de la prole es una cuestión femenina. Si una pareja pide en un bar una bebida fuerte y otra suave, en la mayor parte de los casos y, sin preguntar, pondrán la bebida fuerte al hombre y la suave a la mujer, o a la hora de pedir la cuenta, aunque lo haga la mujer, de manera habitual se la pondrán al hombre, pues socialmente se acepta que éste maneja las finanzas. En muchas discotecas o sala de fiestas las mujeres entran gratis o pagan menos, lo cual compensaría la brecha salarial citada. Podríamos seguir citando innumerables ejemplos de micromachismo pero lo único que conseguiríamos sería aburrir a lectores y lectoras, por ello tan solo citaremos uno que es muy frecuente escuchar.  De esta manera muchas mujeres dicen “mi esposo me ayuda mucho en casa” lo cual supone admitir tácitamente que la responsabilidad de las labores domésticas es un tema femenino, cuando la responsabilidad es compartida.

Al criticar desde una óptica feminista situaciones parecidas a las anteriores o discriminaciones de mayor enjundia, es frecuente escuchar frases de desprecio pues la desigualdad es, como señalábamos, un tema perfectamente normalizado y las críticas a una situación vivida como normal se consideran absurdas. La mencionada Dolors Reguant, señala que “el feminismo es un movimiento social y político diferente al proyecto patriarcal que busca un cambio de paradigma global con alternativas de desarrollo humano y libertad tanto para las mujeres como para los hombres”.Es decir, el feminismo es algo que nos incumbe a todas las personas de manera independiente a la pertenencia a uno u otro género, pues constituye, según evidenciamos en el título del presente escrito, una lucha  en  favor de los Derechos Humanos.

 

Dr. Antonio Ureña García

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Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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