Jueves, 29 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

 

A punto de finalizar la cuaresma ya se empieza a sentir el ambiente de misterio y temores reprimidos de esa lejana niñez en mi pueblo, donde la Semana Santa se vivía con una intensidad diferente a las otras épocas del año. La Semana Mayor en mi pueblo -y en casi todos los pueblos del Caribe colombiano- estaba rodeada de una oralidad y un clima de suspenso que de niño no sabía si sufrirla o gozarla.

Mis tías abuelas desde el comienzo de la cuaresma iniciaban a contar lo que ellas habían oído de sus mayores y lo decían en una forma tan especial que a uno de niño no le quedaba más remedio que creerlo. Comenzaban criticando los desafueros cometidos por las personas que participaron del carnaval, criticaban fuertemente a las “disfrazadas”, mujeres que para proteger su identidad vestían balandranes o vestuario largo y estrafalario, y cubrían su cabeza con capuchones para esconder su identidad y que bailaban en las casetas populares hasta altas horas de la noche. Andando la cuaresma comenzaban las conversaciones de las mujeres en la cocina sobre la perversidad del mundo y la generalización del pecado y la presencia del diablo en la vida de los pecadores. Ahí comenzaban los temores de mi niñez, pero como cosa rara, interiormente no quería que hablaran de eso, pero no me alejaba de la cocina para escuchar sus historias y deleitarme con ese morbo que me movía entre el asombro y el miedo.

En esas conversaciones de las mujeres de la casa donde mis tías abuelas llevaban la voz cantante, aprendía expresiones y dichos, como que en Semana Santa el diablo andaba suelto haciendo sus diabluras aprovechando la muerte de Jesús y que por eso en la Semana Mayor no se podía pescar ya que en los anzuelos y atarrayas capturarían calaveras. Contaban que hacía tiempo al finado Fulano de tal, cada año cambiaban el nombre a ese finado, por haber ido al monte a cortar leña,  le había salido un “ñato” con olor azufrado que le llamaba y le perseguía.

Contaban que una vez una señora, nunca mencionaban el nombre de ésta, en una Semana Santa se puso a podar unas matas de rosas y las tijeras se mancharon de rojo y al observar bien se dio cuenta que la mata de rosa goteaba sangre y esa sangre era la sangre de Jesús. En esa semana de recogimiento el diablo andaba pendiente de llevarse a los niños groseros o desobedientes, era una semana de temores donde los niños de entonces vivíamos con el alma en vilo, temerosos de que satán viniera por nosotros. Era una semana donde hacíamos, en verdad lo que el catecismo del Padre Gaspar Astete llamaba “propósito de enmienda y contrición de corazón”.

Todos estos temores y cuentos nacidos de la oralidad popular costeña eran enmarcados por las procesiones de nazarenos, por el característico ruido de las matracas, por el intenso olor a incienso de los sahumerios con que espantaban al demonio del entorno del hogar, por las predicas apocalípticas del padre Gonzales, y el refuerzo que daban en el colegio las seños y profesores que utilizaban esta oralidad para enderezar los rumbos de los alumnos descarriados.

Había muchas cosas para gozar en esa semana, tal como los dulces de ñame, breva, papaya, orejero, y de cuanta fruta tropical hubiera en esa fecha, ”el rajuñao” era prácticamente obligatorio pues los vecinos y amigos intercambiaban esas exquisiteces y uno de niño disfrutaba esas golosinas bajo los regaños y recomendaciones de nuestras madres que siempre temían que al niño le diera “un rebote de lombriz” por comer tantos dulces. Los ganaderos en La Semana de la pasión de Cristo regalaban la leche y la familia iba a las fincas cercanas al pueblo a buscarla en peroles, con ellas se hacían los dulces.

El espectáculo mayor se daba el Viernes Santo, en el llamado Sermón de las siete palabras donde el cura con voz teatral pronunciaba las últimas palabras de Cristo antes de morir. Olvidaba decirles que esa semana los altares de la iglesia eran cubiertos con un cortinaje morado en señal de duelo. Cuando el padre exclamaba la última palabra: “¡Todo está consumado!”, las luces del templo prendían y apagaban, las matracas de los nazarenos sonaban y en ese preciso instante, en el patio de la iglesia hacían estallar un petardo con estruendo ensordecedor; se abrían las cortinas y descubrían la imagen de Cristo crucificado en el altar mayor. Los niños se asustaban armando tremenda algarabía de llantos y gritos que instantes después eran sofocados con pellizcos disimulados por parte de las madres para que hicieran silencio. Ojalá volvieran esos tiempos de tradición y oralidad.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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