Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Odio Tunja, sus calles inclinadas, sus vientos descontrolados, su costumbre de apagarse a las ocho de la noche como si fuera una vela que pelea contra las sombras, las mismas sombras que me impiden decirle a Nelson que me diga Niña Bonita con ojos que se van a mi escote o al vértice de mis piernas, haciéndome sentir como un pedazo de carne, como una idiota que no sabe que sus palabras no valen nada, que son menos que mierda, por eso las meto en el mismo cajón en el que guardo la noche que lo vi masturbando a Laura en un salón del Edificio Central; Laura, Laurita, esa perrita que parece una noche fría y densa como el fango que le sale de la vagina, porque de ese cuerpo no puede salir más que fango y mierda y víboras y más mierda, como le salía mierda de la boca de Nelson esa noche y todas las mañanas, todas menos aquella en la que me dijo con sus ojos de hombre de treinta y seis, con su voz de profesor, que mi nombre era bonito, que tenía una sonoridad que evocaba tardes de melancolía y yo, que soy una tonta, le creí cada una de las palabras que fui guardando hasta que tuve material suficiente para construir un capricho que va creciendo en mi interior como si fuera un bebé que encorva mi alma, un bebé que patea en las noches de lágrimas y silencios y viento que silba contra la ventana como un fantasma que susurrara versos con la misma cadencia con la que Nelson los recita en las tardes de tinto y poesía de Bonifaz Nuño, de Sabines o de algún poeta mexicano que escuchó en el Palacio de Bellas Artes cuando era estudiante de antropología de la Unam, recuerdo que lo lleva a una amiga, a otro poema o a la anécdota que repite cada tarde, como si fuera un salmo o alguna de esas oraciones que hay que repetir para que Dios se meta en el cuerpo y no deje que entren las palabras de Nelson y mucho menos esos dedos largos, juguetones, que saben cuándo mi cuerpo los necesita para que mueva palancas y clavijas que desconectan mi cerebro y me entregan a ese placer que debe parecerse al nacimiento, porque salgo húmeda como si acabara de salir de las vísceras de mi mamá o del escroto de mi papá o de la imaginación de Dios o de quién sabe qué lugar que Nelson no conoce, que nunca conocerá, porque el orgasmo de los hombres es tan pequeño, tan poca cosa, apenas un apretón del cuerpo, un gemido de dolor y luego se aflojan como si se les hubiera roto algo por dentro, quizás el alma, y después sonríen con la mueca del que agrega un orgasmo a la cuenta, como si se tratara de acumular orgasmos o coleccionar mujeres que los hacen eyacular o de almacenar historias que les contarán a otras mujeres que también los harán venirse entre apretones del cuerpo, mujeres que abandonarán como si fueran una colilla que le ponen el tacón encima para que no hagan arder la pradera, como dijo Nelson, o quizás haya sido el viejo Mao quien lo dijo con su cara de estreñimiento, ¿o sería Marx?, o puede que lo haya dicho Sara con sus ciento setenta centímetros de odios y rencores con los que quiere incendiar praderas, fábricas, oficinas, gobiernos y el mundo entero, porque ella no quiere más que destrucción, pero el idiota de Nelson la mira como si estuviera hecha de laberintos en los que quisiera perderse o de caramelo que quisiera lamer o de quién sabe qué cosa que no le doy en las tardes de tinto y poesía, o que no le dio Laura en los salones del Edificio Central o que no le dio su ex esposa o cualquiera de las muchachitas que se comió en los baños, en los pastizales de la universidad o en los moteles a los que me lleva mirando sobre su hombro, como si temiera que le cayera la policía por llevar menores de edad a lugares donde el silencio me llena el alma de ganas de llorar hasta que la oscuridad se haga luz y deba ser la misma tontarrona que no habla, que calla todo el día, la que camina con la mirada en el piso y con la cabeza puesta en Laura, en Sara o en cualquier mujer que mira a Nelson con los mismos ojos que yo lo veía a comienzos de semestre, cuando creía que sus treinta y seis años eran un abismo que devoraba cualquier posibilidad de que él y yo pudiéramos tener algo, pero resultó que el abismo no era más que una línea de cenizas que se fue con el mismo viento que se lleva las lágrimas que caen desde que Nelson se presentó como el profesor de Antropología, en mayúscula, como si no existiera más profesión que la suya ni más sonrisa que la que se escurría de sus labios como una fuente de sabiduría que parecía infinita, pero que no era más que mierda que dosifica lentamente para que no nos marchitemos en las clases que se hunden en el olvido cuando nos transformamos en una manada de cachorros que corren por las praderas que se incendiarán como decía el viejo Mao, ¿o era el viejo Marx?, o quizás lo decía Sara con sus ciento setenta centímetros de rencores y laberintos…

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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