Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Siempre que voy a ver un remake de un clásico del cine, voy con desconfianza. Lo reconozco. Es un miedo comprensible: temo que el director se atreva a reproducir insípidamente el contenido sin aportar nada nuevo, en lugar de generar sorpresa, debate o crear algo que valga la pena.

Y así fui a ver la nueva versión de La Bella y la Bestia. Con todos los adelantos y comentarios, pensaba que me iba a encontrar una fotocopia en carne y hueso de uno de los grandes clásicos de la animación. Estaba predispuesto para aburrirme.  

He de reconocer también que mi temor era fundado. No me equivoqué, la adaptación de Bill Condon repite estructura, diseños, canciones, diálogos, chistes e incluso planos. Me impresionó la fidelidad con el original… ¡pero para bien!

Sí, la otra sorpresa es ésta: a pesar del parecido con el original, me dejé seducir por el ambiente, los detalles, la magia y el encanto de aquel hermoso cuento de hadas.

Sin darme cuenta, sin proponérmelo ni esforzarme, me descubrí feliz. Regresé a mis años de infancia con esa sonrisa infantil que, avergonzados y ocultos en la oscuridad de la sala, esperamos que nadie perciba. Disney tenía razón, la belleza está en el interior. La Bella y la Bestia es mucho más que esa imitación que yo esperaba, tiene su propia esencia.

Una de las claves es, probablemente, el aumento de metraje. La historia ha pasado de 89 minutos a 129. Esos 40 minutos extra han permitido agrandar el relato y, sobre todo, dotar de mucha más vida y profundidad a las tramas y personajes secundarios. Son ellos los que salen ganando: el padre de Bella, el servicio / mobiliario de Bestia, Gastón –Luke Evans clava, de forma hilarante, al vanidoso y descerebrado villano– y, muy especialmente su escudero LeFou.

El personaje interpretado por Josh Gad aporta mucho más que ese toque “gay-friendly” tan comentado en los medios. El tema de la homosexualidad aparece de forma respetuosa, al mismo tiempo, divertida, ya que LeFou es, con diferencia, la mayor aportación cómica de la película.

Aunque muchos lo criticaron, la elección de Emma Watson como Bella también es un acierto. No es su hermosura lo que importa sino su ingenio, su personalidad y su carácter decidido, algo que a la actriz, conocida por su activismo feminista, no le cuesta representar. Tampoco Bestia encaja en el prototipo de principito supermodelo. Su versión salvaje impresiona –amenazador y bestial en unas ocasiones y sensible e inseguro en otras– y su lado humano, con el rostro y cuerpo del actor Dan Stevens, más allá de sus bonitos ojos, tampoco es el de un top model, algo que hace un poco más digerible el a menudo hipócrita lema sobre la belleza que se oculta tras el aspecto físico.

Irónicamente, esta película representa a la perfección el mensaje opuesto: la belleza también está en el exterior. Preciosa y colorista desde el punto de vista artístico y asombrosa e impecable desde el punto de vista técnico, La Bella y la Bestia no ha caído en el error de buscar el hiperrealismo a través de imágenes generadas por ordenador.

Todo un evento que merece ser visto.

 

Alberto Campos 

 

Cinescrúpulos
Alberto Campos

Alberto Campos, Valledupar (1976). Sociólogo y Abogado de la Universidad Popular del Cesar. En Cinescrúpulos expone su faceta de crítico y amante del Cine, pero con total independencia. Su fin es alabar las buenas películas y señalar las malas producciones.

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