Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En los pueblos pequeños de la costa no hay funerarias ya que la costumbre arraigada de velar los fallecidos en la sala de la casa, hace de éstas, negocios inviables. En el velorio se dan unas situaciones muy propias de esa magia con que los costeños enfrentamos la vida y también la muerte.

En mi pueblo, cuando muere algún paisano, mientras los dolientes lloran a gritos a su familiar; hay un grupo de mujeres piadosas (vecinas) que van a la casa del finado y diligentemente le hacen aseo a todas las habitaciones, arreglan y tienden las camas, ordenan los muebles y enseres y disimulan cualquier cosa que esté fuera de lugar, luego arman la tumba clavando en la pared una sábana blanca extendida que servirá de marco para encuadrar una especie de altar que llaman tumba, con un crucifijo y cuatro candelabros de pie que rodearán el ataúd. En tanto hay varias mujeres vistiendo al extinto, peinándolo y dándole una apariencia de mansedumbre y paz. Las mujeres de la casa, dolientes del difunto, lloran y responden a las preguntas que estas mujeres piadosas le hacen (¿Tienen un martillo en esta casa? ¿Dónde hay una sábana blanca, que esté limpia? ¿Dónde metemos esta ropa sucia?

Todo el día la casa del finado está llena de vecinos que vienen a expresar sus condolencias y se sientan largas horas acompañando a los familiares del finado en una muestra de solidaridad sincera. En el vecindario nadie enciende a alto volumen los equipos de sonido y ni siquiera sintonizan estaciones de radio donde emitan música. Hace algunos años ni los bares ni los bailes populares funcionaban cuando había un muerto en las cuadras cercanas al velorio.

Al cadáver lo entierran 24 horas después de su fallecimiento. Es acompañado por una nutrida multitud (en mi pueblo los entierros de más nutrida concurrencia son los de jóvenes y maestros), la multitud sale de casa con el cadáver en hombros (ahora lo llevan en carro de funeraria) hasta la iglesia. Al llegar al atrio de la iglesia, las mujeres entran al templo, mientras que los hombres se reúnen en grupos de amigos bajo las sombras que proyectan los árboles de la plaza y comienzan a contar historias del difunto. El cura, aprovechando la alta presencia de feligreses, extiende la misa por más de hora y media, al término de la cual, salen con el occiso hacia el cementerio a darle cristiana sepultura.

Al momento de meter el ataúd a la bóveda, o a la tumba según el caso, a algunos de los asistentes se les ocurre decir que el muerto va al revés, es decir que llevaba la cabeza en dirección a la puerta del cementerio y se genera una discusión entre murmullos donde nuestros mayores sostienen que si el muerto es enterrado así en el pueblo se producirá una cantidad de muertos más, y ante este temor se cuidan bien de enterrar al difunto con los pies apuntando hacia las puertas del cementerio.

Sepultado el finado, el velorio permanece en casa por nueve días y por las noches los vecinos y amigos de la familia se reúnen, las mujeres a rezar en la sala frente al altar o tumba donde velaron al finado; los hombres nos quedamos sentados en las sillas que han dispuesto en la calle al frente de la casa, ahí contamos anécdotas del muerto, las acciones buenas del mismo, porque las acciones malas cometidas por el difunto se mencionan en voz muy baja, teniendo el cuidado de no ser escuchados por los familiares.

En el día noveno se levanta la tumba -o altar- donde se veló al muerto. En algunos pueblos lo hacen con unos rezos especiales donde despiden y echan casi que de mala manera el espíritu del fallecido. Cuando se está en el levantamiento de la tumba despiertan a todos los que estén dormidos, niños y ancianos, ante el temor de que el espíritu del extinto se le meta al que esté dormido. En esa fase de terminación del velorio las mujeres lloran, gritan, y entre llantos le hablan al finado recordando sus últimos momentos y conversaciones sostenidas con él o ella.

Todos estos actos son acompañados por el reparto de tintos y algunos pasabocas que reparten las vecinas. En el pasado se repartía licor para animar a los acompañantes para que amanecieran el día del velorio y el del novenario, de tal suerte que al entierro asistían los hombres con una borrachera en la que algunos decían impertinencias.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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