Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Dulces de coco y papaya

 

Al regresar de la iglesia, Julia guardó el ramo de palma amarga sobre el guardarropa negro que su hija le compró a finales del año pasado y que le hace juego con la cama, el nochero y una silla que están en su habitación, a la que normalmente solo entra a dormir o a cambiarse después del baño, pues asegura que no le gusta “estar encerrada como perico enjaulao”. No obstante, el domingo se tendió en la cama con los ojos abiertos mirando las puntas del ramo que acababa de bendecir el párroco en la misa alegórica a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

En casa se extrañaron por tan inusual comportamiento de la mujer, pero prefirieron no interrumpir su taciturnidad y esperar la hora del almuerzo; seguro se pondría feliz cuando probara el guiso de paticas de cerdo con arroz de fideo que había preparado su hija Inés. Para sorpresa de todos, Julia sólo probó el arroz, dijo que no tenía hambre y que además no se comía carne en Semana Santa, retirándose de la mesa hacia su cuarto de nuevo.

Si no estaba enferma, ni había ocurrido nada extraordinario, ¿qué podía tener? Fue hasta el final del día cuando sus hijos, con expresa preocupación y manifestaciones de incondicional amor, lograron zarandear el torrente de nostalgias que le estaban robando las palabras y la risa a la mujer de 66 años, a quien el conflicto armado arrancó de su tierra natal en el pacífico sur colombiano, trasplantándola en otras costumbres, las del Caribe.

Liberador resultó para Julia el ejercicio de ponerle palabras a sus nostalgias. Para sus hijos fue una experiencia vivificante, enriquecedora, de fortalecimiento e identidad con su ancestralidad.

“En el tiempo de antes, uno iniciaba a echar los riegos en la casa desde el primer martes de cuaresma. Eso era un ritual que no podía faltar. Previamente recogíamos los ingredientes, que la Abrecaminos’, que la Ruda, que la albahaca, ‘Revientaliga’, los Sígueme y los ‘Quereme’, porque hay siete clases de ‘Quereme’. Ya los viernes se hacían los sahumerios; se cerraban todas las puertas y ventanas y uno recorría la casa de afuera hacia adentro meneando el sahumerio y repitiendo con fe que salga el mal y entre el bien, como entró Cristo en Jerusalén”.

En ese sensacional relato, Inés, la mayor y los dos mellizos (hijos de Julia), conocieron la procedencia del viejo incensario con cubierta -madera como un vaso sagrado- y cordón de metal dorado, en el cual su bisabuela, madre de la madre de Julia, hacía los sahumerios de Semana Santa. Era una reliquia heredada de generación en generación, que al tiempo actual no era más que un cachivache viejo que sólo servía como objeto de las melancolías de Julia.

La hija mayor recordaba que en su infancia alcanzó a ver a su madre y su abuela recogiendo yerbas que maceraban en agua y pringaban toda la casa con el menjurje que quedaba oliendo a perfume. A ella a veces echaban también y le decían que no se fuera a bañar, que eso era para que le fuera bien en la vida.  Sin embargo, no recuerda fortunas o desdichas que puedan asociar a estas prácticas rituales o a la ausencia de ellas. “Esos son mitos, mama”, susurró.

“No, hija. Esas cosas al principio le funcionaban a uno, porque las hacíamos con fe”, replicó Julia y les contó relatos de las ‘sales malas’ que le echaron en casa, cuando ella estaba preñada, en los últimos días, y a ella y su marido, el finado Tomás –alma bendita que Dios lo tenga en su santa gloria- les tocaba salir pal monte antes que la luz del día porque las deudas no los dejaban tener vida en su casa. Les contó cómo era cuando le hacían un maleficio de esos a la gente: “a uno se le iba acabando todo en la casa, las sábanas se rompían como viejas, los platos se partían, a la casa se la comía el comején y uno no podía levantar cabeza; nosotros nos enflaquecimos como si nos hubieran sacado la carne con una aguja”. Les contó cómo una señora de otro pueblo, que era ‘curiosa’ les había sanado la casa con un riego. “Llevó una agua preparada, nos hizo bañar a Tomás y a mí en la mitad del río, lavó la casa con esa agua y nos bañó a nosotros con la preparación. Al poco tiempo, la situación nos cambió, pagamos todas las deudas y hasta montamos una tienda que usted la conoció; esa donde usted se ruñía el queso y la panela”, dijo señalando a Inés.

Conversando los agarró la noche dominical. Julia había recobrado el ánimo y les contaba los cuestos que a ella le trasmitía su abuela en las noches de luna llena, cuando se sentaban en la puerta de la casa y hablaban horas y horas con el murmullo del río cercano. “El río también se secó. Ustedes no lo pudieron conocer”, dijo dirigiendo la voz a los mellizos y añadió: “Cuando creíamos en todo eso, el mundo estaba mejor. Ahora no respetan nada y miren cómo estamos”.

Entre los relatos dominicales, Julia habló del cubrelecho rojo que tenía y le tocó envolverlo muy bien en varias bolsas y llevarlo a enterrar en la raíz de un guayacán, porque los viejos decían que quien tuviera cosa roja en la casa el viernes santo se volvería candela y otros decían que eso atraía a satanás. El viernes santo las mujeres vestían un luto cerrado, “manifestando el duelo por la muerte de nuestro Señor Jesucristo”. Y a nadie se le ocurría tener relaciones sexuales durante los días santos porque se condenaban a quedarse pegados. “En mi tiempo, las parejas se separaban desde el Día de San José; a Tomás no le gustaba mucho eso, pero yo sí respetaba las creencias”, contó Julia.

Y les habló de otras cosas que su memoria guarda por relatos solariegos: que la Yerbabuena florece a las doce de la noche del viernes santo, pero que el diablo la persigue, de modo que quien logre cogerla antes que el maligno y custodiarla a salvo de su alcance, se convierte en millonario. “Del Helecho dicen lo mismo. Y eso debe ser verdad porque yo nunca he visto esas plantas con flores”, concluyó.

La semana santa era algo de respeto, les argumentaba; no como ahora que la gente se va de paseo a bañarse en las playas medio en pelota. “Uno no se podía bañar y menos en el río o el mar. No se gritaba, no se mataba ningún animal, ni se hacía aseo a las casas, porque eran días santos”.

Entonces, el lunes era día de preparación de toda clase de dulces, los martes molían el maíz y lo preparaban en diversas formas, arepas, masas, mazamorras; ya el miércoles cocían las sopas, los arroces, el bacalao de pescado, comidas en cantidades gigantescas porque ya no se volvía a prender el fogón hasta el sábado, cuando el cura cantara gloria.

Como no había neveras, los alimentos se guardaban en tinajas. El viernes no se podría prender candela, todo lo consumían frío. No se hacían ruidos, ni se prendía música, se hablaba prácticamente en secretos y no se podía acabar con ninguna vida, así fuera un mosquito o una cucaracha.

“Hagamos el dulce, mamá”, dijo uno de los mellizos que hasta ese momento habían permanecido en silencio, escuchando lo que para ellos eran aventuras de película. “Pero ya es muy tarde y no alcanzamos a cocinarlo”, dijo Julia, poniéndose de pie para ver la noche que ya se asomaba por la ventana.

“No importa -dijo el otro mellizo- Nos acostamos más tarde, como cuando usted era muchacha en su pueblo, así nos cuenta más historias mamá”.

El lunes se levantaron después de las seis, desayunaron en la cocina y los mellizos aprovecharon para ‘pellizcar’ el dulce de coco, piña, papaya y panela que reposaba en un caldero al lado del fogón.

El tiempo y el contexto son distintos para Julia. Muchas de sus creencias quedan solo en su memoria y sus añoranzas de mejores tiempos. Algunas las ha inculcado a sus hijos e intenta mantener la reverencia de los días santos y la devoción ante la crucifixión y resurrección de Jesús, aunque muchos le digan que esas son creencias locas.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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