Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Amigos, disculpen que me entrometa en sus gustos, decisiones y finanzas, sé que no tengo derecho a cuestionar sus vidas, soy un simple mortal que también da pasos al vacío, que tiene predilecciones que pueden resultar algo exóticas. Aun así, me atreveré a exponer ciertas inquietudes que tengo sobre el comportamiento que han asumido frente al Festival de la Leyenda Vallenata, el evento que exhuma a Valledupar de su tedio cotidiano.

Desde hace algunos años vengo notando que ustedes se van de la ciudad durante los días en que se realiza el festival. Manifiestan con calculadora en mano que los eventos están demasiado caros y que resulta mejor viajar para Cartagena, San Andrés o incluso el extranjero: no, no es una ausencia sentimental como la de Rafael Manjarrez, sino que se trata de un escape, una emigración momentánea. El accionar de ustedes seguro tiene una justificación individual y quizás social, pero no económica. Tal vez les dejó de llamar la atención el mítico contrapunteo de los acordeoneros o les perturba que durante el certamen Valledupar se llene de gente extraña, los servicios públicos colapsen, la movilidad empeore y la inseguridad se incremente.

Es verdad que las entradas a algunos eventos no son baratas. Por ejemplo, este año las boletas para la finalísima en el Parque de la Leyenda Vallenata tienen los siguientes precios: General $ 79.000, Preferencial $ 224.000, Platino $ 314.000 y los palcos (caben 10 personas) oscilan entre los $ 6.580.000 y $ 10.960.000. Los espectáculos organizados por otros empresarios no se quedan atrás, las cifras del  Club Valledupar, de Rio Luna, de Biblos y de El Tsunami son cuantiosas. Amigos, son cinco días de jolgorio, no solo hay que comprar entradas sino también comida y trago. Es una fiesta intensa, que puede romper cualquier bolsillo cuando solo se pretende asistir a los conciertos de talla internacional.

Sin embargo, el Festival de la Leyenda Vallenata ofrece otros espacios que son más económicos, autóctonos y sabrosos. Ahí están los concursos (que son el auténtico festival), el desfile de piloneras, la caravana de Willys, los foros sobre la música de Francisco, El Hombre, las parrandas en los patios, la escenificación del Milagro de la Leyenda Vallenata, los paseos al río y las esquinas de la ciudad que amparan la tertulia, el silbido del acordeón y la sangre del viejo Old Parr. Obvio, en estos encuentros también se gasta, pero son una experiencia más barata, popular y folclórica.

Sí, yo respeto su decisión de fugarse de Valledupar durante el festival, pero no la comparto. Además de que se ofrecen planes de distintos precios, Valledupar por esos días se transforma, es otro cuento. Los vallenatos y los foráneos son una sola familia: todos somos hermanos, primos, compadres. El viejo de barba gris nos hace más abiertos, espontáneos y solidarios (a veces algún desadaptado se pone violento).  La ciudad despierta: deja a un lado su aburrimiento, su provincianismo y su conservatismo. Los amaneceres son menos silenciosos, el amor amor impera.

El festival de este año, amigos, es exclusivo e imperdible, quien diga que le gusta el vallenato y emigre de la ciudad del 26 al 30 de abril, está exponiendo que en realidad no estima a nuestro folclor. Bastará ir a la Plaza Alfonso López a ver el duelo legendario entre los 21 aspirantes a la corona de rey de reyes IV generación (encuentro que se lleva acabo cada diez años) para estremecerse de la emoción y la intriga. Créanme, será un gran lujo estar ahí, creo que resultará más placentero que ir a Miami o al concierto de Ricardo Montaner.

 

Carlos César Silva

@CCSilva86

 

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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