Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

De la Inmortalidad, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que se refiere a la “Cualidad de inmortal”. También lo define como “Duración indefinida de algo en la memoria de los hombres”. Y es esta segunda connotación de la que esta aprendiz de escritora echa mano para hablar de la inmortalidad de los mortales, ese artificio mediante el cual las personas, aunque dejen de existir físicamente, se queden aquí, haciendo presencia en este mundo y en los suyos, acompañándolos, habitándolos.

Hace un par de días la joven pensaba en esto, mientras veía al niño Martín Elías Jr. con sus nueve años, con un micrófono en la mano, frente a un público multitudinario despidiendo a su papá Martín Elías Díaz, joven cantante al que se le acabó la vida el viernes santo en una carretera de Sucre.

Por alguna razón, la imagen de ese niño le recordaba a su abuelo, Diomedes Díaz e incluso al tío de este Martín Maestre, y pensaba en el proceso de eternización a través de las generaciones, manifestado en la herencia de rasgos físicos, gestuales, conceptuales, artísticos; en fin, en esas expresiones que en ese momento le probaban la “duración indefinida de Diomedes Díaz en la memoria de los hombres”, tal como su propia memoria se lo estaba testificando.

En medio de esas elucubraciones se hallaba, cuando le escribió su amigo, el compositor  y escritor Santander Durán Escalona, por cuya sangre corre también un legado inmortal: “Voy madrugado a Aracataca, a la conmemoración de la muerte de Gabo. Volveré a leer el documento y regreso en la tarde”, de dijo Durán Escalona, quien un mes atrás había sido invitado a Aracataca a un acto protagonizado por Gabo.

Ese mensaje fue para ella una revelación divina; la ‘diosidencia’ (coincidencia urdida por Dios) que afianzó su tesis: La inmortalidad sí existe y Gabo también es inmortal. Y repasó las imágenes del Premio Nobel de literatura más vivo que nunca, reposando en su mesita de noche en la que siempre permanece alguno de sus libros, en huellas que de él halla en los textos que lee, en las referencias que de él le traen como el anuncio de viaje de su amigo, en las mariposas que no pudo volver a ver sin evocarlo, en los billetes de 50 mil pesos, pero sobretodo mientras escribe y lo ve paseando por su mente como tutor omnisciente cuya forma narrativa influenció de una manera trascendental la suya.

Entonces buscó el documento mencionado por Santander, para encontrar nuevos argumentos en favor de la tesis que se había clavado en su mente durante el funeral de Martín Elías, porque si algo ha visto que tiene una “duración indefinida de algo en la memoria de los hombres” es Diomedes, ‘El Cacique de La Junta’, y Gabo, ‘el hijo del Telegrafista’.

El documento escrito por Durán Escalona, con el título ‘Influencia del canto vallenato en la obra literaria de Gabriel García Márquez’ gira en torno a una predestinación que estaba marcada en las rutas del destino, con orígenes en las calles polvorientas de un pueblo del centro de La Guajira, en la época en que “la vida transcurría monótona, entre riñas de gallos, amores furtivos, chismes callejeros, una que otra visita a las fincas para ver ordeñar la poca leche que daban las vacas enflaquecidas por el eterno verano”.

Época de un coronel de nombre Nicolás Márquez Mejía, al que el destino traspuso en Aracataca, donde fue recibido por un general de nombre José Rosario Durán López, sobrino de otro coronel de la Guerra de los Mil Días, Clemente Escalona de Labarcés, quien se casó con Margarita Martínez Celedón y se estableció con ella en Patillal, corregimiento de Valledupar – Cesar, donde tuvieron descendencia.

“Por una “extraña” coincidencia, el 6 de marzo de 1927 nace el nieto del Coronel Márquez, primer hijo del matrimonio de Gabriel Eligio García Martínez y Luisa Santiaga Márquez Iguarán, quien fue bautizado como Gabriel José García Márquez. Por otra parte, en Patillal, el 27 de mayo del mismo año 1927, nace  el menor de los hijos del Coronel Clemente Escalona y Margarita Martínez, a quien bautizaron como Rafael Calixto Escalona Martínez”, dice en el documento Santander, hijo de Abigail Escalona, hermana de Rafael; Es decir, sobrino de Rafael.

Los dos hombres, nacidos el mismo año, con tan solo cien días de diferencia, se conocieron a los 23 años, cuando uno era escritor y otro compositor, ambos bien formados, y descubrieron que “existía un vínculo de amistad fraternal entre ellas, que se iniciaba en Aracataca, con la llegada del Coronel Márquez y el recibimiento del General Durán, sobrino preferido del Coronel Escalona (padre de Rafael)”.

Releer este documento fue revelador para la aprendiz, por cuanto le sumó ‘pruebas’ a su tesis, ya que descubría que estos hombres inmortales a su vez están inmortalizando a otros a través de ellos y también a generaciones enteras por medio de costumbres y cotidianidades cantadas en sus cantos o escritas en sus libros; tan presentes “en la memoria de los hombres” como ese territorio mítico y eterno llamado Macondo, como el Realismo Mágico o como el vallenato mismo, una triada de elementos entretejidos en su esencia.

Son eternizaciones que ayer vigorizó Santander mediante sus textos, que pone en escena una y otra vez no sólo a Gabo sino a su tío Rafael, al vínculo de ambos y el resultado de ello, mostrando cómo el novelista de Aracataca, “al transformar la narración del Caribe colombiano, desde la oralidad a la escritura, dio nacimiento al movimiento literario bautizado como Realismo Mágico”. Y ese, el Realismo Mágico sí que es un aporte vivo de Gabo. El acto del 17 de abril, realizado en Aracataca, con motivo del tercer aniversario de la muerte del Nobel, organizado por la Oficina de Turismo y la Universidad del Magdalena, en la Casa Museo García Márquez, lo tuvo como protagonista único a él: a Gabo, un inmortal.

La aprendiz trajo de nuevo a su mente la imagen del niño Martín Elías Jr. y vio que él también estaba dándole vida y vigencia a su papá, a su abuelo y a los que a ellos influenciaron con su arte, sugiriendo también él a las miles de personas que presenciaron cuando -con su voz quebrada- entonaba versos a su fallecido padre o solicitándoles: “Les pido que escuchen sus canciones porque en el cielo está mi papá”, lo cual podría parafrasearse como ‘eternicen en sus mentes a mi papá’.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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