Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

“La melancolía es un estado de ánimo situado entre el ombligo y la lágrima”

Juan Echanove

Voy a referirme a un tema, con el cual, anhelo generar la sensación de estar sentada tomando una buena taza de café provinciano con quien me lea, realmente quiero ser lo más cercana que pueda a cada persona que deleiten estas letras. Esto en razón a que hablaré de un tema que no busca restar, sino sumar esperanzas para la bella tierra guajira.

En este sentido, comenzaré por conceptualizar (desde mi subjetividad) a los Guajiros melancólicos, aquellos que siempre algo les aqueja, les tortura y les lapida las esperanzas, los que hablan con desgarradora melancolía de su tierra, expulsan ráfagas permanentes de frases de dolor y desesperanza por La Guajira, en las redes sociales, en las tertulias con amigos o en las intervenciones públicas, pero que pocas, muy pocas veces se atreven a pasar de la habladuría derrotada a la acción empoderada.

Se dividen entre los melancólicos locales y los que se han logrado fugar de lo que consideran “caótica o fracasada” realidad, es decir, los primeros corresponden a aquellos que dicen que jamás se van a marchar de la Guajira, pero todo el tiempo se quejan de ella; los segundos son los que viven en otra ciudad o país y relatan de forma poética el profundo amor por su tierra, pero cuando se les pregunta “¿Qué puedes hacer tú por La Guajira?”, “¿Cuándo retornas a ella?”, responden con voz contundente: “Ah no yo por allá no vuelvo, ¿y a qué? Eso no tiene cuando cambiar”. Es cuando me confundo y pregunto ¿Será que la melancolía les ha borrado el amor y la confianza de considerar que algo pueden aportar? Pareciera entonces, que la melancolía les llega hasta el vallenato viejo cantado a todo timbal o las ganas de tener unos días de descanso al lado de la familia y amigos de infancia, pero no trasciende de ese fugaz momento visceral.

Quiero aclarar  que lo anteriormente mencionado no tiene el propósito de juzgar a nadie porque temporal o permanentemente todos hemos tenido algo de guajiros melancólicos, cada quien es libre de pensar, sentir y hacer lo que considere. El punto de reflexión al que quiero llegar es que se presentan dos extremos que son contraproducentes para el desarrollo de La Guajira; tanto el de la crítica extrema que hace parecer (solo desde la parla) que tienen la solución a todos los problemas  y que si le dieran la oportunidad de gobernar harían lo que en muchos años nadie ha logrado; como la resignación a que nada va a cambiar y que lo mejor es escaparse lo más lejos posible y regresar en Diciembre a parrandear con amigos de infancia, tomar buen Old Parr, comer tortuga para clausurar la amanecida (aunque se consideren ambientalistas) o visitar la mesa de los fritos más populares pa´comerse las respetadas arepas de huevo, trifásicas o de camarón (aunque se definan fitness) paradojas cómicas de nuestro realismo mágico.

En este sentido, los guajiros melancólicos no le hacen bien a la esperanza de un nuevo tejido social para esta tierra, sea quien sea, no le hacen bien; quizás estamos llamados a ser guajiros amorosos que pasemos de la habladuría a las acciones, pero no acciones apalancadas en un contrato o negocio, sino aquellas que demuestren ese profundo amor por el suelo fructífero donde nacimos, sin importar que vivamos dentro o fuera de él, desde donde estemos si existe voluntad logramos aportar; hombres y mujeres, indígenas o alijunas, campesinos o urbanos, desde cualquier orilla que nos identifique podemos contribuir; con un amor genuino que nos impulse a entregar lo mejor de cada uno de nosotros, sin limitarnos a criticar todo desde la melancolía involutiva, sino a actuar desde un amor evolutivo (de iniciativas).

Cierro estas letras invitando a los que se identifiquen con el perfil de guajiro melancólico y que se han amañado en la engañosa zona de confort (ojo solo a los que se identifiquen) a despertar, a renunciar a ser guajiros melancólicos para ser guajiros amorosos, porque como diría Jaime Sabines:

“Los amorosos juegan a coger el agua, 
a tatuar el humo, a no irse. 
Juegan el largo, el triste juego del amor. 
Nadie ha de resignarse. 
Dicen que nadie ha de resignarse. 
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Esperan, no esperan nada, pero esperan”

 

Fabrina Acosta Contreras

@FAcostaC 

 

Evas&Adanes
Fabrina Acosta Contreras

Mujer natal de la hermosa tierra Guajira, nieta de Rita Contreras mujer de 105 años leyenda viva de Villanueva, es Psicóloga, Magister en Gestión de Organizaciones y Especialista en Alta Gerencia, actualmente cursa la Maestría en estudios de Género y violencia intrafamiliar, y ha realizado diversos diplomados en gerencia social, trabajo con comunidades indígenas e infancia.

Creyente absoluta del Arte en todas sus manifestaciones, considera que la literatura es el camino a la libertad pacifica de los pueblos. Amante fiel de la lectura y firme aprendiz del arte de escribir. Eterna enamorada de las tertulias y del arte en general, encuentra en ello el camino adecuado para el desarrollo social.

Es creadora y directora de la Asociación “Evas&Adanes” desde la cual, se proyecta como una empresa social de alto impacto para el desarrollo de la Guajira y lidera diversas actividades como la iniciativa cultural denominada: Foro Concierto La Mujer en el Vallenato.

Autora del libro Mujer Sin Receta: Sin Contraindicaciones para hombres, como poseedor de la magia de sus vivencias en diferentes culturas donde descubrió historias femeninas que metafóricamente tejen ese universo de la Mujer sin Receta; Autora del libro Evas culpables, Adanes inocentes.

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