Miércoles, 28 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Leyendo a Gilberto Cely Galindo, S.J. encuentro una frase donde cita al Dr. Van Rensselear Potter, dada en una entrevista: “A medida que ingresamos a la era del tercer milenio, cada vez estamos más conscientes del dilema formulado por el aumento exponencial del conocimiento, sin un aumento de la sabiduría necesaria para manejarlo…”. La sabiduría de este análisis no necesita mayor esfuerzo para entenderla, solo basta mirar los diarios y noticieros de televisión para darnos cuenta de su acierto.

En visión retrospectiva miro los pueblos del Caribe colombiano, en  décadas anteriores andábamos de asombro en asombro por cada nuevo invento tecnológico que en forma tardía llegaba a Colombia y con retraso de años llegaba a nuestros pueblos y comunidades rurales, podemos mencionar la llegada de la radio que fue un fenómeno mágico que por lo menos en mi pueblo, cuentan nuestros mayores, fue novedad tal que la comunidad asistía casi que con devoción religiosa donde Don Andrés Robles a escuchar esa voz que venía desde Bogotá y que se hacía realidad dentro de una cajita de madera con unos diales que la controlaban.

Luego vino la vitrola en la cual se molía la música, pasando a la radiola con la que amenizaban las fiestas familiares, era un lujo tenerla en casa, de hecho solo algunas, muy pocas familias adineradas podían darse estos lujos, asombraban estos adelantos. Vinieron por temporadas fotógrafos ambulantes que para hacer las tomas escondían su cabeza dentro de una manga negra que sobre salía de la cámara fotográfica con que tomaban las llamadas fotos de agua con caballito incluido y vestido de charros. Seguían asombrando a nuestros abuelos. Luego, vinieron las cámaras pequeñas, la Polaroïd con sus fotos instantáneas y nos sumieron en el asombro.

Llegó la nevera de petróleo, la caperuza de gasolina para alumbrar, seguían asombrados los abuelos, algunos pensaban que era asunto de magia todos estos adelantos tecnológicos que invadían ese mundo virgen, puro de la vida rural apacible que vivían nuestros mayores. Llegaron los motores a gasolina, los motores de baja revolución a ACPM y, por fin, llegó la luz eléctrica a nuestros pueblos. Los únicos que podían tenerla eran los adinerados y esto dividía y hacía más marcada las diferencias económicas en los villorrios.

Andando el tiempo llegaron las plantas eléctricas donadas por el gobierno y, por fin, hubo alumbrado público, esto fue acontecimiento histórico. Aparejado con lo anterior quedaron en el olvido los aljibes que proveían el agua para el consumo humano y llegó el acueducto como una bendición para estos pueblos, el espectáculo del acueducto iniciaba con la construcción de los tanque elevados, eran metálicos, por las noches la comunidad se paraba a divisar desde lejos la brillante luz que en las alturas emitían los equipos de soldadura que manejaban los soldadores venidos de la capital, trabajaban de noche pues en el día el calor infernal de los rayos solares no se los permitía.

Luego de la llegada del hombre a la luna, espectáculo transmitido en directo por la televisión, el que la comunidad apiñada vio en las pocas casas de mi pueblo que tenían televisores. De ahí en adelante se desencadenó una serie de inventos que llegaron seguidos y que, poco a poco, nos invadieron y fueron llevándonos en un asombro constante, en nuestra infancia y juventud pueblerina llena de candidez e inocencia.

Esta nueva generación, heredera de la tecnología, nativos digitales como les llaman ahora, no se asombran de nada y cada día, a cada rato les llegan tecnologías nuevas, celulares de alta gama, GPS y cantidades de App que hacen cualquier tarea por complicada que sea. Dice el padre Celys que perdieron la capacidad de asombro, ya nada los altera, nada les inmuta y toman con una naturalidad asombrosa las nuevas tecnologías, parece que hubieran nacido con chip y software incorporado a sus cerebros que les facilita el manejo y comprensión de cualquier tecnología por complicada que esta sea. Esto no es malo, el problema radica en lo enunciado al comienzo del escrito. ¿Tenemos la sabiduría para manejarlo en beneficio propio? No. Estamos contaminando nuestro planeta, estamos produciendo exagerados montones de desechos tóxicos, y no estamos sabiendo manejar la situación. La tecnología en algunos casos nos aleja e impide canales de comunicación personalizado y cotidiano, nos deshumaniza y no tenemos la sabiduría para manejar esta situación.

Debemos hacer un pare y comenzar a trabajar en la formación de esa sabiduría que nos enseñe a manejar la ciencia y la tecnología sin desprendernos de la condición de seres humanos.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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