Jueves, 21 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En los restaurantes de paredes blancas donde huele a mostaza y vegetales frescos, la loza y los cristales conversan sin descanso con los cuchillos y los tenedores de plata. Las delicias abren las grutas del paladar. 

Ese deleite da mundo a los comensales que llevan en sus billeteras tarjetas Dinners o MasterCard.

Frente al restaurante, Carlo Gato Morales se detiene, o bien lo detiene el olor a camarones con salsa de tomate, cebolla, y un toque especial de la casa.

Carlo penetra con paso de grandeza en el cotizado recinto, su paso aún no deja caer el polvo de los pobres, y aunque su perfume sigue siendo delicado y extranjero, algo en él no huele bien. Está cercado y no tiene una estrategia.

Es demasiado extender la mano, sería humillar su hasta ayer altísima dignidad, sin embargo, al salir del recinto algo de eso rueda de mesa en mesa. Es un decente derrotado, por eso sostiene la mirada tranquila, la calculada sonrisa, no tiene otra oportunidad en este mundo, y por ello: —Puta vida—.

El eco de sus palabras cuando repara en quienes fueron sus consiglieris, deja ver la grieta por donde empezó a quebrarse su poder. <<Bebieron de mi vino, comieron de mi gloria, y hoy, sin avergonzarse, me evitan>>.

Se despide con los ademanes que en el aire dejan los de su clase. Camina y siente que lo señalan sin pudor. Va diariamente a un Mall donde acostumbra probarse las prendas que seducen su gusto, aparta esas prendas, y jamás vuelve por ellas. Espera volver a llevarlas, como fue su costumbre, un día. En la boutique Chera Boss, elige la cartera que inflamaría los mimos de la mujer que no soportó su debacle, y levó anclas. <<La desgracia esperó por mí en una esquina, estaba armada, y disparó muchas veces>>

Sus pensamientos no lo compadecen. No tiene cómo determinar el momento en que pudo licantropearse, y ya lobo, huyen de su presencia hasta hace poco asediada. De joven perfeccionó el masoquismo de estar a merced de las máquinas tragabilletes y con cerebros. Gastaba con ambas manos. Su inconsciente lo regresa a ese lugar que no odia, pero tiene parte en su íntima desgracia.

En el Royal Vino y Moneda le abrían los brazos y las piernas, dinero y bar ilimitados; intenta con rabia imponerse a los recuerdos, solo que las imágenes desobedecen sus órdenes y vuelven los grandes momentos a lapidarlo. Bajo ese estrés arroja un juramento: <<Es la última vez que regreso a este lugar, si vuelvo, llenaré mi tina de María Farina y cortaré mis antebrazos con una cuchilla>>.

Un examigo abrió los ojos al verlo descender por las escalinatas, que dan a las máquinas de asalto a mano armada. Lo saludó con el viejo cariño, tensaron sus pulsos con la vieja fuerza. Nuevamente como en los tiempos de gloria está frente a la insaciable, jugándose algo que desconoce. Su amigo implora consejos de tecleos y pinchazos. Casi de rodillas, suplica.

—Gato, hermano, dame una mano, la máquina está devorándome.

Lo llama por ese apodo que Carlo creyó le garantizaría siete vidas de bienestar, y por ese alias es conocido en la ciudad. Carlo percibió la falsedad en el saludo, en la petición del amigo, la máquina lo embriaga y no repara.

El jugador que pidió ayuda reconoce la exacta combinación al pinchar las teclas, gana, una y otra vez suena el preciado metal en los bajos de la máquina.  

Pasadas un par de horas su amigo de juego mira su Rolex, cualquiera que reparara en la presencia del Gato, creería que busca que note en su muñeca la cara prenda, para ver una envidia que jamás sentirá un hombre de suerte hasta hace poco excepcional; se nota a leguas que desea evadirlo, y se despide con la excusa de los asuntos por resolver.

Bajo un supuesto descuido deja unos billetes, monedas que el orgullo de Morales no tocará. Carlo jamás ha pensado en suicidarse. Lo ha “contemplado”, pero no seriamente. Aunque a diario, como Ivan Karamazov nutre sus frustraciones cotidianas, todas sus hambres. Morales decidió humillarse una vez con un préstamo de unos pocos millones, a un amigo que no olvida los favores que recibió del Gato, unos millones que resultan ser unos pocos miles, para un hombre que en un mismo día desayunaba en Ciudad del Cabo, almorzaba en Ámsterdam, y cenaba en Kingston. Con ese empréstito su paladar regresa a las delicias de su predilección. No acepta a nadie en su mesa, ni siquiera un saludo amable. Sale regocijado y se encamina a retirar las prendas que apartó en la última semana. En la boutique compra una cartera por si ella vuelve. Pasea en su vehículo por la zona rosa de la ciudad, con la canción de moda a todo dar. Llega a una estación de gasolina, pone full un auto que habla y se estaciona solo.

La semana siguiente acepta unos whiskys del amigo que le extendió la mano. Le comentó entre bromas que un día estaría en un lugar muy iluminado, entre fuertes carcajadas, sostuvo:—Es un sitio parecido a una ciudad en llamas.

El comentario se hizo chiste en toda la ciudad. Bajo la excusa del viaje, compra en la estación de gasolina varios galones; desaparece por un par de semanas y nadie parece extrañarlo, aunque la ciudad toda hable de su caída.

A las tres semanas regresa de viaje. Regresa a la hora de mayor concurrencia en el casino, sabe que a esa hora sus examigos, exnovias y damas de compañía están reunidos, riéndole a la vida, nadie lo ve rodear el sitio donde cosechará otro karma. En la abarrotada sala hay jugadores, naipes y ruletas en escena. La gente empieza a sentir un olor conocido, va en aumento, el olor lo inunda todo.

Los jugadores ansiosos buscan con la mirada al personal de seguridad, algunos sin dejar de apostar murmuran.

—Sabes, no es normal—

—¿Qué no es normal, Paco?—

—Ese olor a gasolina, que llena la sala—. 

Como si fuera el orín de muchos caballos, el líquido empieza a colarse por el portón que da a la bodega.

Paco arroja hacía la entrada de esa puerta la colilla de cigarrillo que empezaba a quemarle los dedos.

 

Uriel Cassiani

@CassianiUriel 

Garras de leopardo
Uriel Cassiani

Poeta y escritor, gestor cultural, activista social y humano de las comunidades afros. Representante Legal de la Corporación Socio Cultural de Afrodescendientes Ataole, que agencia proyectos pedagógicos, culturales, artísticos y productivos en el Caribe Colombiano. Cofundador del Taller literario Mundo Alterno (2001), Integrante de los talleres de poesía Luis Carlos López (2001) y Siembra (2002).

En 2010 publicó Ceremonias para criaturas de Agua Dulce. En 2011 publicó el poemario Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras. Editorial Pluma de Mompox. Entre sus trabajos inéditos están los libros: Dosis personal (Poesía) Música para bandidos (Novela) Las fugas probadas de la memoria (Cuentos). Un Brebaje para Orika (Novela).

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