Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

¿Qué tienen en común los campos europeos con los desiertos africanos y las montañas de la Sierra Nevada? Lo mismo que Luís Enrique Martínez con Cirino Castilla y Adán Montero: el vallenato.

Al escuchar un vallenato, a nadie se le ocurre relacionar los campos europeos con los desiertos africanos y los territorios indígenas de la Sierra Nevada, pero están tan unidos entre sí como Luís Enrique Martínez con Cirino Castilla y Adán Montero. Así como el acordeón, la caja y la guacharaca.

El vallenato es una mezcla de razas, un mestizaje de blancos, negros e indios, o más bien, una trilogía de instrumentos que un día se unieron para determinar la identidad cultural de una provincia, de una región, de un país.

Sin embargo, pese a que el vallenato tiene la representación definida de las tres razas, éstas no pueden buscarse de manera correspondiente dentro del folclor porque entonces el negro Alejo Durán habría tocado la caja y no el acordeón, los guacharaqueros no tendrían participación en el vallenato, puesto que recién los indígenas están incursionando en el escenario vallenato y no con el instrumento representativo de su raza, sino con el de los blancos, y los acordeoneros tocarían los tres instrumentos, porque los que existen son todos mestizos.

A su llegada a al caribe colombiano, a finales del año 1800, el acordeón se convirtió en un acompañante de las diversiones pueblerinas. El instrumento, patentado en 1829 por el austriaco Cyril Demian en Alemania y fabricado después por varios países, según los investigadores, entró por el puerto de Riohacha, traído en los barcos europeos.

El compositor Rafael Escalona tenía otra versión: Decía que el acordeón no se lo inventó ningún alemán ni lo trajeron de Europa sino de la India. “Lo trajo Rafael Moya en la era republicana cuando estableció relaciones diplomáticas y económicas con Europa. Vinieron a buscar un divi divi a Riohacha, que era el único producto que teníamos, pues la parte diplomática la manejaban con papeles y en la comercial lo único que podíamos haber tenido era oro y ya se lo habían llevado los españoles. Entonces llegaron los barcos españoles a Riohacha a buscar el divi divi y trajeron el acordeón, con el gobierno de Rafael Núñez”, decía Escalona.

En los archivos de los estudiosos de esa época permanecen datos previos a la llegada del instrumento europeo, sobre caporales arriando viajes de ganado por los valles del río Cesar, cantando cantos –de vaquería- con o sin coherencia, pero que cumplían a cabalidad con las finalidades de no perder a los animales en las largas travesías y distraer a los hombres que los arriaban. Hablan también de un tambor (ahora caja) y una guacharaca acompañando narraciones cantadas, que daban cuenta de las carencias y sueños de los hombres rurales, madurados en los parajes naturales de la Provincia de Padilla.

Llegó entonces el acordeón y fue acogido por el pueblo. “Aquí lo que había era el baile europeo, una música lírica. Nosotros teníamos la música indígena que era de los indígenas y la española que trajeron los virreyes y la nobleza, entonces con el acordeón se fue mejorando las dinastías en las arrias de mula que iban a La Guajira a buscar las baratijas que llegaban de Aruba; ahí se vino el acordeón y se paseó de pueblo en pueblo hasta llegar a la presente”, expresó Escalona.

En este punto de la historia entra en escena Francisco Moscote, un hombre de Cotoprix en La Guajira, emblemático por el legendario episodio de su encuentro con el diablo, al que derrotó tocando el Credo al revés.

De Moscote se dice que era un cacharrero que viajaba comprando y vendiendo cosas entre Riohacha y Santa Marta y en uno de sus viajes se ‘topó’ con un acordeón ‘tornillo e máquina’ y lo compró. A partir de ese momento sus viajes no volvieron a ser iguales, pues los musicalizó con las notas que -cada vez más perfeccionadas- lograba arrancarle al acordeón. Adicionalmente, como era viajero, se convirtió en un razonero que llevaba recados de un pueblo a otro y al adquirir su acordeón, le puso música a sus razones.

De esa manera se dio a conocer la música de acordeón por la Provincia de Padilla y poco a poco otros hombres fueron haciéndose a su instrumento y masificando el arte. Pero era un instrumento solitario, acompañado por nada más que los versos del ejecutante, costumbre que subsistió en muchas parrandas de una época reciente, en la que el acordeonero contaba anécdotas y la historia de la canción para luego abril el fuelle de su acordeón e interpretarla.

El encuentro de los tres

Al analizar el sonido de acordeón y relacionarlo con el de la caja y la guacharaca se encuentra que son totalmente diferentes, pues el acordeón tenía más similitud con la dulzaina, que era la reina antes de su llegada; surge entonces la pregunta ¿cómo hicieron para conjugarse si son tan distintos? 

A este respecto Carlos Maldonado (investigador del folclor y procesos sociales) explica que se trata de un proceso sincrético. “Los pueblos se formaron por medio de la hacienda, en las grandes plantaciones se encontraban gentes de todas partes; cuando apareció el acordeón lo tocaban solo y luego se fue fusionando con instrumentos nativos que ya estaban”.

Al carrizo o flauta indígena de la Sierra Nevada le ponían la caja y la guacharaca o una maraca y sonaba, pero al entrar el acordeón al territorio, se fusionó con la caja y la guacharaca y el producto de esa unión se denominó música de acordeón. “Es lo que nosotros llamamos la organología musical del Valle del Cacique Upar o de la Provincia de Padilla”, precisa Maldonado, quien además instruye acerca del origen de la palabra vallenato (muy distinta a la que se encuentra también en algunos textos, asociándola al vitíligo o carate sufrido por algunas personas de esta región y el colorido del hijo de la ballena). “La música de acordeón se desarrolló mucho en esta región hasta Aracataca porque ese era el boom por la bonanza bananera; de acá iba mucha gente a trabajar allá y les preguntaban ¿de dónde es usted? Soy del Valle, ¿pero nato del valle? Sí nativo del Valle, así nació la palabra vallenato”.

No se puede hablar entonces de un representante dentro de cada etnia dentro del vallenato, sino de los expositores de cada instrumento, pues todos ellos son mestizos, al darse las uniones entre españoles con indios y negros, lo que deshizo la autenticidad de las razas.

Como precursores es menester entonces citar, en el acordeón a Francisco Moscote, Chico Bolaño, Luís Enrique Martínez, Pacho Rada, Juancho Polo Valencia, Abel Antonio Villa, Chiche Guerra, Abraham Maestre, Pedro Nolasco, Alejo Durán Colacho Mendoza, Emiliano Zuleta, etcétera; en la caja a Pedro Batata, Agustín Cudrix, Cirino Castilla (quien murió de un infarto en plena tarima Francisco El Hombre en 1972), Cheito Velásquez, Belisario Ariza, Pablo López, y muchos otros, en el la guacharaca a Adán Montero, José Tapias, Carlos Vélez, Abel Suárez, Fello Calderón, Virgilio Barrera, El Pibe Rivera y muchos que hermoseado el charrasquear del instrumento. Lo que sí queda demostrado es que la conquista de los españoles en la tierra de los nativos también alcanzó los espectros culturales.

Cuando los indígenas de la Sierra Nevada escuchaban el canto del Guacharaco (pájaro) y más tarde elaboraron un instrumento que imitó ese sonido que ellos relacionaban con su esencia indígena, estaban lejos de imaginar que aún su guacharaca sería conquistada por otro instrumento traído de allá, del mismo lugar que llegó el hombre blanco que los puso a vivir como forasteros en su tierra.

A su llegada el hombre blanco conquistó las tierras, desencadenó el mestizaje no solo de las razas, pues poco a poco también se fueron mezclando religión, danzas, instrumentos musicales, artes y principios morales, reduciéndose todo a una cultura mestiza que nos une como una expresión representativa de una nación, tal como lo es el vallenato mismo.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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