Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Sus versos alegres trazan un acordeón provinciano que vibra en el amanecer, un susurro que excita a las partituras de la ebriedad y un cuerpo de canto que baña al rio Guatapurí. Él confirma que la parranda es una manera de abrazar a la poesía y consolidar la amistad. Es una víctima cotidiana del desvelo: declama el santuario de sus antojos, afina las rusticas depresiones de su guacharaca y entrelaza estrofas para exorcizar sus amarguras.

Poncho Camargo es un docente, gestor cultural, poeta y parrandero. Se crió en el Sicarare entonando vallenatos y leyendo a Neruda, a Gabo y a Rulfo. Estudió Licenciatura en Lenguas Modernas en la Universidad de La Guajira y trabaja como profesor de Lengua Castellana en el Municipio de El Molino, en donde realiza todos los años el Encuentro literario de escritores “La Guajira”, propuesta pedagógica que le permitió obtener una mención de honor en el Premio Compartir al Maestro. Tiene fama de noble, sencillo y dadivoso, expresa que la poesía, al igual que la parranda, es para cantarle a los amigos, a la vida que evade a la muerte.

Acaba de publicar Acordeonemas, un poemario que a través de metáforas y coros de embriaguez narra los acontecimientos que surgen en la parranda. Se trata de un extenso repique de imágenes autóctonas que comenzó a ejecutar hace más de 20 años. La obra está fraccionada en 3 partes: Discanto tiene 31 poemas como el acordeón tiene 31 pitos, Disonancias tiene 20 poemas como el acordeón tiene 20 fuelles y Solo de bajos tiene 12 poemas como el acordeón tiene 12 bajos. Sonriente y enrojecido, Poncho recalca: “Es un texto que invita a beber, que debe ser leído en medio de la parranda”.

Acordeonemas deja oír los chasquidos sucesivos de la guacharaca, muestra al parrandero que se duerme en la silla cuando llega el amanecer y celebra rituales en el tamborireo ansioso de ritmos añejos. Aunque tiene su esencia en la parranda, toca otros temas: las miserias que constituyen el salario confuso del sustento de la vida, la mujer que teje a toda prisa una mentira y el amante que se prepara para un nuevo asalto. Es un libro que se parece a su autor: bohemio, sincero y sentimental. Ahí está pintado Poncho: “otra vez el juglar repica / los tañidos apremiantes / de su designio”.

Los poemas de Poncho son silbidos que se sueltan en la parranda, que nacen de la embriaguez y los abrazos entre amigos: “se repetían un entramado de aprecios / construido para los fines de semana”. Poncho le canta al jolgorio, a la vitalidad. Se explaya en cariño hacia sus compadres de juerga y literatura, que son los mismos. Busca resguardar el vallenato viejo a través de un texto construido con conocimiento del lenguaje poético, de la vida. Poncho, aquí está Silva celebrando tu amistad y tu libro, aquí está Silva verseando con menos ritma que vehemencia, pero con los ojos chispeando felicidad. Oye, vamos a tomarnos a Acordeonemas hasta que emerja el sol.

 

Carlos César Silva

@ccsilva86

 

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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