Martes, 21 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Millones de colombianos han sido desplazados de sus lugares de origen, muchos se fueron a los cinturones tuguriales que atenazan las ciudades capitales colombianas, otros se resguardaron en pueblos intermedios y villorrios. Todos arrastran tras de sí la tragedia no contada de sus vidas. En su maleta desvencijada guardan recuerdos de tiempos idos, viejas fotos de familiares y amigos y sucesos familiares, anécdotas de compadres, novias y amigos. No quieren recordar el acíbar que bebieron de las masacres, despojos, desapariciones y secuestros. Desean no recordar, desean enterrar en el pasado la amargura y el desespero vivido. Prefieren la nostalgia de recordar lo mejor de su pasado.

De esos desplazados, millones de ellos hicieron su periplo cruzando la frontera hacia el hermano país de Venezuela, allá encontraron trabajo, rehicieron sus vidas. En la Patria de Bolívar encontraron la manera de vivir, trabajando en haciendas, haciendo lo que siempre habían hecho, trabajar en el campo. Organizaron su vida, algunos se casaron entre sí, colombianos con colombianas, en cambio otros se casaron con venezolanos y formaron familias hermanando las dos nacionalidades. Los hijos de éstos nacieron allá, por ello hay hijos de colombianos con nacionalidad venezolana. Porque allá vivían, allá pudieron establecer un hogar, allá formaron su familia.

Ahora que en Venezuela la situación económica y política está en una crisis aterradora, nuestros compatriotas han tenido que realizar el desplazamiento inverso, se han venido del vecino país, han cruzado de regreso la frontera, buscando la seguridad de su familia, buscando un lugar donde vivir, donde establecer su hogar, han vuelto tan pobres como se fueron, han regresado con más edad, con más achaques, pero vienen con sus hijos y sus parejas, algunos con sus nietos. Vienen buscando el cobijo de una patria, regresan buscando refugio, volvieron buscando su hogar.

Todos han llegado con la esperanza de rehacer sus vidas, con la ilusión de establecer su hogar, de construir su vivienda, de educar a sus hijos, de encontrar un trabajo. Con dificultades a granel han podido establecer su subsistencia realizando las más disimiles labores. Todos, o la gran mayoría corrió a presentar sus hijos a la escuela, al colegio, con la fe puesta en que solo la educación puede romper el círculo de miseria que les atenaza, todos o casi todos, han cumplido con las exigencias de uniformes y textos escolares, sacrificando parte de su sustento diario. Pero la gran mayoría se han enfrentado a la exigencia de documentación legal, certificaciones, registros, documentos de identidad, exigencias que les impide la educación de sus hijos. Algunos rectores de colegios oficiales (más papistas que el papa) se han atravesado como mulas muertas en el camino de la educación de estos niños y jóvenes.

He tenido conocimiento de colegios donde les han cerrado las puertas con el argumento perverso de que no nacieron en Colombia, con la excusa baladí que inmigración nacional va a llevarse preso al rector y a los alumnos venezolanos. La indolencia de estos rectores no les permite ver el cuadro de dolor que han padecido estas familias que han vivido desplazadas toda su vida. No saben, no quieren reconocer que los derechos de los menores de edad son derechos prevalentes y que no importa cuál sea su nacionalidad deben ser protegidos.

Considero que las escuelas y colegios no deben cerrar sus puertas a estos menores, antes por el contrario deben acogerlos y garantizarles su permanencia en clases, así sea como asistentes. Las instituciones educativas deben aceptarlos, tomarles nota y mantenerlos en sus aulas dándoles el tiempo que sea necesario para que puedan gestionar los documentos necesarios para su legalización. Los consejos Directivos de los colegios, los comités de promoción deben dar directrices claras sobre este particular y que todos los docentes le hagan sus pruebas y entreguen en secretaría las notas y calificaciones correspondientes periodo a periodo para que cuando ellos puedan legalizar su situación no tengan afanes en dichas notas.

La  Secretaría de Educación departamental, el ministerio de Educación y todos los entes que tengan que ver con la regulación educativa en Colombia deben emitir directrices claras en este sentido y no dejar que los rectores a su libre albedrío tomen decisiones muchas veces equivocadas. Debe prevalecer el derecho del menor y adolescente por encima de criterios técnicos o mezquinos como los que han esgrimido algunos sabiondos de que estos niños venezolanos no pueden optar por las meriendas escolares, si de todos es sabido que la merienda de los niños que no asisten -o no les gusta- bien puede dárseles a estos pequeños.

A propósito de dónde se nace y cuál es su nacionalidad, me viene a la memoria una anécdota familiar: siendo niños mis hijos discutían sobre su origen, el mayor decía con orgullo haber nacido en Tamalameque y el menor respondió que había nacido en Cartagena pero que era tamalamequero. Esta afirmación de me hijo menor fue motivo de risa por parte del mayor lo que le causó llanto y rabia, por esto corrió a ponerle las quejas a mi madre que los escuchaba. «Abuela —le dijo— mi hermano dice que yo no soy tamalamequero porque nací en Cartagena». Mi madre conteniendo la risa le dijo: «Hijo, no le pare bolas a su hermano, ¡El tamalamequero nace donde le da la gana!»

Esta anécdota ocurrió hace más de 34 años, la recuerdo como si fuera ayer. Un amigo de Manaure contó en las redes sociales una parecida, donde su abuela afirmaba lo mismo sobre los manaureros. Tremenda sabiduría de nuestros mayores, que hoy podría ser: ¡Los colombianos nacen donde les da la gana!

Por el simple hecho de tener alguno de los dos padres colombianos, estos niños venezolanos son colombianos y los que no, por el hecho de ser venezolanos no pierden la calidad de menores de edad por tanto hay que protegerlos y no re-victimizarlos como hasta ahora: Entonces, ¿cuál es la vaina?

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

[Leer columna]

Artículos relacionados

La propaganda puede más que la razón
La propaganda puede más que la razón
Dio muy buenos resultados la despiadada campaña mediática en contra de Gustavo Petro,...
La alegría de leer
La alegría de leer
Bajo el marco de una tarde veranera y un ambiente de alegría y festejo en la plaza...
Es hora de que emerja una nueva dirigencia política
Es hora de que emerja una nueva dirigencia política
Cada día pareciera más imposible que sectores populares y de avanzada accedan a...
Olafo, ¿El amargado?
Olafo, ¿El amargado?
Como las caricaturas y algunas de las columnas de Daniel Samper Ospina que aparecen...
De los gozos al Santo Ecce Homo (II)
De los gozos al Santo Ecce Homo (II)
La devoción, pero sobre todo la fiesta del Santo Ecce Homo de Valledupar constituye un...
.::La Parranda Vallenata: un rito de amistad::.
.::La arepa de queso: una delicia vallenata::.