Jueves, 21 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

La tarima Francisco El Hombre tras la polémica foto / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Un sol ardiente y una temperatura que roza los cuarenta grados. Nadie se encuentra por casualidad en la plaza Alfonso López en este 28 de abril, ni los amantes de la música vallenata, ni los miles de turistas o centenares de vendedores. La plaza que, pocos días antes revivía el milagro multitudinario del Santo Ecce Homo, vuelve a ser testigo de una peregrinación masiva pero, esta vez, para ver y escuchar únicamente a la monarquía musical que gobierna en la región con acertadas notas de acordeón: los reyes del Festival de la Leyenda Vallenata.   

La Plaza Alfonso López, además de ser el epicentro histórico de Valledupar, tiene esa peculiaridad de atizar las pasiones. Éste es un espacio para compartir sentimientos y presenciar momentos inolvidables, pero también entender cuáles son los deseos del pueblo. Jaime Pérez Parodi lo sabe muy bien. Nadie mejor que él –destacado presentador del Festival de la Leyenda Vallenata durante años, y amigo del famoso cantante Diomedes Díaz (que también fue despedido tres años antes en esta misma plaza)–, sabe lo que representa este lugar para quienes aman el folclor vallenato. Él también sabe lo que es tener que lidiar con un pueblo que exige lo que se le debe.

El atraso del concurso de Rey de Reyes en esta mañana de viernes ya es algo difícil de justificar. El público expresa su impaciencia con silbidos, y, Jaime Pérez Parodi, con la voz carrasposa y cariñosa que le caracteriza, trata de hacer lo posible para que la espera sea amena. Destila detalles históricos y anécdotas de algunos de los concursantes, recuerda la programación, hace menciones a famosos cantantes, instrumentos o detalles del día anterior, sin embargo, presiente que lo que se avecina es un descontento de grandes proporciones.

Vestido de pantalón brillantemente blanco y de una camisa color vino tinto, el hombre no pasa desapercibido. Va de un lado a otro de la tarima Alfonso López, se pasea enérgicamente entre el fondo de la tarima y la parte delantera, como si con ese baile -que recuerda una puya de la región- tratara de acelerar los acontecimientos, confundir el orden del día o simplemente quitarse esa presión del público que no para de crecer. Y en ese nerviosismo patente, cuando ya entiende que las cosas están a punto de precipitarse, Jaime Pérez anuncia lo que quizás nadie se esperaba (ni siquiera él): va a intervenir el Ministro de las TIC, David Luna, en compañía del alcalde y el gobernador, para hacer la presentación de “Wifi para la gente”, el programa que permite acceder a Internet desde los lugares públicos.

El anuncio no es genuino, y Jaime lo sabe. Aquí se está mezclando música y algo que no estaba inicialmente anunciado. De repente, y sin que nadie lo sepa explicar, han aterrizado en la plaza un atril y una amalgama de carteles propagandísticos que enarbolan el programa de Internet, y se ha encendido la pantalla de fondo con un anuncio promocional. Los hechos se han precipitado en unos segundos, como si de repente cayera del cielo un patrocinador inesperado que viene con todas las ganas de sorprender a ese gran público paciente y siempre receptivo.

Pero no es así. La muchedumbre compacta y acalorada que se encuentra en la Plaza Alfonso López, puede ser rebelde e imprevisible, y responde con el mismo descaro que el anuncio publicitario. En tiempos de festival, cuando lo que más importa es la música, el pueblo no tolera que elementos impensados se cuelen en la agenda, y menos cuando el atraso supera los límites de lo concebible en un calor que nadie -salvo el apasionado y fiel devoto de la música vallenata- puede soportar. “¡No! ¡No!”, gritan algunos en primera línea. Luego se contagian otros en la carpa. “¡Fuera! ¡Fuera”. Y así la protesta se extiende de tal modo que el descontento se generaliza en unos pocos segundos.

Desde lo alto de la tarima, Jaime Pérez siente cómo se levanta el viento de discordia. No hay nada como la cólera que nace del fastidio. Entonces, trata de suavizar la cosa: explica que la intervención del ministro será muy breve. “Será un corto discurso”, manifiesta, pero la protesta no retrocede, todo lo contrario. Los espectadores ya son conscientes de su fuerza. Se miran, sonríen y se embravecen con el impulso natural que confiere el hecho de ser numeroso, y a la vista del expresidente Samper, que también presencia el evento desde lo alto de la tarima, la muchedumbre renueva su eslogan y alude a viejas heridas del pasado: “¡Ocho mil! ¡Ocho mil! ¡Ocho mil!” (el número con el que se conoce el proceso judicial que involucró a Samper).

La situación ya está fuera de control. Jaime Pérez resopla y se queja de manera sutil, sin nunca perder el respeto y la simpatía hacia el público. “Ustedes no me ayudan”, expresa con un tono jocoso. De nuevo se le ve ir y venir en la tarima como si se hallara en plena negociación. Ya no está bailando una puya sino el “chicote”. Y, como si tuviera una gran noticia entre manos, regresa hacia la parte delantera del escenario para avisar el público de que no habrá discurso. Acaba de ser cancelado a cambio de una simple foto. “Sólo se tomarán una foto”, insiste.

El público parece satisfecho, se calma, pero queda atento -por si acaso-, y ve de repente cómo el alcalde de Valledupar, el gobernador del Cesar y el ministro de las Tecnologías de la información se arremolinan en el centro de la tarima, posan nerviosamente frente el fotógrafo (aunque tengan unas sonrisas congeladas en sus rostros). Cumplen con lo prometido, no se lanzan en monólogos insostenibles, y salen volando. Pocas veces se ha visto un político subirse a un escenario como éste y salir de esta manera. Las risas saltan en primera fila, luego se propagan. En total, la foto no duró más de una veintena de segundos.

Un aire de alivio se levanta. El presentador parece más tranquilo. Como por arte de magia se apaga la pantalla en la que se promocionaba el “Wifi para la gente”. De la misma forma se esfuman los pendones y el atril con insignias alusivas a la misma campaña. Todo vuelve a la normalidad, la tarima Francisco El Hombre se queda con lo elemental: el gran cartel que celebra el 50 aniversario del Festival de la Leyenda Vallenata, y enseguida las diversas personas encargadas de la programación hacen lo posible para remediar al descontento del público.

Sin perder un instante, Jaime Pérez invita a que el Rey vallenato del año anterior, Jaime Dangond, y sus músicos hagan presencia en el escenario para realizar una prueba de sonido. “Estoy llamando a Jaime Dangond, por favor”, repite el locutor con insistencia y al cabo de unos segundos entra la agrupación. Algunas palmas y muestras de apoyo se hacen notar. La energía del público ha cambiado. Los músicos proceden a la breve prueba y, tras un silencio reverencioso, se lanzan en la ejecución de una gran puya. El público se alegra, y, luego de saborear durante más de cuatro minutos el ritmo de esa puya alegre, salta en una ovación que despeja cualquier duda: el pueblo sólo vino a escuchar a los reyes vallenatos. ¡Y nadie más!

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

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