Miércoles, 22 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Cerrado el telón de la versión conmemorativa de medio siglo del Festival de la Leyenda Vallenata, con mente reposada y diluida la resaca, conviene la hora de los balances y las reflexiones. En particular me quiero referir al concurso de la canción vallenata inédita, que en esta ocasión coronó como rey de reyes a Ivo Luís Díaz.

La decisión causó cierta extrañeza pues era claro el favoritismo del son de Julio César Daza. La canción ganadora, “El rey de los cajeros” tuvo muchas críticas en la semifinal por la saturación de voces que la hacía casi inaudible para el público. A veces suele pasar en los festivales, que ciertas canciones se imponen más por el peso simbólico de la letra que por su calidad estética, en este caso, se quiso honrar al cajero Pablo López al declarar como ganadora esta canción. Al fin, el verdadero homenaje a la dinastía López fue este año y se sigue demostrando que para muchos jurados, el apellido de los concursantes pesa mucho.

A decir verdad, para ser una versión de rey de reyes, las canciones inéditas no estuvieron a la altura esperada. Unos compositores veteranos que ya poco se dedican a componer y otros que se han vuelto repetitivos en el formulismo simplón de sus composiciones. Particularmente, creo que se escucharon mejores canciones el año anterior con compositores de menos pergaminos.

Los motivos que han conspirado para que este concurso se vuelva una monótona letanía repetitiva y de escaso ejercicio creativo son varios. Llama poderosamente la atención el oportunismo temático de los compositores. Aproximadamente un 90% de las canciones hacían alusión a los 50 años del Festival con un inventario de alusiones a Consuelo, López y Escalona, vivas a Valledupar y otras muletillas que nunca faltan en estas canciones “festivaleras”.

Compositores como Iván Ovalle o Alfonso Cotes Núñez desperdiciaron bellas melodías en líricas que dicen nada nuevo. Otra tendencia marcada es lo que llamaría, las “canciones obituarios”. Nuestros compositores creen que mientras más muertos mencionen en las canciones tienen más valor folclórico. Hubo canciones en las que nombraban más de 20 personajes fallecidos entre políticos como López y Pedro Castro hasta gestores como Consuelo y cualquier cantidad de juglares.

La universalidad se fugó de la canción vallenata en este y los demás festivales o la expulsaron los jurados con sus decisiones y premiando canciones de temáticas muy domésticas o de referentes muy locales. Lo que escuchamos es un verdadero inventario de ausencias a la que se suma la nostalgia por los tiempos idos, las costumbres pérdidas o por las canciones memorables como “El amor amor”, “Matilde Elina”, “El testamento” y otras que seguirán en su reino mientras estos autores no afinen la creatividad y su lucidez. 

Por otra parte, el déficit lingüístico de los compositores parece ser el mal mayor en estos tiempos. Los lugares comunes abundan y se pasean de una canción a otra en una suerte de corta y pegue y una ausencia de recursos retóricos. ¿Es que acaso, no se puede llevar al festival der Valledupar una canción que no mencione a Consuelo, Escalona, el río Guatapuri, la nevada, el cerro de Murillo o los cañaguates? La vieja fórmula que le sirvió a Rafael Manjarrés o a Wiston Muegues no pasa de moda y en eso, los jurados tienen mucha culpa, porque si un autor se presenta con una canción espontánea, natural, sin lo artificioso y oportunista de las canciones “festivaleras”, lo descalifican.

Una buena canción puede tomar cualquier temática, se trata de un concurso para escoger la mejor canción y no la que más haga inventario de nostalgias y referentes identitarios de la ciudad o pueblo donde se organiza el festival. Recordemos canciones de temáticas amorosas que han sido ganadoras de festivales e igualmente han tenido éxito comercial como “Fue aquella tarde” de Chiche Ovalle y “Si no me abrazas” de Wilfran Castillo ganadoras en Cuna de acordeones, “Brillará una esperanza” de Luis Egurrola en el Retorno de Fonseca; “Nido de amor” de Octavio Daza, ganadora en Arjona; “Juramento” de Marín, “El amor es un cultivo” de Rosendo, “Gitana” de Roberto Calderón o “Gaviota herida” de su hermano Unaldo Efrén, ganadoras en el Festival de Compositores de San Juan del Cesar. Evidencias que una buena canción puede cumplir los dos propósitos, recibir el aplauso del público en la tarima y la refrendación de su aceptación en el disco y los medios.

Los festivales, aunque tienen el espíritu de salvaguardar lo más tradicional, son las instituciones que a veces más inclinan a los músicos a adoptar ciertas “modas” que terminan por imponerse como canon. En este caso, el Festival de la Leyenda Vallenata debe imponer una moda que nunca falta en el arte: la de ser creativo, recursivo y expresivo, que eso si falta en las canciones inéditas.

 

Abel Medina Sierra 

 

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