Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Eran eso de las cuatro de la tarde, me encontraba sentado en uno de los pasillos de la universidad esperando que el profesor llegara para iniciar clases, al rato sentí que alguien me estaba llamando. Era Alfredo García Mandón, o el amiguito Alfredo, tal como solíamos decirle en aquella época de primaria. Fue mi profesor de religión y de ética y valores, una persona a quien le tengo mucho respeto, aprecio y admiración.

Pensé que me llamaba simplemente para saludarme o algo por el estilo, pero no era solo para eso. El profe Alfredo quería obsequiarme un artículo del diario El Espectador, el cual estaba ad portas de llegar a manos de sus estudiantes de la catedra de ética de la Universidad de Santander. El texto titulaba: “El abogado que usted no debe contratar”. Con una sonrisa amable sacó una copia del paquete que llevaba en sus manos y me dijo: “léelo, para que luego hablemos sobre este tema”.

En su contenido, el autor plasmó una serie de comportamientos que puede llegar a tener un abogado en el ejercicio de su profesión, exponiendo ciertos casos de la vida real en que la avaricia, la mala fe, la vagancia, hacerse el de la vista gorda, la tramposería, la injuria, la mentira y la agresividad, infectaron el proceder de jurisconsultos que días más tardes serían sancionados por las autoridades competentes por incurrir en conductas desajustadas a los regímenes jurídicos y sociales que parametrizan el desempeño de la abogacía en el Estado colombiano.

Al leer la nota, resulta primario colegir que no solo los estudiantes de Derecho y los abogados tienen el deber de comportarse a la altura dentro y fuera de su área de trabajo. Tienen la misma responsabilidad los ingenieros, economistas, politólogos, médicos, comunicadores sociales, administradores, y todos los profesionales en general. Cabe recordar que la disciplina, la ética y los valores, son normas de carácter universal con las cuales tenemos una relación especial de sujeción.

La formación deontológica es un punto altamente importante en el proceso educativo de todos y cada uno de los profesionales de una sociedad, ésta es una regla que, a diferencia de otras, no tiene excepción alguna. Dicha formación comienza desde el hogar, las aulas de clase, pasillos, auditorios, y hasta en las cafeterías de los claustros universitarios; el estudiante de pregrado debe tener siempre presente que toda profesión tiene una función social y moral frente a las comunidades que hacen parte de su entorno. Hacer trampa en los exámenes, mandar a hacer trabajos, pagar en dinero o en especie por recibir una buena nota, plagiar ensayos, y todas esas desfachateces, son muestras irrefutables de la ausencia de sentido de pertenencia y comportamientos idóneos que deben caracterizar tanto a los profesionales como a aquellos que están próximos a serlo.

Considero que nuestra sociedad viene demandando desde hace mucho tiempo una generación de profesionales con una visión distinta del mundo y sus necesidades.

Algo que no tiene discusión es que los jóvenes somos los futuros gobernantes, analistas, empresarios, académicos y periodistas que reclama la era del siglo XXI, es por eso que debemos comenzar a tomar conciencia y actuar de una mejor manera, con rectitud. Lo cierto es que queda mucho por reflexionar, hagamos uso de la autocrítica para chequear qué tan bien lo estamos haciendo. Si hay algo que puede hacer que las circunstancias actuales cambien, que tomen un nuevo rumbo, es el fortalecimiento de la relación: ‘ética profesional y estudiante universitario”.

 

Camilo Pinto Morón

@camilopintom

Letras & Opinión
Camilo Pinto Morón

Camilo A. Pinto Morón, estudiante de Derecho de la Universidad de Santander, estudio leyes porque "pertenece a ese orden de cosas que se comprenden mejor cuando no se definen" - Levy Ullmann. Columnista de opinión en PanoramaCultural.com.co, el diario El Pilón, y Con la Oreja Roja. Fiel creyente de un oficio de opinar en serio, respetuoso, objetivo y responsable.

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