Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

 

––¿Cómo pueden estar así sentados, esperando a que esos señoras nos sirvan? ––se crispó el austriaco, cometiendo su falta ortográfica habitual. Su duro acento alemán se había impregnado de algunas resonancias colombianas, melifluas y melódicas––. Eso no es posible. Estamos volviendo a las tiempos de la esclavitud. No es aceptable, levántense, hagan algo. Esta pobre gente, aquí, trabajando duramente, y nosotros mirándola, como si fuéramos los amos de un plantación.

––UNA plantación, Karl ––le corrigieron enseguida su esposa y algunos de los familiares que, sentados alrededor de la mesa del salón, lo miraban divertidos, pasmados por las intenciones humanistas de un extraño recién llegado del otro mundo, en sus casas, con aires de refinamiento y delicadeza extremos––. Una plantación es femenino.

Pese a las risitas creadas por su expresión, Karl prosiguió con su escándalo, levantándose al punto para llevar su plato a la cocina y fregarlo inmediatamente, sin dejar a la empleada la oportunidad de recibirlo en sus manos, de lavarlo como bien se lo pedían sus jefes.   

 ––¡Esto es intolerable! ––reanudó el hombre mientras fregaba ardorosamente su vaso––. El esclavitud se terminó hace más de dos siglos…

Los anfitriones acogieron los comentarios del muchacho con humor, procurando disimular detrás de sus modales elegantes la falta de respeto a la cual se habían visto sometidos. Aún así, sus rostros transparentaban un cierto desconcierto y parecían turbados por la sensiblería de Karl. Los hombres de la casa, el padre de la futura esposa y los demás cuñados, no tardaron en tachar los actos del austriaco de afeminados, totalmente excéntricos, y, entre ellos, criticaron sus ademanes de superioridad, cuestionaron las reacciones de un hombre que ya les parecía problemático. 

––¿Será que ese hombre es maricón? ––dijo uno de los cuñados al verle frotando y restregando ardorosamente los platos en la cocina––. Yo conozco bien a los homosexuales, y les puedo asegurar que, en cuanto pueden, siempre se inventan una diversión.

––Déjese de pendejadas, Emiliano ––intervino efusivamente otro cuñado con la mano derecha aferrada a un vaso de aguardiente. Sus dientes mostraban restos de chicharrón y su mirada oscilaba entre la mesa donde se encontraba toda la familia y la cocina––. Usted, compadre, ve a maricones por todas partes. Me parece que el problema con el otro sexo es suyo y no el de ese jovencito.  

––Cállense ––alzó el padre de la novia. Su voz grave y ronca impuso un silencio tenso. Todos se callaron ante la autoridad del jefe de familia. Las mujeres miraron hacia el techo y los hombres adoptaron una máscara inexpresiva––. Este pelao nos viene del otro lado del Atlántico. Es una especie en plena expansión. Un idealista progresista europeo, de los que hablan de derechos humanos y de discriminaciones raciales. Vamos a ver cuánto tiempo dura eso...

La sonrisa sardónica del jefe de familia avivó la tensión creada por los cuñados y enseguida respondieron las hermanas y demás mujeres, procurando tranquilizar una comida que no podía finalizar en discordia. La única persona en respaldar las reivindicaciones del europeo ultrajado por los excesos de una sociedad insensible fue la futura esposa del dicho hombre, quien, fascinada por las francas y dignas palabras de su prometido, discurseaba sobre el refinamiento y el progreso de la sociedad europea, de sus maravillosos avances en materia de derechos humanos y leyes, en su trato ameno de la gente, tanto por el sexo como el color de la piel.

––Ustedes sí son corronchos ––clamó Valentina con un tono sulfúrico––, no entienden que mi futuro esposo se preocupa por la gente. Él sí sabe demostrar un afecto y una sencillez que ustedes no son capaces de exponer, aunque les obliguen. En vez de criticar sus actos deberían tomar ejemplo. 

 

La pareja llegó a Valledupar un día antes de esa discusión crispada, tras un viaje agotador de doce horas, iniciado en Barcelona y con escala en Bogotá. Durante esas doce horas pudieron prepararse, una vez más, para el inminente contraste de un país que Karl desconocía completamente.

––No te preocupes ––le dijo Valentina en pleno vuelo, frente a un documental televisado––, en mi familia te recibirán con muchísimo cariño. Lo único que puede pasar es que no entiendan algunas de las costumbres europeas, por eso te pido que seas comprensivo y flexible, por favor...

––Entiendo perfectamente ––contestó el austriaco con una sonrisa ingenua––, estoy seguro que tus familiares nos recibirán fabulosamente. Son todos tan divinos… ––el muchacho sonrió y acarició suavemente a su novia en la mejilla antes de continuar––: Y no te preocupes, sabes que nunca peleo. Siempre me comporto bien. 

La relación del futuro matrimonio se consolidó en la ciudad de Barcelona, en medio del boom económico, de la burbuja inmobiliaria y de la inmigración galopante, lejos de las influencias y de los comentarios de las familias respectivas, nutrida por la belleza de un panorama romántico y liberal, y se afirmó con el compromiso de una boda venidera, un símbolo de unión pasional y multicultural, un deseo de convivencia compartido por los dos protagonistas, indiferentemente de sus interpretaciones lingüísticas o culturales. Ese compromiso se efectuó en la playa de Bogatell, una noche de estío en que la actividad del mar era templada y regular, bajo una luna llena que alumbraba el acto sincero de entrega.

––Nos casaremos en Barcelona y Colombia ––propuso Valentina, después de haber pronunciado el “Sí” y emocionada tras recibir el anillo de parte de Karl, los ojos ligeramente aguados––. Será mejor para nosotros: tu familia podrá acudir a la de acá y los míos a la de Valledupar.

––Qué buen idea ––contestó el austriaco––, me muero de ganas por estar allá, con tus familiares y ver con mis propias ojos las historias que me has contado. Ay, mi Valle...

En las palabras de ambos se percibían las notas de un amor sólido y sincero, ajeno a las ocultaciones, indiferente a los estigmas y las barreras elevadas por la tradición o la distancia. Con su compromiso mutuo, evidenciaban sus ansias por formalizar una relación ante la mirada de quienes más querían, pero sin duda, estaban lejos de sospechar las complicaciones que podía implicar un casamiento en dos puntos tan lejanos del mapa.

 

––Ustedes se casarán en la iglesia de la Concepción ––les anunció Doña Valeria del Comino Romero, la madre de Valentina, nada más llegar en Valledupar, durante uno de esos interminables paseos en coche––. Ya les tengo reservada fecha y hora con el padre Juan Pablo del Rosario. No me hagan la deshonra de rehusar una ceremonia bien hecha, organizada como se debe, bajo las instancias y la mirada de Dios. 

––¡Pero Karl es ateo! ––repuso Valentina aprovechando un respiro de su madre––. Él no tiene porqué casarse en la iglesia y tampoco podemos obligarlo.

––Lo que tiene que hacer ese muchacho ––explicó Doña Valeria––, es curarse de esa enfermedad que tiene. Acá, que sea ateo, comunista, consumista o presidiario, se tendrá que casar por la Iglesia, como Dios manda. No quiero, para nada, aguantar el chisme de los vecinos, ser el centro de sus bromas más despiadadas. ¡No me hagan esa afrenta! No me humillen en mi propia casa porque no lo toleraré...

––Suegra ––intervino Karl al notar el espantoso calentamiento de la conversación––, no quiero problemas con el familia. Haremos todo la posible para llegar a una acuerdo, pero por favor, entienda la sacrificio que estoy haciendo: yo no creo en Dios.

––Usted no está haciendo ningún sacrificio ––cortó la suegra exasperada, respirando apresuradamente mientras conducía el coche en las calles vacías de Valledupar––. A usted le gusta mamar gallo, es todo.

    

Pese a las vivas reticencias de una ceremonia religiosa que hubieran preferido celebrar discretamente por lo civil, Karl y Valentina acabaron cediendo y aceptaron casarse en la Iglesia de la Inmaculada Concepción, en el centro de Valledupar. Los preparativos de una boda pomposa y exigente se tradujeron a partir de ahí en miles de viajes por la ciudad, dentro de un coche con aire acondicionado y detrás de los cristales tintados de los todoterrenos.

––¿Por qué será que todos las trayectos han de hacerse en carro? ––preguntó Karl al salir de un viaje de cien metros, con un acento alemán matizado de sonoridades costeñas––. Incluso para ir a la esquina de la calle hemos de ir en carro. Eso no es normal.

––Cariño ––le explicó una cuñada––, acá el calor impide a uno que se pasee por la calle. No es un simple capricho, verás que el sol castiga la piel como un cinturón de cuero, y que el bochorno aplasta los hombros de quien se atreva salir. Además, ¿por qué vas a pasarla mal cuando puedes estar a gusto dentro del carro?

 

La ceremonia fue bendecida por el Padre Juan Pablo del Rosario, primo segundo de uno de los tíos de Valentina, un hombre elegante y derecho, sonriente pero siempre escueto en sus declaraciones, y aspirante al puesto de Papa en el Estado Vaticano, del otro lado del Atlántico. Ya informado de las reticencias del austriaco en casarse por la Iglesia, el hombre no dudó en condenar su conducta irracional y desagradecida ante el regalo de la vida y la promesa de un paraíso. Antes de que los protagonistas del matrimonio pudieran expresar el “Sí, quiero” conmovedor, tuvieron que escuchar las explicaciones controvertidas del padre, resuelto en terminar con la ideología atea que asola el viejo continente y las costumbres libertinas que amenazan la función procreadora del matrimonio.

––Ustedes han decidido ––recitó el Padre en la iglesia––, acabar con el pecado de la fornicación, renunciar a la lujuria y las malas costumbres de una vida improductiva para girarse hacia Dios, el Todopoderoso, único creador de los Cielos y la Tierra. Bienvenidos sean, pues, en su mundo de misericordia y de paz, de amor y comprensión. Bienvenidos sean cada uno de sus hijos. Dios es amor y vuestra unión su júbilo.      

 

Pocos días después de una ceremonia inolvidable, de unas celebraciones compartidas por más de un centenar de familiares, hermanos, primos y primos de primos, la pareja unida ante los ojos de Dios tuvo que encararse con una nueva sorpresa cultural, un discurso inesperado unos días atrás, cuando todavía en Europa, los prometidos hablaban de una simple unión, sin otro motivo que el querer compartir las alegrías de la vida cotidiana y marcar con un sello su amor eterno. Las sorpresas ya no implicaban el maltrato de empleados domésticos, ni los paseos interminables en automóvil o una boda forzada por la iglesia, sino la inevitable discusión acerca de los planes de vida y la función esencial del matrimonio: la reproducción.

––Bueno  ––comentó Doña Valeria, serena y solemne durante una comida––, ustedes han de ponerse a la obra en cuanto antes. Queremos disfrutar con ustedes de unos nietos hermosos.

––Sí, compadre ––agregó enseguida un cuñado deseoso de intervenir y aportar su punto de vista––, los niños se hacen mientras se está en edad de concebirlos. No esperen demasiado como suelen hacerlo allá en Europa. 

––Es que… ––contestó tímidamente Valentina––, esto no entra dentro de nuestros planes. Tal vez más tarde, pero...

––Karl ––agregó el cuñado con un tono cáustico, cuando ya las mujeres se retiraron de la mesa––, demuestre que es un hombre de verdad y deje preñada a su mujer de una vez. No haga el pendejo buscándose excusas para escapar de la realidad. Un hombre tiene que hacer niños, ¿me entiende? ¿Entiende lo que le quiero decir?

 

Las últimas discusiones no generaron tantas tensiones como al inicio, cuando Karl se escandalizaba por el comportamiento de sus anfitriones. Para la sorpresa de todos los familiares que presenciaron el arrebato del muchacho, el austriaco acabó desarrollando una conducta parecida a la que criticó días atrás impetuosamente.

Tumbado en una hamaca, con un brazo y una pierna colgando, el austriaco ordenaba a la empleada que le sirviera jugos de mango y maracuyá. “Apúrese, mujer––decía él con una naturalidad impensable poco antes––, me estoy derritiendo aquí”. También acabó adoptando la extraña costumbre de pasearse en automóvil por la ciudad, aunque fuera un breve paseo, y muchas veces daba vueltas interminables, sin objetivo determinado, por el mero hecho de conversar y observar la animación de unas calles plagadas de taxis amarillos y vendedores de frutas exóticas.

También ha de ser resaltado que el hombre austriaco, molestado por su patente acento de “gringo” y su tendencia en invertir los sujetos femeninos y masculinos, incorporó expresiones y dichos típicos del vocabulario local al percatarse de la risa que generaban. “Ay qué chévere”, “Qué bacano” o “No joda”, eran algunas de esas expresiones. 

 

El regreso a Barcelona se produjo dos semanas después de la boda, en una atmósfera de plenitud y concordia. La familia completa ––los hermanos, tíos y nietos–– acompañaron el matrimonio al aeropuerto, después de una vuelta inesperada en auto por la zona del río Guatapurí, y entonces se despidieron con abrazos efusivos y saludos sinceros. Las mujeres lloraron sin contención, arruinando gran parte de sus excéntricos maquillajes, y los hombres trataban de marcar su fortaleza con palmadas insensibles en los hombros, auténticas bofetadas en las espaldas, resonantes y repetidas como ráfagas en el aire. Entre todos los hombres, el único en deshacerse en un río de lágrimas y rendirse ante la emoción, fue el austriaco Karl que, sorprendiendo nuevamente a todos, acabó expresando su amor por la tierra.

––¡Mi Valle! ––gritó sentado en el suelo, antes de que lo levantara su esposa Valentina––. ¡Cuánto amo mi Valle!.

––Date prisa ––le dijo Valentina––, vamos a perder el vuelo…  

 

Johari Gautier Carmona

Valledupar–Barcelona, año 2007. 

 

Acerca de esta publicación: El relato “Un austriaco en Colombia” de Johari Gautier Carmona resultó ganador del Premio relatos de viaje Moleskine 2007 organizado por Carlos Olmo (Vagamundos.com) y Ediciones del Viento. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

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