Sábado, 18 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

La construcción social de una cultura de la democracia en donde impere la tolerancia tiene que estar vinculado a un proyecto social donde se expresen los pluralismos y multiculturalismos que existen en la sociedad y, en la reformulación de una ética que no sea la de la dominación, el consumismo, la competencia y la acumulación. El fortalecimiento de una cultura de la democracia se sustenta sobre la base de respeto por la diversidad cultural que tiene la sociedad en sus múltiples grupos sociales o movimientos.

Humberto Maturana en su obra “La democracia es una obra de arte” (1995) ha señalado que para saber cómo surgió la democracia hay que reflexionar sobre la cultura porque la democracia en América Latina hace parte de una cultura patriarcal (cultura greco-judeo-cristiana) que genera conflictos por la continua presión patriarcal para su supervivencia y por la restitución de la apropiación de los temas de la comunidad por una o por un grupo pequeño de personas y ésta es la primera fuente de conflictos de la historia occidental, en la historia del intento del vivir democrático.

La segunda fuente de conflicto es el intento de expandir la ciudadanía. Las guerras griegas fueron guerras internas por el intento de expandir la ciudadanía, para que fueran ciudadanos no solamente algunos si no también los extranjeros, denominados “bárbaros”. Señala Maturana además que la democracia no está en la elección de representantes ni en los sistemas electorales sino en una convivencia en el cual todos los ciudadanos tienen acceso a la cosa pública que son los temas que interesan a los ciudadanos en una convivencia en comunidad.

Maturana se pregunta: ¿Cómo es posible una convivencia en el mutuo respeto, en la igualdad, en la colaboración bajo una cultura centrada en la guerra y la negación? La convivencia democrática es posible solamente si uno aprende el emocionar que hace posible la convivencia democrática y este emocionar se da desde la infancia, se aprende en la infancia porque hemos tenido una infancia matrística y en ese ámbito aprendimos a participar, a conversar, a no resolver las discrepancias en la mutua negación y se aprendió el emocionar que es propio de la democracia. Se aprendió a vivir en el mutuo respeto. El vivir democrático es una obra de arte, es el deseo de convivencia en la fraternidad. La democracia es un proyecto de convivencia, afirma Maturana, que para vivirla tiene que dar lugar a la emocionalidad. Para construir una convivencia democrática se tiene que asumir que la democracia se funda en el respeto por el otro y que el respeto se aprende en la relación materna infantil y en la cultura.

La cultura occidental es dogmática, beligerante y trata a las demás como enemigas, no tolera la diferencia. Su egocentrismo no le permite reconocer otras culturas. La paz requiere una crítica de nuestra propia cultura y el enriquecimiento intercultural. Para que la paz sea posible se requiere no sólo el desarme militar sino, sobre todo, el desarme cultural, esto es, el aceptar al otro sin discriminación, sin prejuicios y sin inhibiciones.

El pluralismo cultural como alternativa para la construcción de una cultura de la democracia requiere desarmarnos frente al otro. No verlo como enemigo, como amenaza, ni siquiera como objeto de observación o conocimiento, sino como otra fuente para la comprensión de la realidad. Se requiere instaurar el diálogo para resolver las diferencias con los demás. El diálogo supone estar en un mismo nivel de igualdad. No se puede dialogar entre un superior y un inferior: entre quien posee la verdad y quien está sumido en el error. El diálogo es imposible si no se dan las condiciones de igualdad entre quienes dialogan (Cristina Motta, Ética y conflicto, Uniandes, 1997).

La identidad cultural latinoamericana se basa en la trietnicidad y, por lo tanto, en la multisubculturalidad y, un encuentro para el conocimiento, la admiración sólo es posible mediante el diálogo. Allí una ética de la diferencia, esto es, el saber que somos distintos culturalmente, no tiene por qué impedirnos ser parte de una sociedad. La ética dominante tiene una identificación con la ética religiosa, lo que condujo a la inexistencia de una ética civil y social. Una ética civil se abriría hacia el ámbito de lo social dónde las prácticas sociales, en todos los ordenes, tendrían una visión de tolerancia y respeto por el otro. El respeto y el reconocimiento de la diversidad cultural y política, es un proyecto político a construir dentro del proyecto social de fomentar una cultura de la democracia sobre la base de la tolerancia como ejercicio de la libertad.

Darío Botero Uribe (Cultura de la violencia y cultura de la paz, M.D. El Espectador, 1998) ha señalado que la violencia es causa y consecuencia de una perturbación de la expresión de la cultura. La paz sólo es posible reconstruyendo el tejido roto de la cultura. No existe la cultura que permita el aparecimiento de la democracia por eso nunca ha habido democracia en Colombia. La democracia es una forma de interactuar en la vida cotidiana, un espíritu de tolerancia, de solidaridad y una confianza en el poder de la palabra. Desde la antigua Grecia, la democracia es una confianza en el poder de la palabra. La cultura no se configura en el juego de categorías abstractas sino en el actuar cotidiano y en la forma como prima un espíritu de tolerancia, de respeto, de negociar las diferencias.

Las culturas tienen una dignidad y un valor que tienen que ser conservados y respetados. En la sociedad cada grupo social o cultura tiene su propia concepción de cómo concebir su existencia con sus rituales y de concebir el mundo con sus mitologías. En la era de la globalización las minorías culturales están siendo agredidas y muchas están en proceso de extinción.

La identidad cultural latinoamericana hay que valorarla en su diversidad, en su pluralidad y en su multiculturalismo; es a nivel axiológico donde se juega la identidad cultural de los pueblos. Es necesario defender un multiculturalismo abierto y dialogante. Cada cultura tiene derecho a expresar sus propios valores “ante” los demás, nunca “contra” los demás. Leopoldo Zea ha señalado que la intolerancia tiene su origen en la idea que sobre sí mismos se han formado individuos y pueblos, pretendiendo hacer su propia y concreta peculiaridad, de su propia y concreta humanidad, lo humano por excelencia y, a partir de esa pretensión los hombres y pueblos se niegan a reconocer otras expresiones culturales que no sean propias, a rechazar toda expresión de la cultura que no sea copia de la propia.

El reconocimiento de la cultura propia comienza por el reconocimiento de la cultura ajena sin desprecio por lo propio. La multiculturalidad hace referencia a las múltiples identidades existentes en América Latina. Las identidades culturales de los pueblos y naciones latinoamericanas expresan diversidades étnicas, religiosas, políticas y sociales en un proceso de hibridación, transculturización y mestizaje, que se debaten en identidades tradicionales, modernas y postmodernas.

La cultura en la era de la globalización se encuentra en proceso de convertirse en una cultura planetaria que hace que surjan los nacionalismos étnicos y políticos con la necesidad cultural y política de expresar su existencia y afirmarse en sus raíces, crear un sentido de pertenencia con su propia cultura pero al mismo tiempo compartir otras culturas en sus valores y estilos. La construcción de una cultura de la democracia debe posibilitar la profundización de una sociedad plural y tolerante donde las identidades se construyen con la existencia social de la diferencia, la alteridad y la pluralidad cultural. El multiculturalismo consiste en el reconocimiento de las diferencias entre las culturas sobre la base del diálogo, el respeto y la tolerancia. En la diversidad está nuestra riqueza cultural y nuestra identidad. Una cultura de la tolerancia debe fundarse en el reconocimiento del otro y en la medida que haya un reconocimiento del otro hay una sensibilización para el diálogo y la resolución de los conflictos.

La heterogeneidad cultural en América Latina está configurada por la diversidad de identidad con sus lógicas, mentalidades e imaginarios colectivos propios. La identidad cultural latinoamericana se configura en el reconocimiento de sus pluralismos y multiculturalismos. Nuestra identidad cultural latinoamericana es un entrecruzamiento de culturas tanto locales como foráneas, esto es, se ha configurado con los procesos de globalización que recorren el mundo. La construcción de una ética de la diferencia fortalecerá la de una cultura de la democracia, sobre la base de la tolerancia como presupuesto fundamental para la construcción de una sociedad más democrática.

El filósofo Daniel Herrera señala que el proyecto de construcción de una sociedad democrática tiene que fundamentarse en la cultura, que mientras ésta sea sólo dada en la esfera de lo público o de lo organizativo, pero no toque la cotidianidad, concretamente la familia, la escuela y el trabajo se tendrá una que otra práctica formalmente democrática, más no la representación simbólica que le da sentido a la misma. La democracia interesa, sobre todo como forma de vida y en esa perspectiva solo puede valer como proyecto ético. Se hace necesaria la construcción de un ethos cultural democrático y ello es responsabilidad de la sociedad civil [3].

Lo esencial para la construcción de una cultura democrática no es solo la libertad de cada cual y la igualdad de todos ante la ley, si no la fraternidad: el convencimiento moral de que debemos ser solidarios y respetuosos con los demás. Más allá de la representación política, de las reglas que permiten la coexistencia dialéctica entre gobierno y oposición, del marco constitucional y jurídico en que mora una ciudadanía hay un universo de actitudes, creencias, tolerancias y concepciones, es decir, todo un universo cultural. Esto constituye también la democracia. Permea tanto la cosa pública como la privada. Es el universo de la ciudadanía, de sus convicciones y responsabilidades, de su civismo y su fraternidad. Sin él no hay democracia.

Por cultura de la democracia debe entenderse un modo de ser de la sociedad (ethos) en donde en la vida cotidiana, social e institucional, se dan prácticas culturalmente democráticas, esto es, que la participación en las decisiones de la orientación política y económica de la sociedad, sean decisiones conjuntas con los pueblos y sus culturas, que el reconocimiento y respeto por el otro y el reconocimiento de la diferencia, sea parte de una cultura de la democracia como un modo de ser de la sociedad que se respeta a sí misma cuando respeta a los demás.

La democracia no es solamente un orden político representativo, enmarcado en un conjunto de leyes que garantizan la libertad y los derechos de los ciudadanos. Es también, y no en menor medida, una cultura, una conciencia participativa de que la cosa pública es de todos, de que todos somos responsables de lo que sucede y también de la calidad de vida en común. (La cultura de la democracia: el futuro. Ariel, 2000).

Para Estanislao Zuleta (Violencia, democracia y derechos humanos, Altamira, 1991), la democracia es respeto, y respetar al otro significa discutir con su punto de vista, con la premisa implícita de que puede tener la razón, de que ninguna mirada ve la totalidad del inmenso paisaje humano, de que ningún proyecto es suficientemente vasto para reunir y satisfacer la variedad inabarcable de aspiraciones y necesidades. Respeto significa tomar en serio el pensamiento del otro: discutirlo, debatir con él sin agredirlo, sin violentarlo, sin ofenderlo, sin intimidarlo.

Pero defender el pensamiento propio y no hacer este pequeño pacto de respeto de nuestras diferencias, sin discutir nada porque creemos que esto no es respeto, es contrario al verdadero respeto, que nos exige nuestro punto de vista, sea equivocado total o parcialmente. En esta dirección debemos entender el concepto de respeto por la diferencia porque implica tolerancia y pluralidad, porque como finalmente afirma Zuleta, el respeto implica tomar en serio el pensamiento del otro, hasta el punto de debatirlo, tratando de saber qué grado de verdad tiene, debatir no sólo desacreditando su punto de vista, al aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que dé, para ganar la discusión no con ese estilo parlamentario, sino debatiendo efectivamente. Eso es respeto.

La filosofía de los derechos humanos es respeto por el otro, por su vida y por su dignidad. El derecho fundamental es el derecho a diferir, a ser diferente. Cuando uno no tiene más que el derecho a ser igual, todavía eso no es un derecho. Es necesario además de derecho, afirma Zuleta, que exista la posibilidad. Es preciso observar que respeto no significa indiferencia, implica el debate y la confrontación. El respeto no es un sentimiento negativo sino positivo porque obliga a diferir, a rectificar, a profundizar el punto de vista, porque impide tomar la unilateralidad como un absoluto. En Estanislao Zuleta hay un reconocimiento de la pluralidad en tanto que admitir la pluralidad de pensamientos, opiniones, convicciones y visiones del mundo enriquece el espíritu humano y la sociedad. Afirma que la visión del mundo que se tiene no es segura porque su confrontación con otras puede hacerla cambiar y la verdad es la que surge del debate, del conflicto.

En la concepción de pluralidad ve un mayor alcance para el desarrollo del pensamiento y señala que debatir el pensamiento del otro con respeto es ya una vieja idea enunciada por Platón en la Carta Séptima a los amigos de Dión de Siracusa en donde afirma que en un debate seriamente llevado no hay perdedores: quien pierde gana, sostenía un error y salió de él: quien gana no pierde nada: sostenía su teoría que resultó corroborada. Allí se da una disputa muy distinta a las guerras, en la que el que pierde nunca gana. La estrategia que hace posible ponerse en el lugar del otro es el diálogo.

Afirma Zuleta que en el diálogo tenemos que identificarnos de algún modo con él para saber cómo podemos hablarle y qué impresión le va a dar lo que le vamos a decir. Una enseñanza en la que se sienta el enriquecimiento y la espontaneidad es importante para el desarrollo del nivel educativo en tanto se reconoce el valor del reconocimiento y el respeto por el otro. La racionalidad en la educación implica que los discursos no sean dogmáticos y para que no sean dogmáticos es necesario la demostración, porque la demostración es una gran enseñanza, en tanto concluye Zuleta, es una lección práctica que trata a los hombres como iguales.

 

Antonio Acevedo Linares

 

Referencias

1. Marquinez Argote, Germán. Ponencia: Prácticas religiosas y valoración. IX Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana Bogotá, 2001.
2. Castellanos Melo, Guillermo. Identidad y multiculturalidad en América latina. En revista
Javeriana. Bogotá, Abril 2001. pág 197-211.
3. Guillén Vargas, Germán. Daniel Herrera Restrepo: maestro de filosofía. Cuadernos de filosofía latinoamericana. Universidad Santo Tomás # 78- 79 Enero-Julio 2000, pág 55.

Cultura & Sociedad
Antonio Acevedo Linares

Antonio Acevedo Linares (El Centro, Barrancabermeja, Colombia, 1957).Poeta, Ensayista y Sociólogo. Profesor universitario. Magíster en Filosofía Latinoamericana con especialización en Educación Filosofía Colombiana de la Universidad Santo Tomás y especialización en Filosofía Política Contemporánea del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía y ensayos: Plegable # 1 (Poesía), 1987; Arte Erótica, 1988, Plegable # 2 (Poesía) 1990, Plegable # 3 (Poesía) 1994, Sociedad de los poetas, 1998. Plegable # 4 (Poesía) 1999. Los girasoles de Van Gogh, Antología poética, 1980-1999. Vol.1, 1999, Plegable # 5 (Poesía) 2000, Plegable # 6 (Poesía) 2001, Poesía de viva voz (CD) 2004, Atlántica, Antología poética, 1980-2004. Vol.2, 2004, En el país de las mariposas, Antología poética, 1980-2007. Vol.3, 2007, Por la reivindicación del cuerpo y la palabra, (Reseñas criticas) 2008.La pasión de escribir (artículos, ensayos y entrevistas poetas y escritores colombianos) 2013. La poesía está en otra parte, 2016.

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